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EL MOVIMIENTO DE SACERDOTES POR FŃTIMA

CapŪtulo 9

Los cinco principios del Movimiento de Sacerdotes por FŠtima

El sacerdocio al cual nosotros pertenecemos es una vocación fundada por el mismo Cristo para la salvación de las almas. Los médicos practican la vocación de salvar el cuerpo; los abogados la vocación de los derechos y recursos legales; los contadores la vocación de contar con fines monetarios y fiscales. Los sacerdotes practican la vocación de salvar las almas, y sus herramientas son los siete sacramentos, la oración y la vida espiritual.

En las profesiones terrenales como la medicina o el derecho, existen “tendencias” e incluso modas sobre cómo practicar la profesión. Eso no debe ocurrir en el sacerdocio católico. Los métodos del sacerdocio –la administración de los sacramentos, la predicación del Evangelio, el bautizar, catequizar y administrar el matrimonio a los miembros del rebaño, la evangelización de las ovejas perdidas– son tan antiguos como la misma Iglesia.

Santo Tomás nos dice en la Summa Theologica, II-II, Q. 174 que “Dios envía profetas a todas las generaciones para decirles a los fieles lo que deben hacer para salvar sus almas”. Incluso cuando Dios envía un profeta a un momento histórico determinado, sin embargo, es para recordar a la Iglesia, especialmente a sus sacerdotes, los caminos que Él ha establecido desde la eternidad. No hay un sacerdocio “moderno” opuesto al sacerdocio “anticuado”. Sólo está el eterno Orden de Melquisedec, de acuerdo al cual “tú eres sacerdote para siempre”. (Hebreos 7:21). El sacerdocio, al igual que Aquel que lo creó, es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13:8).

Los sacerdotes deben ocuparse del cuidado inmediato de los fieles, así los sacerdotes serán decisivos en el determinar si el profeta enviado por Dios a nuestra era –Nuestra Señora de Fátima– es escuchado. Al hacer lo que debe hacerse para honrar lo que Juan Pablo II llamó el “compromiso” que el Mensaje de Fátima impone a la Iglesia, nosotros sacerdotes debemos actuar con nuestra propia iniciativa, tal como lo hacemos al servicio de las almas que Dios ha puesto a nuestro cuidado. Verdaderamente, este deber de iniciativa personal se aplica a todos los miembros de la Iglesia de acuerdo con su puesto. Todos los miembros de la Iglesia deben actuar por su propia iniciativa sin esperar “ordenes” para obrar. Nosotros ya hemos recibido nuestras órdenes de la Madre de Dios en Fátima, como lo reconoció el Papa Juan Pablo.

Cuando la Hermana Lucía, hablando del deber que tenemos todos de atender el Mensaje de Fátima, dijo “nosotros no debemos esperar un llamado al mundo que venga de Roma o de parte del Santo Padre... ni debemos esperar que venga de los obispos en nuestras diócesis, ni... de las congregaciones religiosas”, no estaba sugiriendo que nosotros debemos hacer caso omiso de la estructura jerárquica de la Iglesia. Al contrario, ella señaló que la Iglesia es más que la jerarquía. La Iglesia es una comunidad de fieles, y cada miembro de esa comunidad tiene el deber de conocer y vivir la fe. Por lo tanto, con o sin órdenes de arriba nosotros debemos atender lo que Cristo ha ordenado a través de la Virgen, Su Madre, en Fátima. Nuestro Señor no envió a Su madre a Fátima ni la avaló con el Milagro del Sol solo para que nosotros ignoremos Su mensaje.

Como tal bellamente lo enseñó el Papa Pío XII en su gran encíclica Mystici Corporis (1934), la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo. En su carta a los efesios, San Pablo describió repetidamente el Cuerpo Místico como una unidad orgánica de los miembros de la Iglesia en Cristo y el Espíritu Santo. En un pasaje clave de esa Epístola, San Pablo enseñó con infalibilidad que el Cuerpo Místico se desarrolla y crece cuando todos sus miembros viven la verdad del Evangelio de Cristo en la caridad:

“Antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor.” (Ef 4: 15-16).

