La Consagración total
al Inmaculado Corazón de María

La Devoción Cristiana a la Santísima Virgen María

En el artículo “En defensa de Fátima: defendiendo la Teología Mariana”, demostramos que es obligación de los cristianos tener devoción a la Madre de Dios. La Devoción Mariana ha sido practicada desde hace mucho tiempo entre los Angeles, como fue evidenciado por el homenaje del Arcángel Gabriel hacia Ella quien es “llena de gracia” (Lc. 1:28)

Ciertamente, Nuestro Señor Jesucristo, quien no vino a abolir la Ley sino a cumplirla (cf. Mt. 5:17), cumplió de manera perfecta el mandamiento de “honra a tu madre” (Ex. 20:12, Lc. 2:51). Tan pronto como Él comenzó a reunir a sus discípulos, ellos notaron la devoción que Nuestro Señor tenía por Su Madre. Esto es evidente por el hecho que San Juan quedó tan impresionado por el poder de intercesión de Nuestra Señora en Cana, que lo recordó y lo registró décadas más tarde (cf. Jn. 2:1-11). En la fiesta de la bodas de Cana, viendo que el vino se había acabado, Nuestra Señora pidió a Nuestro Señor que obrara un milagro. Aunque Nuestro Señor declaró, “mi hora no ha llegado”, Él no se lo negaría, y obró su primer milagro público a pedido de Su Madre. En la Cruz, Cristo hizo de la devoción a Su Madre un precepto de Su religión, al decir a Sus discípulos, por medio de San Juan, “He ahí a tu Madre” (Jn. 19:27).

De acuerdo a la más temprana evidencia existente, María ha sido largamente honrada prominentemente en el arte cristiano y en la liturgia. Llevada allí por los Apóstoles, aún existe en Roma, en Santa María la Mayor, una pintura de Nuestra Señora hecha por San Lucas Evangelista. Otra pintura de Nuestra Señora, también de mano de San Lucas, se encuentra en la India, en Madras, ciudad ahora llamada Chennai, en el monte Santo Tomás. Santo Tomás Apóstol la llevó allí, a la India, hace casi 2000 años. (ver Pintura de Nuestra Señora por San Lucas). Así, podemos ver que la devoción a Nuestra Señora es de origen apostólico.

Igualmente, los apóstoles de Nuestra Señora no se hicieron esperar. San Ireneno, discípulo de San Policarpo — él mismo discípulo de San Juan Apóstol — escribió “Como la raza humana quedó sujeta a la muerte por una virgen (Eva), así fue salvada por una virgen (María). San Atanasio predicó, “¡Oh Virgen! ¡Tu eres más grande que todas (las criaturas), oh Arca de la Alianza, vestida de pureza en lugar de oro! Tu eres la Arca en la que se encuentra el vaso de oro que contiene el verdadero maná... la carne en que reside la Divinidad”. Algunas de las más tempranas definiciones de los concilios de la Iglesia fueron sobre la Maternidad Divina de la Santísima Virgen María y de Su Perpetua Virginidad. Desde el principio hasta el fin, la Liturgia católica — como la de la Ortodoxia de oriente — está llena de alabanzas a la Santísima Virgen, y eso desde tiempo inmemorial.

La devoción de San Luis María

El Espíritu Santo dio a los cristianos, especialmente a los Santos, diferentes medios para practicar la devoción a la Santísima Virgen María. De acuerdo al Beato Pío IX, la forma mejor y más aceptable es la devoción propuesta por San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716). El Papa Juan Pablo II dijo, “esa perfecta devoción es indispensable a todo aquel que quiera darse sin reservas a Cristo y a la obra de la redención”. Esta devoción, que San Luis María llama “una perfecta renovación de los votos y promesas del Santo Bautismo” (Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, § 120), “es un camino fácil, corto, perfecto y seguro para llegar... a la perfección.” (§ 152).

Toda nuestra perfección consiste en estar conformados, unidos y consagrados a Jesucristo. Nuestro Señor dijo: “Sed, pues, perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mat. 5:48). Esa perfección está en la imitación, unión, y consagración del cristiano a Jesucristo.

