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La Santidad Heroica de los Beatos
Francisco y Jacinta de Fátima

Cornelia R. Ferreira
Discurso dado en el Congreso “Fátima: Última Oportunidad para la Paz Mundial” Tuy, España, 7 de octubre de 2006

Excelencias, Reverendos Padres y Religiosos, damas y caballeros:

Hoy tengo el privilegio de contarles un poco sobre dos niños, dos santos muy hermosos del siglo XX, los beatos Francisco y Jacinta, así como sobre Lucía, su prima.  Seguramente los tres serán canonizados algún día.  Sólo voy a poder ofrecerles un esbozo de sus virtudes en esta plática, pero podrán encontrar muchos detalles más en las muy inspiradoras Memorias de Sor Lucía.

Hay muchos mensajes y lecciones para los católicos en los eventos de Fátima.  En la medida en que uno medite en ellos, es fácil darse cuenta de que son instrucciones del cielo para salvar  almas en las décadas de desorientación diabólica que vendrían a continuación.  Estas instrucciones se resumen en las palabras de Nuestro Señor: “Si no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt. 18, 3).

Los tres videntes son modelos perfectos de estas palabras de Cristo.  El beato Francisco y su hermana menor, la beata Jacinta, alcanzaron el grado de perfección necesario para entrar en el Reino de los Cielos en un tiempo increíblemente corto.  Sabemos que fueron directamente al cielo después de morir porque la Virgen misma nos lo dijo.  No fue por el simple hecho de que eran niños; si fuera así, todos los niños que mueren irían directamente al cielo.  No, Francisco y Jacinta merecieron el cielo por la vivencia heroica de las virtudes que a los ojos de Dios son propias de los niños: obediencia, confianza, sencillez, humildad, amor y entusiasmo. También su prima Lucía, a quien la Virgen prometió llevar al cielo después de un período más largo en la tierra,  exhibió el mismo grado de santidad.

Los tres obedecieron por completo las peticiones del Ángel de Portugal y de la Virgen.  En su entusiasmo por comunicar el mensaje sagrado de la Madre de Dios al mundo, soportaron con docilidad calumnias, persecuciones, secuestros, encierros y hasta amenazas de muerte a manos de los enemigos masónicos de la Fe.  Era su confianza en Dios y su absoluta sencillez la que hizo posible que obedecieran por completo los deseos de Nuestra Señora.  La suya era una fe viva y vibrante que los hacía vivir en todo momento en la presencia de Dios.  Dios y la Virgen eran personas tan reales para ellos como sería otro miembro de la familia o un amigo y ellos los querían por sobre todas las cosas.  Estos niños pequeños renunciaron a toda actividad y pasatiempo inocente y llegaron a ser completamente desprendidos incluso frente a los elementos más básicos de la vida, como la comida y la bebida.

La palabra clave de la santidad heroica de estos niños fue anunciada por el Ángel de la Guarda de Portugal un año antes de las apariciones de la Virgen.  Esta clave era el sufrimiento.  El Ángel les dijo que habían sido escogidos por Jesús y María para sufrir en reparación por los pecados que ofenden a Dios y por la conversión de los pecadores.  Tendrían que sufrir, ofreciendo oraciones y sacrificios constantes y soportando con docilidad todas las cruces que Dios les enviaría.  Tendrían que ofrecer todo lo que hiciesen o sufriesen como sacrificio.

Cabe notar que en una oración de reparación a la Santísima Trinidad que el Ángel les enseñó, entre los pecados específicos que ofendían a Jesús estaban los “ultrajes, sacrilegios e indiferencia” hacia Él en la Sagrada Eucaristía. ¡El Ángel llamó “crímenes” a estos pecados y ordenó a los niños que hicieran reparación y consolaran a Jesús por estos crímenes que cincuenta años más tarde se convertirían en práctica habitual en la Iglesia!  La oración a la Santísima Trinidad también revela que es por medio de los méritos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María que se puede conseguir la salvación de las almas.

Los mandatos del Ángel causaron una impresión indeleble en los niños, ya que venían acompañados por un conocimiento infuso de Dios.  Como nos narra Sor Lucía en sus memorias, las palabras del Ángel “eran como una luz que nos hizo comprender quién es Dios, cómo nos ama y desea ser amado, cuál es el valor del sacrificio, cuánto le agrada y cómo, gracias a ello, otorga la gracia de la conversión a los pecadores.  Este fue el motivo que nos impulsó a ofrecerle al Señor todo lo que nos costase de aquel momento en adelante”.  Los niños se entregaron plenamente al sacrificio como almas víctimas desde aquel día de 1916.

