Homepage
Cruzada
Perspectivas
Sobre Fátima
Noticias
Recursos
Tercer Secreto
Consagración
Oración
Librería
Homepage
Apostolado
Para hacer un donativo
Más información
Nuestra señora de Fatima en línea
ImageMap for Navigation
EL MOVIMIENTO DE SACERDOTES POR FTIMA

Captulo 10

Programa de Ftima
para los Sacerdotes

Conviene concluir este cuadernillo con una discusión sobre la puesta en práctica de los cinco principios del Movimiento de Sacerdotes por Fátima explicados en el capítulo anterior.  El Mensaje de Fátima nos proporciona la orientación necesaria, puesto que nuestra Madre celestial no nos dejaría sin los medios para hacer lo que pidió.

Respecto del primer principio, la fidelidad al dogma de la Fe proclamado con infalibilidad por el Magisterio, no basta simplemente conocer la verdad y predicarla a otros.  Tenemos que vivirla también y enseñar a otros a vivirla a través de nuestro ejemplo. Como afirmó Nuestro Señor: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”.  Por eso la Hermana Lucía, al decirnos cómo debemos poner en práctica el Mensaje de Fátima, afirmó que en vez de esperar a que nuestros superiores actúen, “es necesario que cada uno de nosotros empiece a reformarse espiritualmente a sí mismo.  Cada persona no sólo tiene que salvar su propia alma, sino también ayudar a las almas que Dios ha puesto en su camino”.

Por tanto, la primera tarea como sacerdotes del Movimiento de Sacerdotes por Fátima es reformarnos espiritualmente, siguiendo no sólo los mandamientos que son vinculantes para todos, sino también aquellos que pertenecen a nuestra santificación personal como sacerdotes.  En primer lugar debemos cumplir cada día los deberes espirituales del sacerdocio: celebrar la misa, que es la oración principal a Dios; recitar el oficio divino; rezar y meditar según recomienda la Iglesia; y sobre todo rezar el Rosario como Nuestra Señora de Fátima nos pidió repetidas veces.

El sacerdote que no reza es un guerrero que ha tirado sus armas espirituales y espera ser destruido por el diablo.  La crisis del sacerdocio hoy en día surge de la falta de oración, que a su vez ha llevado a la pérdida de la gracia y a la caída de muchos sacerdotes del estado enaltecido al que Dios se dignó elevarlos por medio de la ordenación sacerdotal.  Es precisamente porque los sacerdotes han sido elevados a este estado enaltecido que están expuestos a ataques fuertes del diablo. Es para proteger a los sacerdotes contra la influencia satánica que la Iglesia nos indica un régimen de oración y disciplina que va mucho más allá de lo pedido a los laicos. Si no nos aferramos a ese régimen seremos presas fáciles para el demonio. Esforcémonos por seguir este régimen de oración, sobre todo por amor y devoción a Dios y a su Santísima Madre.

El Evangelio está lleno de admoniciones para rezar en todo momento, y estas advertencias son todavía más pertinentes para los sacerdotes:

“Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre” (Lc 21: 36).
“Alegraos en la esperanza; sed constantes en la tribulación; perseverantes en la oración” (Rom 12: 12).
“Siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6: 18).
Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4: 2).
“Orad constantemente” (1Tes 5: 17).

Si los sacerdotes católicos no se encuentran bien armados espiritualmente, es decir, si no rezan, no podemos esperar que se cumpla el Mensaje de Fátima. El Triunfo del Inmaculado Corazón empieza por una movilización espiritual de los sacerdotes, y esa movilización empieza cuando cada uno de nosotros sacerdotes lleva una vida de oración de acuerdo con lo que la Iglesia prescribe para nosotros.

Además de la oración, también tenemos que hacer penitencia. Aquí también lo que se requiere de los laicos es todavía más pertinente para nosotros como sacerdotes.  La penitencia es necesaria para nuestra mortificación personal y crecimiento espiritual. Una vida sacerdotal demasiado cómoda o incluso lujosa es una victoria que ya ha ganado el demonio. El sacerdote que huye de la penitencia y que sólo busca su comodidad no puede luchar efectivamente contra el maligno.

Podemos cumplir el segundo principio del Movimiento, promover la enseñanza perenne del Magisterio sobre el papel de la Virgen como Mediadora de todas las gracias, si tocamos el tema en nuestras homilías y enseñamos este dogma en las clases de catecismo en nuestras parroquias. Podemos emplear algunas de las fuentes clásicas para explicar este dogma que es tan importante para el Mensaje de Fátima.

