Judit: Un prototipo de Nuestra Señora en la valentía y la virtud

Nota del Editor: Nuestro Señor dijo: “Dejad que los pequeños vengan a mi, y no se lo prohibáis” (Marcos 10, 14). Lo que sigue es un ensayo enviado a nosotros por una alumna de cuarto grado, una niña de 10 años que lo escribió. Se centra sobre la figura del Antiguo Testamento de Judit como un tipo de Nuestra Santa Madre. Ciertamente, como los antiguos líderes de Israel invocaron la intercesión de Judit, nosotros decimos a Nuestra Señora: “Ruega por nosotros, porque tú eres una mujer santa”.

por Elizabeth Vennari

Holofernes, un general asirio, marchó contra Israel por orden del Rey Nabucodonosor. Quemó todas las ciudades, robó todos sus bienes y asesinó todas las personas. Cuando él y su armada llegaron a la ciudad llamada Betulia, la sitiaron. Él cortó sus suministros de agua incluyendo las fuentes secretas dentro de las paredes de Betulia. Holofernes consultó sus consejeros y les preguntó si ellos conocían la historia de Israel.

Ajior, uno de los consejeros de Holofernes, le contó toda la historia de Israel. Le dijo que si el pueblo no contaba con el favor de Dios, Dios usaría a los asirios para castigar los Israelitas. Si ellos contaban con el favor de Dios, los asirios serían derrotados. Holofernes estaba airado con Ajior y no quiso creerle. Lo desterró a Betulia diciendo: “Cuando derrotemos Betulia, Ajior estará entre aquellos que son derrotados y le abriremos los costados”.

Ajior fue a la ciudad y les contó el Plan de Holofernes. El pueblo cayó en desesperación y decidió rendirse. Pero Ozías, el sumo sacerdote, ordenó que deberían esperar cinco días y si durante este tiempo no recibían ayuda, al final de esos cinco días ellos se rendirían.

Pero en Betulia estaba una viuda joven llamada Judit. Su marido había muerto de insolación durante la estación de cosecha y hacían tres años y seis meses.  Judit escuchó que el pueblo quería rendirse. Ella fue a ver a los líderes de la ciudad y les dijo que estaban pecando grandemente por no confiar en el Señor. “Ruega por nosotros, porque tú eres una mujer santa”, los líderes le suplicaron.

Judit se fue a su casa y se puso cenizas sobre su cabeza como signos de penitencia. Oró para saber si ella sería capaz de ayudar a su pueblo en este tiempo de necesidad. Entonces se vistió de sus ropas más finas y con su criada fue a ver a los asirios y pidió ver al general. Holofernes se sintió atraído por su belleza. Él ordenó que ella podía ir y venir como quisiese.

Por tres noches, Judit oró a Dios que pudiese ayudarla en su peligrosa tarea. En la cuarta noche Holofernes hizo una cena para sus amigos. Invitó también a Judit. El general quedó inconsciente con el vino y cayó en un profundo sueño.

Judit esperó hasta que la milicia se retiró. Ella ordenó a su criada permanecer de pie fuera de la tienda y vigilar. Después con lágrimas en sus ojos elevó su plegaria: “Hazme fuerte, oh Señor Dios de Israel, y en esta hora mira la obra de mis manos, para que puedas exaltar la Ciudad de Jerusalén como tú has prometido, y yo pueda llevar a cabo lo que me he propuesto, creyendo que esto puede ser hecho por ti”. (Judit 13, 7)

Luego ella tomó la espada de Holofernes del pilar en el que estaba sujeta y dijo: “Fortaléceme Señor en esta hora”. Con la espada golpeó dos veces su cuello, hizo rodar el cuerpo sin cabeza y tomando el dosel de la cama junto con la cabeza, se los entregó a su criada y le pidió que los pusiera en su alforja.

Y salieron, de acuerdo con su costumbre, a hacer oración, atravesaron el campamento, contornearon el barranco y se presentaron ante las puertas de la ciudad. Y Judit de lejos gritó al vigía sobre las murallas: “Abran las puertas porque Dios está con nosotros, que ha mostrado su poder en Israel”.

Cuando abrieron las puertas de Israel a Judit y a su criada, la recibieron con antorchas y palabras de alegría porque nadie esperaba que ella retornase a Betulia.  Judit subió a la montaña y pidió que se hiciera silencio. Cuando no había nadie hablando, dijo Judit: “Alaben al Señor Nuestro Dios quien no ha olvidado a los que conservan la esperanza en él. Y ha dado muerte al enemigo de su pueblo por mi mano esta noche”. Y entonces mostró la cabeza de Holofernes y les dijo que cuando ella lo mató no resultó herida en el hecho.

Entonces ellos llamaron a Ajior y vino y Judit le mostró la cabeza de Holofernes y dijo que Dios había mostrado su poder sobre Israel y él había cortado la cabeza de sus enemigos por la mano de una mujer. Y Ajior, viendo la cabeza de su general, quedó atónito y se desmayó en el mismo momento que lo vio. Cuando se hubo recuperado, bendijo al Señor y a Judit.

Muy de mañana, Judit le dijo al pueblo de colgar la cabeza de Holofernes en las paredes de la ciudad. Entonces ella dijo al pueblo de tomar las armas e ir en busca de los asirios.

Los asirios escucharon un gran ruido y fueron a la tienda de Holofernes y le gritaron llamándolo porque no se atrevían a entrar en la tienda del general principal del ejército del rey. De modo que cuando Holofernes no salió, enviaron a Bagoas adentro de la tienda. Y retornó Bagoas diciendo: “El cuerpo de Holofernes yace allí sin la cabeza. Una mujer israelita nos ha engañado”. Entonces los asirios se llenaron de temor y sin llevarse ninguno de sus bienes, huyeron de la ciudad en todas las direcciones.

Los israelitas fueron tras ellos y mataron todos los que pudieron.  Y cuando Ajior vio la fe de Judit, el mismo se circuncidó y se unió a los judíos.

Cuando fueron a recoger todos los despojos les tomó cerca de treinta días. A Judit le dieron todas las pertenencias de Holofernes. Ellos celebraron la victoria de Judit por tres meses. Y aún hoy en día es celebrada.

La historia de Judit puede representar a Nuestra Señora en cuatro modos distintos.

El primero, la humildad que ella tenía; sin jactarse de que ella había dado muerte al enemigo y sin enorgullecerse de lo que ella hizo. No. Ella dijo a todos que Dios lo hizo por medio de la mano de una mujer. Ella confiaba totalmente en Dios y no tenía intención de disgustarlo.

El segundo, la santidad que ella tenía; ayunando y orando para hacer algo peligroso.

El tercero, la valentía que ella tenía; no llorando porque estaba atemorizada sino llorando con humildad, ya que era el modo en el que oraban en aquellos días.

Y el cuarto, ella prefigura a Nuestra Señora aplastando la cabeza del enemigo cuando se dice en el Génesis 3, 15: “Ella aplastará tu cabeza y tú acecharás su calcañar”.

Oremos para que usted sea como ella en todos los modos posibles.