Por lo tanto, la devoción más perfecta es la que más perfectamente nos conforma, nos une y nos consagra a Jesucristo. San Pablo dijo a los cristianos: “Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor. 11:1). Seguir los pasos de aquellos conformados a Cristo es conformarse a Cristo mismo. Como María es la creatura más conformada, unida y consagrada a Jesús, cuanto más alguien está conformado, unido y consagrado a María, más aún está conformado, unido y consagrado a Cristo.

Dar todo a María

La devoción que San Luis María promueve consiste en dar todo — nuestro cuerpo, nuestra alma, los bienes exteriores, y aún nuestras propias virtudes y los méritos de nuestras buenas obras — a Jesús por María. Otros actos de devoción hacen un inmenso bien, y el primero entre todos es el Rosario de Nuestra Señora. Sin embargo, no despreciando los buenos frutos que producen las obligaciones, obras y prácticas de otras devociones, se debe decir que estos compromisos por ellos mismos, no obligan darlo todo sin reserva a María Santísima. Una vez hecho el acto de consagración que San Luis propone, uno ha dado todo pensamiento, palabra, acción y sufrimiento a María, sin reserva, a menos que haya una retractación intencional.

Eso debería dar consuelo a los cristianos. Es como la parábola de los talentos (Mt. 25:14-30). Usted y yo somos los cristianos a quienes tal vez se nos dio menos talentos y tal vez somos débiles y expuestos a enterrarlos en la arena. La Santísima Virgen es, ciertamente quien obtuvo el mayor número de talentos, por ser ‘Bendita entre todas las mujeres’ (Lc. 1:42). Lo que esta consagración hace es dar los talentos de nuestra vida a Aquella que ha obtenido muchos para que los invierta por nosotros. Tal vez por los méritos de nuestra vida, el Amo podría estar descontento con nosotros. Pero por haberlos dado a María, seguramente la sabia y fiel Esclava (la Santísima Virgen), quien cosechó el interés, cuidará de nosotros. Cuando Cristo venga a nosotros como Juez, no habrá nadie que pueda mirar mejor por nuestra defensa que Su Madre.

A Jesús por María

El don perfecto de nosotros mismos a María nos ayuda a conformarnos a Jesús. Eso es porque solo estamos imitando a Quien “se vació de si mismo” (Fil. 2:7), y fue obediente y sujeto a María, y dependió totalmente de Ella en Sus primeros años. Esta devoción nos une a Jesús, quien dijo: “Yo no busco mi propia gloria” (Jn. 8:50), sino buscó la gloria de Su Padre, “...llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn. 17:4). Esta devoción a María nos une con Él, al glorificar a la Trinidad, al darnos eso por lo cual nosotros glorificamos a Dios, y por los méritos de nuestras obras glorificamos también a Nuestra Señora, quien puede rendir a Dios la mayor gloria con nuestros pequeños dones.

Por esta devoción, estamos consagrados a Jesús, por estar apartados para Él por Nuestra Señora. Tal como Jacob recibió la bendición de su padre Isaac solo por haber sido preparado para ello por su madre Rebeca (cf. Gen. 27:1-40) somos apartados por la consagración a Jesús por haber sido más eficazmente preparados por la Santísima Virgen María.

A menudo podemos arruinar nuestras buenas obras por causa de mezclarlas con nuestro amor propio. Ahora usted puede comprender cuantos méritos se escapan de entre nuestros dedos. Pero si Nuestra Señora presenta estos méritos a Dios, Él no los rechazará. Nuestra Señora los purificará de cualquier mancha de amor propio o egoísmo.

Sobre la Consagración personal a la Santísima Virgen

En un extracto del libro del Padre Paul Trinchard, The Awesome Fatima Consecrations (ver artículos relacionados, “Your Awesome Act of Consecration to the Immaculate Heart of Mary”), el autor reflexiona sobre el tan importante Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María a la luz del Mensaje profético de Fátima. Estas reflexiones inspiradas demuestran cuan verdaderamente impresionante es este Acto de Consagración al Inmaculado Corazón de María, y que impacto tremendo puede tener sobre nuestra vida y sobre nuestra alma.

Artículos relacionados:

• Pintura de Nuestra Señora por San Lucas.
• Your Awesome Act of Consecration to the Immaculate Heart of Mary