Los fieles necesitan entender que el Mensaje de Fátima es una fenomenal demostración  de que María es Mediadora de todas las gracias.  En efecto, todo el Mensaje se refiere a  su mediación respecto de la gracia divina para la humanidad, incluyendo la gracia de la conversión de Rusia y la paz mundial.  Mediante el cumplimiento de las promesas gloriosas de Fátima, Dios quiere que sus súbditos vean que Él no otorga su gracia si no es por medio de María.

Como sacerdotes tenemos la responsabilidad particular de reconocerle a María la misma importancia y honor que le otorga Su Hijo divino, en la medida en que sea posible a nuestra imperfecta condición humana.  Cada sacerdote debe ser un sacerdote mariano en obediencia a Nuestro Señor mismo.  La promoción del dogma de María como Mediadora de todas las gracias es esencial a ese aspecto de nuestro sacerdocio.

Hay innumerables maneras de cumplir el tercer principio, la promoción de una plena confianza en el Mensaje de Fátima y un compromiso firme con  él:

Estos y otros medios pueden hacer que cada parroquia y cada hogar en la parroquia sea un verdadero “Centro de Fátima” para ayudar a propagar el Mensaje de Fátima en todo el mundo.  Desde hace mucho se necesita que la Iglesia Universal acepte el Mensaje de Fátima y lo incorpore a su vida.  En distintos grupos y lugares se acepta y practica debidamente el Mensaje de Fátima, pero el Cielo ha mandado que la aceptación y práctica se realice en toda la Iglesia. Cuando esto suceda en un número suficiente de hogares y parroquias, las promesas de Fátima se cumplirán.

Nosotros como sacerdotes seremos agentes claves en el cumplimiento del Triunfo del Inmaculado Corazón.  Nosotros tenemos la responsabilidad inmediata de guiar a los fieles en la tarea de aprender, atender y poner en práctica el Mensaje de Fátima. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará entonces?  Los fieles nos esperan y están dispuestos a seguirnos, siempre que los guiemos como debemos.  ¡Ay de nosotros si no lo hacemos!

En cuanto al cuarto principio del Movimiento, la búsqueda inequívoca de la verdadera Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón, ¿no podemos ver que cuando el camino se prepare espiritualmente gracias a los medios que hemos explicado en este Capítulo, fluirá desde el cielo un sinfín de gracias mediante María Mediadora y los líderes de la Iglesia estarán mucho más dispuestos a hacer lo que pidió el Cielo con respecto a la consagración?  El hecho de que Rusia todavía no se consagre es culpa en parte de nosotros, como también es culpa de las autoridades de la Iglesia.  Si nosotros y todos aquellos que encontremos en nuestro camino seguimos el Mensaje de Fátima, el día en que el Papa y los obispos consagren a Rusia estará mucho más cercano.

Además de la reforma espiritual en lo personal, tenemos que pedir de Cielo las gracias que llevarán al cumplimiento de la Consagración.  Debemos ofrecer Misas, novenas a nivel parroquial, vigilias delante del Santísimo, horas santas, Rosarios en la parroquia y en el barrio, todo con la intención de la consagración de Rusia.

Y por supuesto a nivel humano, debemos promover peticiones al Santo Padre para que ordene a los obispos consagrar a Rusia, nombrada explícitamente, al Inmaculado Corazón de María.  Y que no nos intimiden con la objeción de que estamos “molestando” al Papa.  Dios mismo, en la persona de Jesucristo, fue molestado por la cananea que continuó implorándole que exorcizara a su hija, incluso después de que él le había dicho, para probar su fe, que Él había sido enviado a los hijos perdidos de Israel y no a personas como ella: “No es justo tomar el pan de los hijos para tirarlo a los perros”.  Pero perseveró la mujer, osando decir al Dios encarnado: “Sí, Señor, pero incluso los perros comen las migajas que caen de la mesa del señor”.  Y a causa de su perseverancia en pedir el favor divino, Cristo le dijo por fin: “Mujer, grande es tu fe.  Que se te haga según tu deseo”.  Y en ese momento su hija fue exorcizada.

De modo similar Bartimeo, el mendigo ciego, le gritó literalmente a Nuestro Señor, exigiendo la curación de su ceguera: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”  Muchos en la turba querían callarle, pero Bartimeo “gritó todavía más fuerte: ¡Hijo de David, ten piedad de mí!”  Y Nuestro Señor, al oírle, dijo: Llámenlo.  Nuestro Señor le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” y Bartimeo respondió: “Maestro, que yo pueda ver”.  Y Nuestro Señor, premiándolo por su persistencia en la fe, le curó diciéndole: “Vete, tu fe te ha salvado” (Mc 10: 46-52).