En su carta a los corintios, San Pablo enseña infaliblemente que la unidad de los miembros del Cuerpo Místico es tan íntima que cada miembro funciona análogamente a una célula u órgano en un cuerpo humano, de modo que la salud del Cuerpo Místico depende de que cada miembro realice la función asignada por Dios. Mientras que la falla de cualquier parte el Cuerpo Místico causa daño al todo y el sufrimiento de un miembro es el sufrimiento de todos, la gloria de un miembro del cuerpo Místico es también la gloria de todos sus miembros:

“Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. Así también el cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos.
“Si dijera el pie: ‘Puesto que no soy mano, yo no soy del cuerpo’ ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Y si el oído dijera: ‘Puesto que no soy ojo, no soy del cuerpo’ ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso? Si todo el cuerpo fuera ojo ¿dónde quedaría el oído? Y si fuera todo oído ¿dónde el olfato?
“Ahora bien, Dios puso cada uno de los miembros en el cuerpo según su voluntad. Si todo fuera un solo miembro ¿dónde quedaría el cuerpo? Ahora bien, muchos son los miembros, mas uno el cuerpo. Y no puede el ojo decir a la mano: ‘¡No te necesito!’ Ni la cabeza a los pies: ‘¡No os necesito!’… Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo.
Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte. Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? O ¿todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Todos con poder de milagros? ¿Todos con carisma de curaciones? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos?” (Cfr. 1 Cor 12: 12-30).

Nosotros sacerdotes, como miembros del Cuerpo Místico tenemos una responsabilidad directa de cara a Dios por el cuidado de las almas puestas a nuestro cargo. Nosotros no podemos señalar a otros miembros del Cuerpo y decir que corresponde a ellos darnos órdenes para hacer algo por el estado de la Iglesia. Nuestra falta de acción es una falla de todo el Cuerpo, y las consecuencias negativas de nuestro fallo causa enfermedad en todo el cuerpo de la cual nosotros somos los únicos responsables.

Nosotros somos los ministros que administramos los sacramentos que proveen a los fieles bajo nuestro cuidado la gracia santificante necesaria para la salvación. Nosotros somos los predicadores del Evangelio que transmitimos a nuestros rebaños las verdades reveladas que ellos deben conocer y seguir para ser salvados. Nosotros no necesitamos órdenes de arriba para administrar los sacramentos y predicar el Evangelio, y no debemos esperarlas. Y lo mismo ocurre con el Mensaje de Fátima.

Cuando Dios envía un profeta a darnos consejos y a advertir a su Iglesia en una época en particular, los sacerdotes tienen la responsabilidad primaria de hacer que los fieles conozcan esos  consejos y advertencias. Nosotros los sacerdotes de hoy tenemos la responsabilidad primaria de hacer conocer y promover la adhesión al Mensaje de Fátima: los consejos y advertencias de Dios a la Iglesia y al mundo de esta época.

Por lo tanto, lo necesario en este tiempo de peligros sin paralelo para la Iglesia y el mundo  es un Movimiento de Sacerdotes –abierto a todos los sacerdotes de la Iglesia– para producir una verdadera renovación de la Iglesia a la luz del Mensaje de Fátima, y así librar tanto a la Iglesia como al mundo de ese castigo del cual el cielo mismo nos ha advertido por medio de la Madre de Dios.

Este movimiento debe tener como propósito la reforma espiritual de cada uno de nosotros sacerdotes y de cada uno de los miembros de la feligresía a nuestro cargo. El Mensaje de Fátima nos da una hoja de ruta de tal reforma espiritual. Nosotros vemos en ese Mensaje los cinco principios que proponemos para guiar al movimiento.

Primero, su total adhesión a los dogmas de la Fe de acuerdo con la definición infalible del Magisterio. Los dogmas católicos: la Trinidad, la Encarnación, la Transubstanciación, la divina institución de la Iglesia, los siete Sacramentos, la necesidad de la Iglesia y de sus Sacramentos para la salvación, la Inmaculada Concepción de María, y así sucesivamente, son las bases de nuestra fe. Como dijo Nuestro Señor, es la verdad la que nos hará libres.

