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Contexto histůrico de Portugal (1910 - 1917)

Contexto histůrico de Portugal
(1910 - 1917)

Cuando la Reina de la Paz fue a aquel país en 1917, este estaba en un estado de completa agitación: “Quiebra económica, agravada aún más por la reciente entrada en la guerra, desorden y anarquía, disensiones y homicidios; los intentos de asesinato se habían vuelto acontecimientos diarios — todo ello creó la atmósfera de una verdadera guerra civil. La Iglesia había sido excluida de la sociedad, reducida a silencio, perseguida de todas formas. En suma, Portugal en aquella hora experimentó el período más oscuro de su historia”.1

Por más de un siglo, Portugal había estado declinando constantemente debido a la Francmasonería, que dominaba el gobierno y la sociedad. La Revolución Portuguesa de 1910, había depuesto a la Monarquía reinante y proclamado la República, que estaba compuesta principalmente por francmasones de alto rango. La Iglesia fue el primer blanco durante la revolución: las iglesias fueron saqueadas, los conventos atacados y los religiosos hostigados. Los ataques más fieros y más puntuales, sin embargo, vinieron a través de la legislación anticlerical que aprobó la República. Inmediatamente después de la proclamación de la República, todos los conventos, monasterios y ordenes religiosas fueron suprimidos, los religiosos mismos fueron personalmente expulsados y sus bienes confiscados. Los Jesuitas fueron despojados de la ciudadanía portuguesa.

Entonces fueron aprobadas las leyes dirigidas a destruir la moralidad del país, una tras otra: aprobaron la ley de divorcio; luego una ley de cremación, la secularización de los cementerios, la abolición del voto religioso, la supresión de la enseñanza religiosa en las escuelas, y la prohibición del uso de la sotana sacerdotal. El toque de campanas de las iglesias y los horarios del culto fueron sujetos a ciertas restricciones, y fue suprimida la celebración pública de las fiestas religiosas. El gobierno, incluso se entrometió en los seminarios, reservándose el derecho de nombrar profesores y determinar los programas. En 1911, las persecuciones culminaron con la ley de Separación de la Iglesia y el Estado. El autor de estas leyes feroces, Alfonso Costa, declaró: “Gracias a estas leyes de separación, en dos generaciones, el Catolicismo será completamente eliminado de Portugal.”2& Pareció que esa predicción resultaría cierta. Pero los francmasones subestimaron el fervor de los fieles portugueses y la fortaleza del Papa San Pío X.

San Pío X rechazó todos los intentos de compromiso con el gobierno ateísta de Portugal, y las enérgicas condenaciones que le dirigiera, apoyaron a la jerarquía de la Iglesia en el país. Por lo tanto, con los fieles unánimemente tras ella, la jerarquía rechazó firmemente todo compromiso con el gobierno, e incluso lo resistió públicamente. Como resultado, la mayoría de los obispos del país fueron exiliados y muchos sacerdotes encarcelados. Incluso, por el fuerte liderazgo de San Pío X, la Iglesia en Portugal pudo conservar su fe incontaminada, y permanecer unida en medio de esa fiera persecución.

La revolución continuó despiadadamente su destrucción: políticamente había anarquía; el desorden estaba en todas partes, por huelgas y violencia callejera. El Canónigo Barthas resume la desolación causada por la revolución: “La impiedad masónica aprovechó el desorden para sembrar la irreligión en las masas. La libertad para el culto fue obstaculizada por numerosas restricciones, y la prosecución de las obras apostólicas se volvió casi imposible. Las ordenes religiosas fueron suprimidas o paralizadas. Además, poco a poco se fueron vaciando los seminarios, y el clero, empobrecido y encadenado por las leyes restrictivas, se volvió escaso para mantener una vida religiosa profunda. La prensa católica fue sofocada, reducida a unos pocos semanarios en la provincias, sin influencia importante en las masas.

“Los tiempos fueron malos. El futuro sería aún más sombrío.”3

Muchos portugueses vieron que esa desolación estaba empeorando constantemente, y que la única salvación posible del país estaba en la misericordia del Cielo. Por eso, muchos de los fieles se volvieron con confianza a la Virgen Inmaculada, rogándole por el movimiento de la Cruzada del Rosario, que salvara a Portugal.

Entonces, en 1916, apareció en Fátima el Ángel Guardián de Portugal como precursor. Su aparición demostró que Dios había escuchado el clamor angustiado de los fieles portugueses, y que pronto iba a salvarlos.

Notas:

  1. The Whole Truth about Fatima (Toda la Verdad sobre Fátima), Volumen II: The Secret and the Church. Frère Michel de la Sainte Trinité. Immaculate Heart Publications, 1989, p. 303.


  2. Declaración del Congreso de Librepensamiento, 26 de marzo de 1911, citado por Barthas, Merv. XXs, p. 256.


  3. Citado en The Whole Truth about Fatima, Volume II, p. 317.



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