Capítulo 3

“Para que la gente crea...”

Durante la aparición de Nuestra Señora del 13 de julio en Fátima, Lucía pidió a Nuestra Señora que “hiciera una milagro para que esa gente crea que usted se nos está apareciendo”. En respuesta, Nuestra Señora prometió para el 13 de octubre de ese año: “Yo haré un milagro para que todos puedan ver y creer”.

Lo que ocurrió el 13 de octubre de 1917 fue único en la historia de la salvación: un milagro público cuya realización fue, literalmente, programada con anticipación por la Madre de Dios. Y Nuestra Señora respetó su cita. Ese día, bajo una lluvia torrencial, unas 70.000 personas, creyentes y no creyentes sin diferencias, se reunieron en la Cova da Iria donde Nuestra Señora se había aparecido a los tres niños, para ver si lo que estos habían afirmado era cierto. Ellos recibieron una prueba que ningún ser racional podría negar. Exactamente a la hora y en el lugar previamente elegidos ocurrió el milagro del sol.

Comenzando precisamente a mediodía, cuando el sol estaba en su cenit, la vasta multitud vio cómo el sol desafiaba todas las leyes de la física. Primero, la apariencia del sol se alteró para volverse como un disco plateado que uno podía mirar directamente sin la menor molestia o daño en sus ojos. Luego girando en el cielo, el sol lanzó una espléndida formación de colores que bañaron y transformaron el paisaje. Finalmente, en un momento de verdadero terror, el sol cayó a plomo sobre la Cova como si fuera a incinerar a todos los presentes, antes de volver a su apariencia y lugar normales en el cielo. Cuando el sol descendió, la gente cayó sobre sus rodillas, suplicando la misericordia de Dios. Pecadores y no creyentes se convirtieron al instante. “¡Milagro!, ¡Milagro!” gritó la gente en todas partes.

Periodistas seculares, científicos, e incluso los miembros más virulentamente anti-católicos de la multitud, todos presenciaron lo mismo. El relato del testimonio ocular del Dr. José María de Almeida Garret, profesor en la Facultad de Ciencias de Coimbra, es típico:

“El cielo, que había estado cubierto todo el día, aclaró repentinamente; la lluvia paró y pareció como si el sol fuera a llenar de luz el campo, que aquella mañana invernal había hecho tan oscuro. Yo miraba hacia el lugar de las apariciones con una serena, si bien fría, expectativa de que algo ocurriera, con curiosidad decreciente a causa del largo tiempo que había transcurrido sin que nada llamara mi atención. El sol, unos pocos momentos antes, había atravesado la gruesa capa de nubes que lo ocultaba y ahora brillaba clara e intensamente.
“De repente escuché el rugir de miles de voces, y vi a toda la multitud dispersarse en el vasto espacio a mis pies… volviendo las espaldas al lugar donde, hasta entonces, se habían concentrado todas sus expectativas, y mirando al sol que estaba detrás. Yo giré también hasta el punto que atraía sus miradas y pude ver el sol, como un disco muy claro, con su contorno marcado, que brillaba sin lastimar la vista. No podía confundirse con ver el sol a través de la niebla (no había niebla en ese momento), pues no estaba ni velado ni borroso. En Fátima conservó su luz y su calor, y se destacó claramente en el cielo, con su contorno marcado como una gran mesa de juego. Lo más asombroso fue poder mirar fijamente el disco solar durante un largo tiempo, mientras brillaba con luz y calor, sin que lastimara los ojos ni dañara la retina. [Durante este tiempo], el disco del sol no permaneció inmóvil, tenía un ligero movimiento, [pero] no como el titilar de una estrella en toda su brillantez, sino que giró sobre si mismo en loca rotación.
“Durante el fenómeno solar que he descrito, hubo también cambios de color en la atmósfera. Mirando al sol, noté que todas las cosas se estaban oscureciendo. Miré primero a los objetos más cercanos y luego extendí la mirada más lejos, tan lejos como hasta el horizonte. Yo vi que todo había tomado una coloración amatista. Los objetos a mi alrededor, el cielo y la atmósfera, eran del mismo color. Todas las cosas, tanto las cercanas como las lejanas habían cambiado, tomando el color de un damasquinado antiguo amarillento. La gente lucía como si estuviera sufriendo de ictericia y recuerdo que me causó gracia verlos lucir tan feos y poco atractivos. Mi propia mano era del mismo color.
“Luego, repentinamente, se escuchó un clamor, un grito de angustia surgió de entre toda la gente. El sol, girando frenéticamente, pareció en un momento desprenderse del firmamento y, color rojo sangre, avanzó amenazadoramente sobre la tierra como fuera a aplastarnos con su enorme peso llameante. La sensación durante estos momentos fue verdaderamente terrible.
“Todos los fenómenos que he descrito fueron observados por mí en un calmo y sereno estado de ánimo sin ninguna preocupación emocional. Corresponde a otros interpretarlos y explicarlos. Finalmente, debo declarar que nunca, antes o después del 13 de octubre [de 1917], he observado yo similar fenómeno atmosférico o solar.”