En un primer momento no buscaron la mortificación, con excepción de las horas que pasaron con la frente tocando el suelo repitiendo la oración a la Santísima Trinidad como el Ángel les había enseñado.  Fue sólo después de las apariciones de la Virgen que captaron la necesidad de sacrificios voluntarios.  Ella les dijo: “Sacrifíquense por los pecadores, y digan muchas veces a Jesús, sobre todo cuando hagan algún sacrificio: ‘Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María’”.  Desde entonces, los niños repetían esta frase al ofrecer todos sus sacrificios y cruces.  Y cuando algunos sacerdotes sugirieron que rezaran por el Santo Padre porque tenía necesidad de muchas oraciones, Jacinta añadió a la frase las palabras “y por el Santo Padre”.

Aunque los niños cumplieron perfectamente todos los mandatos del cielo, cada uno de ellos fue llamado a abrazar un elemento distinto de los mensajes, conforme a su temperamento.  Esto nos resulta muy útil, pues cada uno ha resaltado uno de los puntos principales de la totalidad del mensaje de Fátima.

Primero veamos a Jacinta.  Incluso a la edad muy temprana de cinco o seis años, Jacinta gozaba de una sensibilidad muy fina para captar los sentimientos de Jesús.  Cuando su madre le dijo que no jugara con ciertos niños del pueblo que usaban “palabras impropias”, obedeció inmediatamente al comprender que al Niño Jesús no le gustaba ese tipo de vocabulario.  Le encantaba besar y abrazar el crucifijo con mucha devoción, incluso antes de saber por qué Jesús estaba clavado en la cruz.  Cuando Lucía le describió los sufrimientos de Nuestro Señor, Jacinta se puso a llorar. Pedía a Lucía que le repitiera la historia muchas veces y cada vez que lo hacía, lloraba y se afligía diciendo: “¡Oh pobre, amado Señor nuestro!  ¡Nunca volveré a cometer un pecado!  ¡No quiero hacer que Nuestro Señor sufra más!”.

Esta compasión por Jesús fue un anticipo de la gracia que recibiría como recompensa por su  compasión por los pecadores.  Se volvió tan sensible a los sufrimientos de las almas en el infierno que pasó el resto de sus días como víctima de reparación por los pecadores.  No tenía más de siete años cuando Nuestra Señora mostró a los niños una visión del infierno donde gritaban y gemían los demonios y almas humanas envueltos en un mar de fuego.  Esta visión le causó tanto horror, nos cuenta Lucía, “que [Jacinta] no menospreciaba ninguna penitencia ni mortificación con tal de impedir que las almas fueran a dar allí”.

Con frecuencia Jacinta exclamaba: “¡Oh infierno, infierno!  ¡Cuánta pena me dan las almas que van al infierno!  ¡Y la gente de allá abajo quemándose vivos como leños en el fuego!”.  Pasaba muchas horas de rodillas, repitiendo la oración que la Virgen les enseñó a decir después de cada decena del Rosario: “Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia”.  La Virgen les había dicho que “rezaran mucho y hicieran sacrificios por los pecadores, ya que son muchas las almas que van al infierno porque no hay quien se sacrifique y ruegue por ellas”.  Entonces Jacinta exhortaba a Francisco y Lucía: “¡Tenemos que rezar mucho para salvar las almas del infierno!  ¡Son tantas, tantas las almas que allí terminan!”.

Deseaba mucho que la Virgen mostrara la visión del infierno a otras personas también, convencida de que esto convertiría a muchos que no querrían terminar allá.  Imagínense si Jacinta viviera en nuestros tiempos: probablemente consideraría una tragedia que casi no se mencione el infierno en la catequesis o en las homilías, para no “asustar” a los niños e inclusive a los adultos.

Un día Jacinta le preguntó a Lucía cuáles eran los pecados por los que las personas iban al infierno.  Lucía le respondió que el faltar a misa los domingos, el robo y el uso de malas palabras.  Entonces cuando Jacinta se puso enferma, insistió en asistir a misa algunos días entre semana, diciendo que asistía en reparación por los pecadores que no acudían a misa los domingos.  Cuando escuchaba a alguien proferir malas palabras, se cubría el rostro con dolor diciendo: “¿No entienden que pueden ir al infierno por hablar así?”  Pedía a Jesús que los perdonara, pues no sabían que ofendían a Dios, y se ponía a rezar de inmediato la oración que la Virgen les había enseñado: “Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados,... etc.”  A veces decidía no comer como “sacrificio por los pecadores que comen demasiado”.

