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La Oposición - La Revoluciůn Masůnica (1910)

La Revoluciůn Masůnica (1910)

Desde el siglo XVIII, la Francmasonería había estado empeñada en la lucha por conquistar todo el poder en Portugal, volviendo al país inestable y propenso a la revolución. En octubre de 1910, los masones lograron finalmente implementar un gobierno masónico por medio de una revolución. En la noche del 3 de octubre, un grupo organizado de masones irrumpió en los cuarteles de los regimientos de infantería. Los revolucionarios en el seno de las fuerzas armadas fueron ayudados por civiles, mientras la mayoría de los militares permanecía neutral. Las fuerzas leales fueron desarmadas, y el 5 de octubre la monarquía constitucional fue derrocada en Lisboa y se proclamó la República Masónica. Se estableció un gobierno provisional integrado por prominentes masones, el cual tuvo el apoyo de los gobiernos de Francia e Inglaterra.

La revolución apuntó inmediatamente a la Iglesia Católica: las iglesias fueron saqueadas, los conventos atacados y los religiosos hostilizados. Apenas se hubo instalado el gobierno provisional, comenzó a dedicar toda su atención a una política anti-religiosa, a pesar de la desastrosa situación económica. El 10 de octubre — cinco días después de la inauguración de la República — el nuevo gobierno decretó que todos los conventos, monasterios y todas las órdenes religiosas fueran suprimidos. Todos los religiosos fueron expulsados y su bienes confiscados. Los Jesuitas fueron forzados a perder su ciudadanía portuguesa.

Una serie de leyes y decretos anti-católicos siguieron uno a otro, en rápida sucesión. El 3 de noviembre, fue sancionada una ley que legalizaba el divorcio; luego siguieron otras leyes que reconocían la legitimidad de los hijos fuera del matrimonio, autorizaban la cremación, secularizaban los cementerios, suprimían la enseñanza religiosa en las escuelas y prohibían el uso de sotanas y hábitos religiosos. Además, el tañer de las campanas y los horarios de cultos quedaron sujetos a ciertas restricciones, mientras que fue suprimida la celebración pública de fiestas religiosas. El gobierno se entrometió incluso en los seminarios, reservándose el derecho de nombrar los profesores y determinar los programas. Toda esta serie de leyes persecutorias culminaron con la ley de Separación de la Iglesia y el Estado, sancionada el 20 de abril de 1911.

Con esto pareció que la victoria de los francmasones era completa. Alfonso Costa, el autor de esas leyes, se sintió lo suficientemente confiado para declarar en ese entonces: “Gracias a esta ley de separación, en dos generaciones, el Catolicismo será completamente eliminado en Portugal”.

Sin embargo, debido a la firmeza del Papa San Pío X, quien rechazó todos los intentos de compromiso con la República, la Iglesia de Portugal pudo mantenerse unida bajo los ataques. Los fieles apoyaron a sus obispos, quienes unidos resistieron al gobierno. Eso llevó al exilio a la mayoría de los obispos del país y al encarcelamiento de muchos sacerdotes. No obstante, la Iglesia de Portugal pudo así preservar su fe del veneno de la Revolución Masónica.

La revolución, sin embargo, tuvo así sus efectos sobre el país. Al tal punto que el daño hecho por medio de la persecución incansable y la destrucción de Portugal en todas las áreas fue incalculable, y el dominio masónico y el deterioro causado parecieron irreversibles. Sin embargo, el año 1917 mostraría pronto un viraje decisivo en el destino de Portugal, la “Tierra de Santa María”.




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