Si Dios mismo premia nuestra “molestia”, nadie tiene el derecho de insistir en que no “molestemos” el Papa.  Es a causa de nuestra fe en Dios y en las promesas de su Madre Santísima que debemos persistir con la petición de la consagración de Rusia, hasta el día en que, como la hija de la cananea, Rusia sea exorcizada y la paz sea otorgada al mundo entero.

Y si no perseveramos en esta solicitud, si por la timidez y el respeto humano nos abstenemos de “molestar el Papa”, entonces no sólo la Iglesia, sino también el mundo entero sufrirá, y nosotros sacerdotes tendremos gran parte de la culpa, si no la mayor parte.

En cuanto al quinto y último principio, enseñar a los demás a vivir y comprender el Mensaje de Fátima, por nuestras palabras y también nuestro ejemplo, para todo miembro del Movimiento esto implicará, como mínimo:

El fin de todo esto es que cada sacerdote católico sea un apóstol de Fátima, como Nuestro Señor y Nuestra Señora quieren que seamos. Y si fuera posible para cada uno en particular, los sacerdotes deberían desarrollar un apostolado completo de Fátima usando los medios modernos de comunicación social recomendados por el Concilio Vaticano Segundo.  Imagínese con cuánta rapidez se podría lograr la Consagración si al resto de las medidas que hemos señalado, añadimos mil sacerdotes en diversos países que promovieran el Mensaje de Fátima en su integridad, pidiendo la Consagración de Rusia en libros, revistas, periódicos y en la web.  Incluso si hubiera tan sólo cien sacerdotes así en todo el mundo, cien apostolados que publicasen la verdad sobre Fátima, el camino hacia la Consagración de Rusia y el Triunfo del Inmaculado Corazón se volvería mucho más corto y la Iglesia y el mundo todo no tendrían que sufrir las últimas consecuencias de haber tardado demasiado en cumplir el mandato del Cielo.

Este es, pues, el programa de Fátima para los sacerdotes, el programa para el Movimiento de Sacerdotes por Fátima en la Iglesia.  Si cada sacerdote se convirtiera en un apóstol de Fátima, y si los sacerdotes y los laicos supieran, vivieran y promovieran el Mensaje de Fátima, en forma espiritual y práctica, entonces la Consagración de Rusia, el Triunfo del Inmaculado Corazón y la paz mundial no tardarían mucho en llegar.  ¡Tantas almas se salvarían!  ¡Se evitaría la aniquilación de varias naciones!  ¿Cómo podemos demorar siquiera un momento más para lanzar este proyecto juntos?

Al concluir este cuadernillo, nos toca responder a una objeción común: ¿tenemos que obtener “permiso” de una “autoridad eclesiástica” para participar en un Movimiento de Sacerdotes por Fátima si no queremos ser “desobedientes”?  La respuesta es que no.  De hecho, la respuesta afirmativa es contraria a la ley divina en sí.

Primero, no se requiere ningún “permiso”, ni se considera “desobediencia” si uno pide al Papa la Consagración de Rusia como nosotros proponemos aquí.  Ni Juan Pablo II ni su sucesor Benedicto XVI han prohibido que los miembros de la Iglesia realicen este tipo de actividades.  No existe absolutamente ninguna orden papal para que dejemos de pedir al Papa la Consagración de Rusia, ni para que dejemos de promover el Mensaje integral de Fátima, incluyendo el Tercer Secreto.  El Cardenal Ratzinger ha declarado incluso que los fieles pueden no concordar con su interpretación de la visión del Tercer Secreto publicada por el Vaticano en junio de 2000.

Como el Concilio Vaticano Primero y el Segundo Concilio de Lyons afirmaron infaliblemente, todos los católicos bautizados tienen un derecho dado por Dios de hacer peticiones directamente al Supremo Pontífice en materias que pertenecen a la jurisdicción eclesiástica, sin necesidad de ningún procedimiento canónico intermediario.10

Además el Mensaje de Fátima es de suma importancia en la Iglesia y cada uno de los fieles tiene no sólo el derecho, sino la responsabilidad, de expresar sus inquietudes sobre una materia de tanta importancia al Supremo Pontífice y a cualquier otro pastor de la Iglesia. Como señala el Código de Derecho Canónico de 1983 respeto a los derechos naturales de los fieles: “Los fieles cristianos pueden libremente expresar sus necesidades y deseos, sobre todo espirituales, a los pastores de la Iglesia… Según el conocimiento, la pericia y el prestigio que poseen, tienen el derecho e incluso a veces el deber de manifestar a los sagrados pastores su opinión en materias que pertenecen al bien de la Iglesia y de dar a conocer su opinión al resto de los fieles cristianos…” (CIC 1983, §2 y 3).