En su búsqueda constante de oportunidades para mortificarse, Jacinta inspiró a Francisco y Lucía para que ellos también ofrecieran sus comidas a los pobres niños mendicantes que solían encontrar al hacer pastar las ovejas.  Entonces comían bellotas.  Pero aún así, Jacinta pensó en otro sacrificio: comer las bellotas verdes y amargas del roble en vez de las bellotas más apetecibles de la encina.  En un día particularmente cálido dieron el agua que tenían a los niños pobres.  Más tarde un vecino les dio agua, pero ellos, deseando hacer un sacrificio, la dieron a las ovejas.  A Jacinta le dio un dolor de cabeza agudo por el calor y la falta de alimento y el ruido de los grillos y las ranas, pero lo ofreció con ánimo.  Tal vez fueron estos sacrificios constantes de comida los que debilitaron a Jacinta y Francisco hasta tal punto que se contagiaron mortalmente de influenza.

Ahora bien, después de la visión del infierno que ocurrió en julio de 1917, la Virgen predijo el comienzo de la Segunda Guerra Mundial a causa de los pecados de los hombres.  Dijo que sólo el establecimiento de la devoción a su Inmaculado Corazón mediante la consagración de Rusia y las comuniones de reparación los primeros sábados de mes podrían prevenir la contienda y asegurar la paz.  Como en el mes anterior de junio, Jacinta (junto con los otros niños) recibió un conocimiento infuso y un gran amor al Inmaculado Corazón, ella lloró porque no tenía la edad para comulgar y entonces no podía valerse de este modo específico para reparar los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.

Por la actitud de Jacinta respecto de la guerra ya próxima, vemos que no sólo vivió su vida en un plano sobrenatural sino que también los dones de sabiduría e inteligencia del Espíritu Santo alcanzaron un grado muy avanzado en esta niña pequeña.  Le preocupaba no tanto el pensamiento de que muchas personas morirían en la guerra sino que “casi todos ellos” irían al infierno, según dijo ella.  “¡Si sólo dejaran de ofender a Dios! ¡Entonces no habría  guerra y no irían al infierno!”, dijo Jacinta.

¿Quién osaría decir hoy en día que las guerras son consecuencia del pecado?  Solemos atribuirlas a diversas razones de orden natural: pobreza, nacionalismo, diferencias religiosas, desigualdad social...  ¡Qué ciegos somos al pensar que el hombre puede acabar con las guerras valiéndose sólo de  medios naturales: el dinero, el desarrollo, los derechos humanos, el diálogo!  ¡Y cuántas almas se pierden cada día por la guerra, porque no hacen caso o desprecian el Inmaculado Corazón de María!

La Gripe española de 1918 fue una pandemia mundial que comenzó en los Estados Unidos; en la mayoría de los afectados causaba una lesión terrible en los pulmones, provocando la muerte casi de inmediato.  Al parecer se asemeja en algo a la “gripe aviar” de hoy en día.  Con ella las mortificaciones de Jacinta pasarían a otro nivel.  La primera etapa de su enfermedad la pasó en casa, ofreciendo todo sin exigir nada ni quejarse de nada.  Muchos visitantes se quedaron a su lado durante largos períodos e incluso trajeron consigo su costura, al percibir el aura espiritual que la rodeaba.  Al oír por casualidad sus conversaciones, ella corregiría lo que consideraba impropio: “No digas eso que ofende a Dios nuestro Señor”.  Enseñaba oraciones a los niños que venían a visitarla; rezaba el rosario con ellos y los exhortaba a que no pecaran, evitando así ofender a Dios e ir al infierno.

Un día Nuestra Señora se le apareció y le preguntó si quería convertir a más pecadores.  Cuando Jacinta consintió con gusto, le dijo que sería llevada a un hospital donde se quedaría sola y sufriría mucho para convertir a los pecadores, hacer reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María y mostrar su amor a Jesús.  Unos meses después de esta aparición, cuando Francisco estaba a punto de morir e irse al cielo, Jacinta le dijo con una naturalidad y sencillez de niña: “Entrega todo mi amor a Nuestro Señor y a Nuestra Señora y diles que voy a sufrir todo cuanto quieren por la conversión de los pecadores y en reparación al Corazón Inmaculado de María”.  Poco después, Jacinta pasó dos meses en el hospital de Ourem, sufriendo mucho.  Y como no mejoraba y sus padres ya no podían pagar su estancia allí, fue enviada a casa con una gran herida abierta y purulenta en el pecho que necesitaba una nueva venda cada día.  La herida se infectó y el pus se derramaba por su pecho a la vez que perdía fuerzas.

