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EL MOVIMIENTO DE SACERDOTES POR FŃTIMA

CapŪtulo 1

Se cierne la tormenta

“Los errores de Rusia se propagarán por el mundo...” Esta es una de las muchas advertencias que Nuestra Señora nos transmitió en el Mensaje de Fátima como consecuencia de dejar de prestar atención a sus pedidos. A pesar del fenómeno conocido como “caída del Comunismo”, los errores de Rusia continúan propagándose y el mundo continúa en una espiral descendente de violencia moral, espiritual y física contra la persona humana, hecha a imagen y semejanza de Dios. Esta es la misma situación que tanto afligió al Papa Juan Pablo II, como él mismo lo revelo en los sermones pronunciados en Fátima en 1982 y 2000.

Mientras usted lee estas páginas, el Medio Oriente amenaza con estallar en una conflagración, la carnicería en Irak se incrementa día a día, y los conflictos en otros sitios concluyen en baños de sangre, como el de Darfur en Sudán, donde 400.000 ciudadanos inocentes han  muerto con crueldad en manos de las milicias Árabes en los últimos años. Rusia, que mantiene vínculos financieros y de distinta índole con el terrorismo islámico presente en Irak y en otros sitios, se ha convertido bajo Vladimir Putin en una dictadura neo-estalinista, cuyo gobierno autoritario censura incluso el New York Times. Una votación reciente en Polonia mostró que el pueblo de ese país considera a Rusia la mayor amenaza para su nación. Y es inquietante notar que Rusia ahora es  aliada militar de la China Roja, cuyo poder económico sobre los Estados Unidos y otros países occidentales continúa creciendo.

Mientras se siguen reuniendo las fuerzas para la guerra total, continúa el holocausto del aborto en todo el planeta, con la sangre de tantos inocentes asesinados que clama por divina retribución. Ahora las mujeres están usando células del cuerpo de niños abortados para tratamientos de belleza, una práctica que comenzó en Rusia al igual que la legalización del aborto.

En todas las naciones del occidente cristiano de antaño, los gobiernos secularizados, que se llaman a sí mismos democracias y alardean de su “libertad”, están apresurando sus ataques contra la religión y la ley natural. En Rusia, que según se atreven a decir algunos se habría convertido en 1984, a la Iglesia Católica apenas se le permite existir. En China la Iglesia Católica ha sido llevada a la clandestinidad y sus sacerdotes y obispos han sido arrestados, encarcelados u hostigados por las bestias comunistas. En otros países del Tercer Mundo las minorías católicas sufren violencia y persecución a manos de las mayorías que no son católicas.

Terremotos, tsunamis, volcanes y otros desastres naturales también azotan a nuestro mundo trastornado, con amenazas de desastres aún peores por venir. Solo el tsunami de 2004 mató a más de 213.000 personas en once países diferentes.

En 1907, el Papa San Pío X –último Papa canonizado– declaró en su primera encíclica que cuando estaba próximo a ascender al trono de San Pedro, estaba “aterrorizado sobre todo por el estado desastroso de la sociedad humana de entonces. ¿Pues quién puede dejar de ver que en el tiempo presente, más que en cualquier edad pasada, la sociedad sufre de una enfermedad terrible y profundamente enraizada, que crece día a día y devora su más íntimo ser, arrastrándola a la destrucción?” Él señaló que la mayoría de la gente de su tiempo había “perdido todo respeto por el Dios Eterno” y que “sin prestar ninguna atención en las manifestaciones de su vida pública y privada a la Suprema Voluntad, usan todos los esfuerzos y artificios posibles para destruir totalmente la memoria y el conocimiento de Dios”. Y concluyó que “Considerado todo esto, hay una buena razón para temer que esta gran perversidad pueda ser, como fue anticipado, tal vez el comienzo de aquellos males que están reservados para los últimos días; y que pueda ya estar en el mundo el ‘Hijo de Perdición’ de quien hablan los Apóstoles...”

En 1922, el Papa Pío XI lamentó que con los hombres en rebelión contra Dios en todo el mundo y con Cristo excluido de la vida de las naciones, “Nosotros percibimos con pesar cómo la sociedad retrocede lenta pero inexorablemente hacia un estado de barbarie”. Advirtió que inclusive en ese entonces la Humanidad iba “tambaleándose hacia su propia caída”.

En 1950 el Papa Pío XII dijo que “el mundo está ahora peor que antes del Diluvio”. ¿Qué podrían decir Papas tna magníficos y santos como Pío X, Pío XI y Pío XII del estado del mundo hoy?

