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La Cruzada de Fátima

El trasfondo del referéndum portugués sobre el aborto

por John Andrade, corresponsal de The Fatima Crusader en Portugal


       La oposición tradicional al aborto en Portugal, una nación predominantemente católica, había sido motivo de vergüenza para sus políticos actuales, pero desde hace tiempo la Unión Europea decidió liberalizarlo, y todos los países miembro tienen que acatar sus directrices. Cuando el Partido Socialista tomó el poder en una victoria avasallante en 2005, su líder José Sócrates, el ahora Primer Ministro, prometió amplias reformas, que incluían la “modernización” de la ley del aborto con el fin de alinearse con la legislación actual de la Unión Europea.

       En aquel momento se permitía el aborto en Portugal solamente en tres circunstancias específicas: en las primeras 12 semanas de embarazo si se consideraba que la salud de la madre estaba en peligro, o en las primeras 16 semanas si el embarazo fue causado por una violación, o sin ningún tipo de restricciones temporales si se estimaba necesario para salvar la vida de la mujer embarazada. Pero el Primer Ministro José Sócrates insistía que el aborto debería ser permitido cuando fuese solicitado dentro de las primeras diez semanas de embarazo, y convocó un referéndum como una excusa para implementar su plan. Él decidió repetir el referéndum de 1998, en el cual el lobby pro-aborto sufrió una clara derrota; pero esta vez debía asegurarse de que esto no sucediese de nuevo. Ahora se sabe que estuvo por meses bajo la presión de las más grandes clínicas de aborto españolas, lo cual no sorprende, porque, de acuerdo con la prensa, el negocio del aborto en Portugal implicará ganancias de 9 millones de euros por año para los abortistas, haciendo un cálculo conservador.

       Se determinó la fecha del referéndum: domingo 11 de febrero. Los partidos interesados tenían menos de dos meses para preparar sus campañas.

       Para asegurarse el triunfo, el Primer Ministro Sócrates y sus ministros claves hicieron campaña para lograr liberalizar el aborto, usando todos los recursos del Gobierno y dando entrevistas frecuentes en televisión y en la prensa nacional, haciendo propaganda a niveles que las campañas pro-vida no podrían igualar nunca.

       Al mismo tiempo, la Iglesia Católica, que había tenido un rol destacado en la derrota de los abortistas en el referéndum de 1998, declaró que no se involucraría esta vez. El Cardenal Patriarca José Policarpo fue tan lejos que llegó a advertir a los sacerdotes que “las celebraciones eucarísticas no son el lugar para hacer campaña”. No era un secreto que él favoreció la liberalización del aborto; inclusive dijo a la prensa que la ley del aborto “tenía una cierta lógica en sí”. Don Ilídio Leandro, Obispo de Viseu, quien se pensaba que era más o menos moderado, públicamente declaró que se inclinaba a votar por el “Sí”, añadiendo que él estaba “a favor de un lenguaje de diálogo” y que él respetaba a “las personas que pensaban de modo diferente”. Y todos los canales de televisión y los periódicos nacionales presentaban entrevistas con sacerdotes que favorecían el “Sí”.

       De este modo la resistencia a la liberalización del aborto quedó exclusivamente en manos de los laicos, y ellos mismos se organizaron lo mejor que pudieron e hicieron campaña vigorosamente. El Centro de Fátima también entró en campaña; imprimió y distribuyó más de 600.000 (seiscientas mil) copias de la Carta Abierta (ver el texto en la página 17 de esta edición). Se publicó también en un importante semanario. El Centro de Fátima distribuyó sus 600.000 copias principalmente en el Norte de Portugal. Se hizo a un costo de cerca de 50.000 dólares y donde se envió nuestra Carta Abierta, la mayoría de los votos fue por el NO, el voto correcto para la conciencia católica. La respuesta de los lectores fue abrumadoramente positiva entre los laicos.

       Temiendo la posibilidad de una derrota, que habría sido catastrófica para el Gobierno de Sócrates, los abortistas cambiaron sus tácticas, y afirmaban que el referéndum no tenía por objetivo liberalizar el aborto, sino que significaba solamente ahorrarle a la mujer la humillación de ser perseguida por haber hecho un aborto. Y los laicos a cargo de la campaña pro-vida reaccionaron ingenuamente declarando que, si ellos ganaban, cambiarían la ley en modo de evitar tal “humillación”; por ende haciendo pensar a muchas personas que no era realmente importante si votaban “Sí” o “No”, dado que el resultado sería prácticamente el mismo.

       Llegó el 11 de febrero y quedaban pocas dudas de que los que estaban a favor del aborto ganarían. No es de sorprenderse que la asistencia haya sido menor de la esperada. Solamente votó el 43,6 por ciento de un total de 3.851.613 ciudadanos, de los cuales el 59.25 por ciento votó “Sí”, y el 40.75 por ciento votó “No”.

       En la ley de Portugal más del 50 por ciento de los votantes registrados deben participar en el referéndum para que sea válido; de lo contrario su resultado no es vinculante. Muchas personas pensaban que la única opción para derrotar a los abortistas sería abstenerse de votar. Estaban equivocados.

       El Primer Ministro Sócrates dijo que aún así enviaría al Parlamento el proyecto de ley de aborto que él había propuesto, y que él seguiría personalmente todos los procedimientos legales en modo de promulgarla como ley lo más pronto posible. El líder de la oposición Luís Marques Mendes, que había apoyado la campaña pro-vida, declaró rápidamente que no se opondría a la promulgación del aborto por parte de Sócrates. “Aunque el resultado no es vinculante, creemos que debería respetarse, en aras de la democracia”, añadió.

       Todo lo que la Conferencia Episcopal Portuguesa tenía para decir respecto de la victoria pro-aborto, hecho público por su vocero el Obispo Carlos Azevedo, fue esto: “Lo que ha sucedido es que los valores defendidos por la Iglesia no son en el presente tenidos en alta estima por la sociedad portuguesa”. Un importante periódico, el Diário de Notícias, fue más perceptivo: “Fue una gran derrota para la Iglesia Católica”.

       El descontento divino con el referéndum se puso de manifiesto a todos. En la mañana del día siguiente, 12 de febrero, se sintió en el sur de Portugal un sismo de 6.0 en la escala Richter, zona donde el “Sí” obtuvo las mayorías más altas. Fue apenas perceptible en los distritos del norte, donde el “No” había ganado.




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