Los videntes secuestrados
(13 - 15 de agosto de 1917)

Mientras se aproximaba el 13 de agosto de 1917, las noticias de las apariciones de Fátima se difundieron a lo largo del país. La prensa liberal-masónica mostró especial interés en la cuestión, no desperdiciando ninguna oportunidad para denunciarlas y difundir falsedades respecto a los tres niños pastores. Cuando estas tácticas ya no pudieron disuadir a las masas de peregrinos, quienes viajaban fielmente grandes distancias para estar presentes cuando aparecía Nuestra Señora, la prensa sacó a relucir el clásico latiguillo anticlerical de que el clero estaba engañando a la gente para sacar provechos. La prensa instigó enérgicamente a las autoridades locales para que entraran en acción.

La autoridad local en Fátima, Arturo de Oliveira Santos, para entonces Administrador del distrito de Vila Nova de Ourem, era un fanático anticlerical. También conocido como “el Hojalatero”, era un francmasón que disfrutaba de mucho poder por su posición, y gobernaba el distrito de manera tiránica, imponiendo restricciones a las iglesias y a los actos del culto a su absoluto capricho. El Hojalatero decidió poner fin a la piedad popular resultante de las apariciones en Fátima por los medios que creyera necesarios.

El 10 de agosto, los padres de los tres videntes de Fátima, Manuel Marto y Antonio dos Santos, recibieron una orden para comparecer con sus hijos el día siguiente en Vila Nova de Ourem. Era un viaje de casi 15 km., para el cual los únicos medios de transporte disponibles eran o bien caminar o montar un asno. Manuel Marto rechazó hacer a sus dos pequeños hijos ese viaje para comparecer a una audiencia, y decidió ir solo. Antonio dos Santos, sin embargo, decidió que su hija, Lucía, contestara por si misma. El Hojalatero estaba furioso ante la ausencia de Francisco y de Jacinta.

Recordando su experiencia con el Hojalatero, escribe Lucía:
‘En la Administración fui interrogada por el Administrador en presencia de mi padre, mi tío y varios señores más, que no se quienes eran. El Administrador fue determinado forzarme revelar el Secreto y prometerle jamás volver a la Cova da Iria. Para conseguir esto, no se privó ni de promesas ni de amenazas. Viendo que nada conseguía, me despidió manifestando que lo habría de conseguir, aunque para ello tuviese que quitarme la vida.’1

El 12 de agosto, masas de gente comenzaban a acercarse a la Cova da Iria en anticipación de la aparición del día siguiente. En la mañana del 13 de agosto, el Administrador llegó al hogar de los Marto para ver a los niños. El convenció a los padres de los niños que también deseaba “asistir al milagro” con ellos, y junto con ellos ir primero a buscar al párroco de la villa. Después de ser interrogados por el sacerdote, el Administrador hizo subir a los niños a su coche de caballos. El coche primeramente partió hacia la Cova da Iria, pero repentinamente giró y voló en la otra dirección. El Administrador intentó calmar a los niños diciéndoles que iban primero a encontrarse con el sacerdote en Ourem. Para evitar que los peregrinos en camino a la Cova da Iria vieran a los niños, los cubrió con una manta. Finalmente llegó en triunfo a su casa, creyendo que al mantener a los niños con él, nada sobrenatural ocurriría en la Cova da Iria, y toda la cuestión de las apariciones se daría por terminada.

Llegados a la casa del Hojalatero, los niños fueron encerrados en una habitación y se les dijo que no se los dejaría salir hasta que hubieran revelado el Secreto. La buena esposa del Hojalatero les dio el almuerzo, los dejó jugar con sus hijos y cuidó de que no les faltara nada. Al día siguiente los niños fueron forzados a soportar nueve interrogatorios, pero ellos, fortalecidos por una gracia especial, permanecieron firmes.

El Hojalatero quiso arrancarles el secreto a cualquier costo, pero nada pudo sacarles ni embaucarlos para que se contradijeran entre ellos. Incluso llamó a un médico, queriendo atribuir a los niños alucinaciones e histeria. Las conclusiones de ese médico nunca fueron publicadas. Ese hecho es elocuente, pues si las conclusiones del médico hubieran diagnosticado alucinaciones, el Administrador no hubiera demorado en publicar su testimonio.

Entonces, el Hojalatero puso a los niños en prisión en una celda común colmada de otros prisioneros. Luego, los videntes fueron interrogados separadamente, después de lo cual el Hojalatero los amenazó con hervirlos en aceite si continuaban negándose a divulgar el Secreto de Fátima. En presencia de los niños este ordenó que calentaran un caldero con aceite, y los amenazó con ponerlos en el caldero si ellos no cooperaban. Los niños creyeron la amenaza del Hojalatero. Un hombre de la celda de la prisión trató de persuadir a Jacinta de darse por vencida, diciéndole que ella podría evitar ser muerta simplemente diciendo el secreto. Jacinta respondió, “¡prefiero morir!”.

El Hojalatero llevó primero a Jacinta. Francisco y Lucía creyeron que ella había partido hacia la muerte. El Hojalatero volvió y dijo a los niños que Jacinta estaba muerta. Les pidió otra vez que revelaran el Secreto, o Francisco y Lucía también serían freídos. Francisco fue el siguiente en el camino a su fingida muerte. Luego el Administrador amenazó a Lucía con la misma suerte si ella no cooperaba. Lucía se mantuvo fiel, pensando que sus dos primos ya habían muerto. Sin embargo, ninguno de los niños había sido muerto, la treta había resultado ineficaz. Aún después de esta amenaza extrema, el Hojalatero no pudo obtener el Secreto. A la mañana siguiente (15 de agosto), después de un largo interrogatorio, no habiendo logrado nada, devolvió los niños a Fátima.

Notas:
  1. Hermano Michel de la Sainte Trinité, The Whole Truth About Fatima, (Toda la verdad sobre Fátima), Volumen I (ed. inglesa): Science and the Facts (La ciencia y los hechos), (Immaculate Heart Publications, Buffalo, New York, 1989) cap. VII, p. 218, tomando de la IIa. Memoria de la Hna. Lucía.