Es más: los fieles, incluyendo a los sacerdotes diocesanos, pueden libremente establecer y dirigir asociaciones, tener reuniones y usar cualquier medio de comunicación social para “fines piadosos que fomenten la vocación cristiana en el mundo” (CIC 1983, §215). ¿Qué fin más piadoso hay que la promoción del Mensaje de Fátima, que es la receta del mismo Cielo para la actividad piadosa en nuestros tiempos?

Pero incluso en un caso hipotético en que el Papa o alguna autoridad en la Iglesia intentara “prohibir” peticiones para la Consagración de Rusia o algún otro elemento legítimo del apostolado de Fátima (repetimos que este nunca ha sido el caso), sólo tenemos que recordar que Dios mismo ordenó que el Mensaje de Fátima fuera propagado y obedecido.  Su Madre no habló en Fátima con otra autoridad que la de Dios. Y como Nuestro Señor dijo directamente a la Hermana Lucía: “Hazlo saber a mis ministros…”,  sin añadir: “…al recibir una orden de los obispos y del Papa”.

Como miembros del Movimiento de Sacerdotes por Fátima nunca debemos perder de vista el principio fundamental de la ley divina que rige la obediencia en toda sociedad, y especialmente en la Santa Iglesia Católica.  Debemos obedecer primero a Dios, y después a las autoridades de la Iglesia.  Incluso el Papa tiene que someterse a Dios. Como enseñaron San Pedro y los apóstoles: “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 6: 29), y el Papa no está exento de esta enseñanza.

“Se debe ser súbdito de un poder inferior”, dice Santo Tomás, “sólo en cuanto éste respete el orden establecido por un poder más alto; pero si el inferior se distancia del orden del superior, entonces no está bien que nadie esté sujeto a esa autoridad inferior, por ejemplo si un procónsul ordenara una cosa mientras que el emperador ordenara lo contrario”.10; Entonces, para responder a la objeción de que “parece que los súbditos están obligados a obedecer a sus superiores en todo”, Santo Tomás responde: “Contra esto está lo que se dice en Hechos 5:29: Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres. Ahora bien: a veces los preceptos de los superiores van contra Dios. Por lo tanto, no se los debe obedecer en todo”.

Es más, cualquier mandato de una autoridad eclesiástica que impidiera la propagación del Mensaje de Fátima y la obediencia a él sería un abuso de esa autoridad según la misma naturaleza de la Iglesia, como sociedad perfecta fundada para el bien común de sus miembros. Por supuesto, la Iglesia es una institución jerárquica cuyos miembros deben obediencia a sus sagrados pastores en su enseñanza sobre la fe y la moral y en sus actos de gobierno, sobre todo la enseñanza y el gobierno del Supremo Pontífice.  Pero las autoridades eclesiásticas no pueden abusar de su autoridad y dañar el bien común, como tampoco pueden hacerlo las autoridades de los estados civiles.

Los sagrados pastores, incluso el Papa mismo, tienen un deber todavía más serio que los dirigentes seglares, de gobernar con justicia y aceptar correcciones cuando sean necesarias.  Esta verdad, fundada en la ley natural y divina, fue expresada por un eminente teólogo del siglo XVI, Francisco Suárez, que fue alabado por el Papa Pío V como Doctor Eximius et Pius (“Doctor Excepcional y Pío”):

“Si [el Papa] da una orden contraria a las buenas costumbres (moralidad), no se le debe obedecer; si intenta hacer algo que está manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será legítimo resistirlo…”.11

Los más grandes santos y doctores de la Iglesia no han dudado en afirmar el derecho y el deber de los fieles, incluyendo a los miembros del clero, de resistir, incluso públicamente si fuera necesario, a un superior jerárquico cuyos actos son causa de escándalo público, peligro para la fe o daño al bien común de la Iglesia.  Por ejemplo, en la Summa Theologica, en la pregunta “¿Está alguien obligado a corregir a su prelado?” Santo Tomás enseña: “Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos. Por eso San Pablo, siendo súbdito de San Pedro, le reprendió en público a causa del peligro inminente de escándalo en la fe”.12