Lo que se ha perdido u obscurecido en este tiempo de confusión es el hecho que nuestra fe no es un sentimiento, sino un cuerpo de verdades reveladas que la mente debe aceptar para la salvación. Si el dogma es atacado también la Fe es atacada, y si el ataque tiene éxito la Iglesia se hunde en el caos. Nuestra Señora nos advirtió en Fátima sobre este mismo peligro cuando dijo en el principio del Tercer Secreto que “en Portugal el dogma de la fe será siempre preservado...” Está claro que desde 1960 –el año en el que debió haberse revelado el Secreto– ha habido una pérdida o disminución del compromiso con el dogma en muchos lugares de la Iglesia, y el estado resultante de la Iglesia habla por sí mismo. Como el entonces Cardenal Ratzinger señaló, el Tercer Secreto trata de “los peligros para la Fe y la vida de los cristianos, y por lo tanto del mundo”.

El ataque al dogma no es solamente un ataque a la integridad de la Iglesia, sino también a la seguridad de la raza humana en su totalidad. Como nos enseña el Concilio de Trento, las oraciones y las penitencias de los fieles católicos, especialmente cuando están unidos al supremo sacrificio de Cristo en una Misa celebrada debidamente, aplaca la ira de Dios y aleja Sus castigos divinos. Cuando los fieles pierden la Fe, sin embargo, la eficacia  de las oraciones disminuye y la mano de Dios ya no puede ser detenida. ¿No nos advirtió ya Nuestro Señor: “Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres”? Esa es precisamente la advertencia que Nuestra Señora nos da en Fátima y Akita: si los miembros de la Iglesia pierden la fe, un mundo infiel no podrá evitar el castigo divino.

La reforma espiritual de los individuos pedida por Nuestra Señora de Fátima presupone una base dogmática que cada persona ha aceptado. Sobre la base del dogma, la gracia de los sacramentos convierte el alma católica en un miembro sano del Cuerpo Místico; y cuando haya suficientes miembros saludables del Cuerpo Místico, todo lo prometido a nosotros por el Mensaje de Fátima tendrá lugar.

Nadie puede decir hoy que los dogmas de la Fe son comprendidos de manera diferente a la que lo fueron en épocas tempranas a causa de que el “espíritu del Vaticano II” nos ha dado una “visión más profunda” de estas verdades. Nadie en la Iglesia, ni siquiera el Papa, puede pedirnos abandonar la interpretación tradicional del dogma de la Fe en favor de alguna nueva interpretación. Como declaró el Concilio Vaticano I: “Porque el Espíritu Santo no ha prometido a los Sucesores de Pedro que por Su revelación ellos pueden revelar una nueva doctrina, sino que por Su asistencia ellos deben guardar la revelación transmitida por los apóstoles y el depósito de la fe, y deben fielmente conservarla”.9 Además, el mismo Concilio declaró “Esa interpretación de los dogmas sagrados debe ser perpetuamente conservada, según lo declarado en una ocasión por la Santa Madre Iglesia; y nunca debe haber un retroceso de ese sentido que se escude sospechosamente en una más profunda interpretación...”

Es por eso que San Pablo ha advertido a la Iglesia: “pero aunque nosotros o un ángel del cielo, os predicaran un evangelio distinto al que os he enseñado, sea anatema” (Gál 1:8).   Los dogmas de la Fe infaliblemente definidos son un camino por el cual nosotros podemos saber con absoluta certeza si alguien está intentando urgirnos a hacer algo que se oponga a las verdades que han sido transmitidas de generación en generación desde los tiempos de  los Apóstoles. La pérdida de la interpretación  de los dogmas y de la adhesión a ellos es la amenaza más grande para la Iglesia de hoy, pues sin dogma toda la Fe colapsa y desaparece.

En suma, el primer paso de nuestra obra como sacerdotes en el Movimiento de Sacerdotes por Fátima es recobrar y promover los dogmas de la Fe tan ampliamente descuidados en los pasados cuarenta años. Cuando esta obra esté completa, de modo que tanto  nosotros como los fieles a nuestro cargo hayan sido renovados en las verdades de la Fe, la gracia puede construir sobre estas verdades para restaurar la salud de todo el Cuerpo Místico. Esta restauración del dogma contribuirá a producir el Triunfo del Inmaculado Corazón de María.

Segundo, nosotros debemos creer y predicar sin vacilación la enseñanza constante del Magisterio Ordinario y Universal sobre el rol especial de Nuestra Señora como Mediadora de todas la Gracias. El Mensaje de Fátima demuestra el rol de Nuestra Santísima Madre como Mediadora: Rusia será convertida, las almas serán salvadas y habrá paz si nosotros practicamos la devoción a Su Inmaculado Corazón y consagramos Rusia a ese mismo Corazón, para que todo el mundo reconozca la conexión entre este dogma Católico y los beneficios milagrosos que serán derramados sobre el mundo cuando se concrete la consagración.