Hubo otro aspecto impresionante del milagro. La Cova empapada, impregnada de lodo, quedó repentinamente seca, así como la ropa de toda la gente que había estado presente en la lluvia. El calor del sol que descendía había evaporado instantáneamente toda gota de humedad, sin embargo, ninguno había sido dañado por este enorme estallido de energía solar.

Aún más dramático que todo esto, sin embargo, fueron las curaciones instantáneas de los diferentes malestares de miles de personas que estuvieron paradas en la Cova, otro signo innegable de una intervención divina directa.

Las promesas y advertencias que habían sido dadas por Nuestra Señora de Fátima fueron verificadas como auténticas, más allá de toda duda, por el Milagro del Sol –un milagro sin precedentes, milagro público preanunciado que incluso los no creyentes habían presenciado y no pudieron negar. Es más elocuente, sin embargo, el hecho de que el único miembro de la multitud que no vio el milagro, (o al menos no admitía haberlo visto) fue Arturo de Oliveira Santos, alcalde del pueblote Ourem en donde estaba ubicada Fátima. Conocido como “el Hojalatero” porque era un herrero de tradición, este fiero oponente masónico de las apariciones había secuestrado a los niños el agosto anterior y los había amenazado luego con la muerte si ellos no se retractaban de lo que habían visto y escuchado. Sin embargo, aun bajo amenazas de muerte los niños no negarían que habían presenciado- todavía otro signo de la credibilidad de las apariciones y de los testigos elegidos por Dios para transmitir sus contenidos al mundo.

El Milagro del Sol se mofa de las posteriores pretensiones de que el Mensaje de Fátima es sólo una “revelación privada” que los católicos pueden aceptar o dejar si lo consideran apropiado. Dios no obraría un milagro público para autenticar un mensaje que tengamos la opción de desatender. Ningún mensaje del Cielo es innecesario, y este menos que todos. Las palabras de Nuestra Señora de Fátima fueron destinadas por Dios para ser atendidas por toda la Iglesia, para el bienestar de las almas y la seguridad del mundo. La amenaza de aniquilación de naciones no fue una “revelación privada” sino una advertencia para todos nosotros. Nuestra Señora de Fátima volvería muy pronto a cumplir Su promesa con respecto a la Consagración de Rusia y a la devoción de los Primeros Sábados. El mismo día del Milagro del Sol, sin embargo, Nuestra Señora reveló tres de las prescripciones para llevar a la práctica el Mensaje de Fátima que nosotros hemos tratado más arriba.

Primero, Nuestra Señora de Fátima sostenía el Escapulario Marrón, indicando que Ella quiere que todos nosotros lo usemos, poniéndonos bajo su especial protección y por ello asegurándonos la salvación. La Hermana Lucía ha dicho que el Rosario y el Escapulario son inseparables.

Segundo, Nuestra Señora dijo esto de sí misma: “Yo soy Nuestra Señora del Rosario. Ustedes deberán seguir rezando el Rosario todos los días”.

Tercero, Nuestra Señora llamó al arrepentimiento y a la enmienda de nuestras vidas para evitar los castigos divinos. Al explicar por qué algunas personas serían curadas ese día pero otras no, Ella dijo: “Ellos deben enmendar sus vidas y pedir perdón por sus pecados. ¡No ofendan más a Nuestro Señor, porque El ya está muy ofendido!”

El Escapulario Marrón, el Rosario, el arrepentimiento y la enmienda –estas fueron las principales prescripciones que la Madre de Dios dio a los niños, mientras el mundo esperaba su regreso con más instrucciones.