Como explica la Sagrada Escritura (Gál 2: 11-14), Pedro había escandalizado a potenciales prosélitos y puesto en peligro la misión de la Iglesia por haber continuado su observancia de ciertas leyes mosaicas respecto a la comida, rehusando comer con los gentiles bautizados en Antioquia.  Santo Tomás observa aquí que la corrección debida de un prelado por parte de su inferior no es presuntuosa sino que es un acto de caridad, pues “pensar que uno es mejor en algo no tiene nada de presunción, ya que en esta vida no hay nadie sin defecto. Pero hay que tener en cuenta también que quien amonesta con caridad a su superior, no por eso se debe considerar mejor, sino que va en auxilio de quien está en un peligro tanto mayor cuanto más alto puesto ocupa, como enseña San Agustín”.

San Roberto Belarmino, al responder a la afirmación falsa de los protestantes, de que los católicos consideran al Papa como un monarca absoluto que no está sujeto a ninguna ley ni restricción, escribió lo siguiente:

“Así como es lícito resistir al Pontífice que asalta el cuerpo, así también es lícito resistir al que asalta las almas o que perturba el orden civil, o sobre todo que intenta destruir la Iglesia.  Digo que es lícito resistirlo, no cumpliendo lo que ordena y haciendo que su voluntad no se cumpla; no es lícito, sin embargo, juzgarlo, castigarlo o destituirlo, ya que estos actos son propios de un superior”.13

Se podría dar muchos más ejemplos de esta enseñanza de los doctores de la Iglesia y de los Santos, pero el punto ya queda claro: los súbditos fieles de la Iglesia tienen el derecho y el deber de expresar su oposición leal a los prelados cuyos mandatos pudieran causar daño a la Iglesia, y de buscar corregir cualquier daño causado.  Esto sería el caso si cualquier prelado, incluso si fuera el propio Papa, intentase “vedar” o “prohibir” los esfuerzos de los sacerdotes o laicos para promover la adhesión de la Iglesia al Mensaje de Fátima y al cumplimiento de las peticiones de la Virgen.

Por todas estas razones, incluso si en un caso hipotético algún superior “prohibiese” las peticiones para la Consagración de Rusia o el funcionamiento de un apostolado de Fátima tal como lo hemos propuesto para este Movimiento, quien diera ese mandato no tendría autoridad de Dios para hacerlo y estaría obrando en contra de la Voluntad de Dios y del bien común de la Iglesia.  No es necesario, ni se debe, obedecer un mandato de esta naturaleza porque ese mandato sería contrario a la voluntad de Dios de que el Mensaje de Fátima sea propagado y obedecido en la Iglesia.  Nadie, y mucho menos un sacerdote católico, puede defenderse ante Dios diciendo: “Sólo hice lo que me mandaban” si el mandato es evidentemente opuesto a su Voluntad.  Las órdenes para hacer caso omiso a los mandatos del Mensaje de Fátima, incluyendo las órdenes para prescindir de ello ya que no es más que una “revelación privada”, serían claramente órdenes contrarias a la Voluntad de Dios, que se dignó otorgar un milagro público sin precedentes para autenticar el Mensaje, precisamente para que nadie tuviera excusas para hacerlo a un lado.

No existe, por tanto, ningún obstáculo al Movimiento de Sacerdotes por Fátima, y lo confirma todo lo que hemos expuesto aquí.  Incluso la breve discusión que hemos presentado aquí demuestra sin lugar a dudas que la Madre de Dios nos ha advertido que si no se presta atención a sus peticiones en Fátima, la consecuencia sería la pérdida de muchas almas y la aniquilación de naciones.  Como sacerdotes de la Santa Iglesia Católica nuestro deber es claro: tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para dar a conocer el Mensaje de Fátima y asegurar que la Iglesia lo obedezca en todos sus niveles.  Por el bien de las almas y de la humanidad entera, tenemos que empezar esta obra hoy.  No nos queda otra opción más que hacerlo si queremos permanecer fieles a nuestra vocación dada por Dios como sacerdotes, como doctores de las almas, en esta época turbulenta y cada vez más peligrosa de la historia de la Iglesia.  ¡Nuestra Señora de Fátima, ruega por nosotros!

Notes
  1. S. Tomás, Summa Theol. II-II, p. 104, a. 5.
  2. Francisco Suárez, De Fide, Disp. X, sec. VI, n. 16.
  3. Summa Theol. II-II, p. 33, a. 4, ad. 2
  4. San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, libro II, capítulo 29.
    amigable a su impresora

    Pagina inicial

    imagemap for navigation