Tercero, nosotros debemos comprender y promover un compromiso con el Mensaje de Fátima.

Nosotros no podemos prestar atención a nadie que diga que Fátima es “solo una revelación privada” ¡Tonterías! El mensaje de Fátima es una revelación profética confirmada con un milagro público presenciado por 70.000 personas. Nuestra Señora prometió a los niños este milagro precisamente para que ninguno pudiera tener  dudas razonables sobre la autenticidad de Su Mensaje, que está destinado a la Iglesia y al mundo entero.

Los Papas Pío XI, Pío XII, Paulo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II han atestiguado la autenticidad del Mensaje de Fátima. ¡El Mensaje de Fátima es parte de la vida de la Iglesia! Fue dado a la Iglesia para el beneficio de toda alma viviente. La Madre de Dios no vino a la tierra y Dios no hizo el Milagro del Sol para dar un consejo gratuito que los fieles podrían ignorar a su antojo. No debemos insultar a la Madre de Dios, ignorando su Mensaje porque insultar a la Madre de Dios es insultar a Dios mismo. Nosotros conocemos la suerte de aquellos que a lo largo de la historia de la salvación han ignorado las advertencias de los verdaderos Profetas de Dios.

Por otro lado, si hacemos caso a la profecía de Nuestra Señora de Fátima y ponemos en práctica los medios espirituales que nos dio –oración (incluyendo las oraciones recomendadas en el Mensaje de Fátima), penitencia, el rezo diario del Rosario, la devoción de los Primeros Sábados, el Escapulario Marrón– Dios otorgará a su Iglesia las gracias que permitirán al Papa y a los obispos llevar a cabo esa consagración específica que desencadenará un milagro de gracias sobre el mundo. Si queremos presenciar ese día glorioso, nosotros los sacerdotes debemos comenzar con los medios espirituales que tenemos a la mano, medios que la  Virgen nos proporcionó en Fátima.

Cuarto, el Movimiento de Sacerdotes por Fátima debe buscar inequívocamente la verdadera consagración de Rusia, nombrada explícitamente, en una ceremonia pública, realizada por el Papa y todos los obispos del Mundo, en obediencia a Nuestra Señora de Fátima y a su divino Hijo. Hemos visto que las ceremonias de consagración de 1982 y 1984 no mencionaron Rusia por razones simplemente humanas, de diplomacia y cortesía ecuménica.

La Virgen prometió, por la autoridad de Dios mismo, que si fuera consagrada a Su Inmaculado Corazón Rusia se convertiría, muchas almas se salvarían y habría paz en el mundo, pero si Rusia no fuera consagrada, muchas almas se perderían, la Iglesia sería perseguida, el Santo Padre sufriría mucho y varias naciones serían aniquiladas. Están en juego la suerte de innumerables almas y del mundo entero. No hay lugar para dudas ni ambigüedades. La Iglesia y el mundo no tienen nada que perder y todo por ganar si obedecen con precisión a la Virgen. La Iglesia y el mundo tienen todo por perder y nada que ganar si ignoran el Mensaje de Fátima.

Quinto, nosotros los sacerdotes debemos todos enseñar a otros sobre el Mensaje de Fátima en su integridad. Esto requiere primero que comprendamos las profecías reveladas en el Mensaje de Fátima, las oraciones y devociones que prescribe, las promesas que ofrece y las advertencias que hace. Debemos asegurar que nuestro conocimiento de estas verdades se transmita a los fieles a nuestro cuidado. Por último debemos vivir el Mensaje de Fátima en nuestras vidas cotidianas, con nuestra palabra y nuestro ejemplo.

Estos son, pues, los cinco principios básicos del Movimiento de Sacerdotes por Fátima. En el último capítulo de este cuadernillo trazaremos un programa por medio del cual nosotros los sacerdotes podemos poner en práctica estos principios como parte de nuestro sagrado ministerio con los fieles, para acortar el tiempo hasta que el mundo vea el triunfo del Inmaculado Corazón de Nuestra Señora.

Notes

1. Denzinger, 1836.



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