Incluso el Papa Juan Pablo II, con todo su optimismo sobre el mundo moderno, fue compelido a admitir que toda Europa ha sucumbido ante “una visión del hombre apartado de Dios y apartado de Cristo” y que “la cultura europea da una impresión de ‘silenciosa apostasía’ de parte de la gente... que vive como si Dios no existiera”. Los resultados de esta silenciosa apostasía, dijo este Papa, son “la disminución del número de nacimientos, del número de vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, y la dificultad, si no el rechazo absoluto, de hacer compromisos de por vida, incluyendo el matrimonio”.

Las palabras de Juan Pablo II reflejan la tremenda realidad de que en todas las naciones de la antigua cristiandad la mayoría practica la contracepción, que hace que sus matrimonios resulten infértiles. Viviendo en este estado de desobediencia a la ley natural y a la enseñanza infalible de la Iglesia contra los anticonceptivos, la gente pierde la Gracia de Dios y sus bendiciones sobre las familias y se ponen involuntariamente bajo el poder del diablo. Como cita el Antiguo Testamento, el Arcángel San Rafael enseñó, “aquellos que de tal manera reciben el matrimonio que excluyen a Dios de sí mismos y de sus pensamientos, entregándose a la peor lujuria como el caballo y la mula que no tienen entendimiento, sobre ellos el diablo tiene poder” (Tob 6:17).

¿Quien puede negar que en esta época de contracepción, aborto, divorcio y “matrimonios homosexuales” el diablo verdaderamente ha ganado poder sobre vastas masas de personas que alguna vez fueron cristianas? La familia está desintegrándose y la sociedad se está desintegrando junto con ella. Las naciones de Occidente están desapareciendo por falta de niños, mientras las poblaciones musulmanas están amenazando con aplastar los últimos vestigios de la civilización cristiana.

Al mismo tiempo, la Iglesia también está sufriendo una crisis que es, tal vez, la peor en toda su historia: el colapso de la fe y la disciplina, escándalos por todas partes, la pérdida de vocaciones, y las deserciones masivas de la Fe verdadera hacia sectas de toda clase.

Las propias estadísticas del Vaticano muestran que desde 1978 el número total de sacerdotes en el mundo ha declinado un 3,5%, el número de religiosos hombres un 27%, y el número de religiosas mujeres un 22%, mientras la población del mundo ha crecido aproximadamente un 50%. Aún si nosotros aceptamos la suposición del Vaticano que cada estudiante de filosofía y de teología asistentes a los seminarios diocesanos y religiosos es un candidato al sacerdocio, mundialmente hay sólo 28 “candidatos” al sacerdocio por cada 100 sacerdotes hoy en funciones. Claramente, muchos de estos “candidatos” no continuarán todo el camino hacia su ordenación sacerdotal. ¿Entonces de dónde saldrán los sacerdotes de mañana? A menos que se produzca un milagro, no habrá sacerdotes. Incluso ahora, algunos sacerdotes de África están siendo transferidos a Irlanda para atender a los fieles, porque Irlanda, la tierra convertida por el mismo San Patricio, casi no tiene vocaciones. La misma situación es válida en toda Europa y aun en los Estados Unidos.

La proporción de la población mundial que es católica se ha estancado entre el 17 y el 18% en los pasados 26 años, reflejándose un marcado descenso en las actividades misioneras de la Iglesia.  Además, la mayoría de aquellos que todavía se llaman católicos ya no siente ninguna obligación de adherir a las enseñanzas de la Iglesia con las que ellos puedan discrepar. Ahora en gran medida es imposible distinguir a los católicos de los protestantes y de los judíos en sus puntos de vista sobre el aborto legalizado, la anticoncepción, el divorcio y otras cuestiones morales. ¡No asombra que el Papa Juan Pablo II hablara de una silenciosa apostasía en la Iglesia!

Viendo el estado del mundo de hoy, no se puede evitar llegar a la misma conclusión que la alcanzada por todos los Papas de los últimos 100 años: las fuerzas de la rebelión contra Cristo y su Iglesia han empujado al mundo más cerca que nunca de una guerra apocalíptica y de la devastación global, que serán un castigo divino por los pecados de este mundo que está desafiando a Dios como nunca antes en la historia humana. Si incluso los no creyentes sienten que el mundo está encaminado hacia una calamidad, ¿existe hoy algún hombre de Fe que no tema un castigo para la Humanidad aun más grande que el Diluvio?

Afortunadamente, el Cielo no ha permanecido en silencio frente a la rebelión de la humanidad. Dios envió a su propia Madre a Fátima para advertirnos que debemos cambiar nuestra forma de ser y para ofrecernos los medios de evitar el castigo divino que nuestro mundo rebelde tan abundantemente merece. 




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