Pero incluso a estas alturas continuó pensando en otras formas de mortificación.  Con ganas aceptaba la comida que no le gustaba, rechazando al mismo tiempo lo que le gustaba.  De noche sacrificaba su sueño al evitar cambiar de posición para mitigar su dolor.  Los niños tenían el hábito de rezar las oraciones del Ángel con frecuencia, incluso de noche.  Como les había enseñado el Ángel, se postraban con la frente tocando el suelo.  A pesar de su gran dolor, Jacinta se esforzaba por seguir con esta práctica penitencial, pero confió a Lucía que ya no podía tocar el suelo con la frente porque se desvanecería; entonces sólo rezaba de rodillas.

La Virgen se apareció a Jacinta por segunda vez, diciéndole que sería llevada a un hospital en Lisboa donde tendría que sufrir mucho más antes de morir sola.  A Jacinta le asustaba terriblemente el pensamiento de que iba a morir sola, pero cuando Lucía le aconsejó que no pensara en ello, le replicó que sí quería pensarlo para incrementar su sufrimiento y así tener más que ofrecer.  Su único consuelo era que la Virgen le había prometido que vendría para llevarla al cielo.  Como Santa Teresita, la Pequeña Flor de Fátima resolvió pasar su cielo haciendo el bien en la tierra.

En enero de 1920 Jacinta partió hacia Lisboa.  En febrero ingresó en un hospital, donde la operaron debido a su pleuresía purulenta.  Imagínense su grado de sufrimiento cuando le quitaron dos costillas del lado izquierdo con apenas una anestesia local muy imperfecta que no podía aliviar todo el dolor.  La herida tenía el tamaño de una mano, y sin embargo sus únicas palabras durante la cirugía fueron: “¡Ay!  ¡Jesús!  ¡Ay, qué dolor!  ¡Dios mío!”  El dolor volvía cada vez que le cambiaban las vendas, pero sólo invocaba el nombre de la Virgen.  “¡Paciencia! – dijo – ¡Todos tenemos que sufrir para ir al cielo!”. Todo el personal del hospital recibió el ejemplo edificante de Jacinta.  Observaron cómo se esforzó para ocultar sus sufrimientos.  Nunca se quejó y rezó mucho.  Y su pureza llegaba a tal extremo que lloraba cuando debía quitarse la ropa para que la revisaran los cirujanos.

Nuestra Señora se le apareció a Jacinta y le dijo el día y la hora de su muerte.  Murió como había predicho, completamente sola, el 20 de febrero de 1920 a las 22:30.  Tenía nueve años.  No cabe duda que la Madre Santísima había descendido para llevar a su hija amada hacia su recompensa eterna.  Cuatro días después, su cuerpo parecía dormido y hermoso en el ataúd, y a pesar del tiempo que había permanecido expuesto al aire y de su enfermedad purulenta, emitía un olor perfumado como de flores aromáticas.

Antes de salir hacia Lisboa, Jacinta mostró su profundo amor a Jesús y María y su admirable comprensión de las revelaciones de Fátima con estas instrucciones a Lucía:

Tú te quedarás aquí para dar a conocer el deseo de Dios de que se establezca la devoción al Inmaculado Corazón de María en todo el mundo....  Diles a todos que Dios nos otorga la gracia por medio del Inmaculado Corazón de María y que la gente tiene que pedírsela; que el Corazón de Jesús quiere que se venere al Corazón Inmaculado de María a su lado.  Diles también que recen por la paz al Inmaculado Corazón de María, ya que Dios la ha puesto en sus manos.  ¡Si sólo pudiera infundir en el corazón de todos el fuego que arde dentro de mi propio corazón y que me hace amar tanto a los Corazones de Jesús y María!

Aunque los tres niños eran místicos y contemplativos, Francisco era el más contemplativo de todos.  Era parte de su temperamento y le encantaba contemplar la belleza de la naturaleza.  También era de carácter tierno y manso, hasta tal punto que exasperaba a Lucía con su mansedumbre.  La parte de la revelación de Fátima que inspiró su santidad heroica fue: La Virgen  María y Dios mismo están infinitamente tristes a causa del pecado y nos toca consolarlos.  Fue este el mensaje que Francisco resaltó.  Jesús, que hizo que Santa Margarita María y la monja española del siglo XX Sor Josefa Menéndez experimentaran su tristeza, hizo lo mismo con los niños de Fátima, sobre todo Francisco.

Los niños recibieron el conocimiento infuso y el amor de Dios en la luz que emanó de las manos de la Virgen.  Lucía se refiere a este hecho más de una vez en sus memorias.  Francisco le explicó a Lucía por qué le encantaba ver a la Virgen: “Lo que más me encantaba era ver a Nuestro Señor en aquella luz de la Virgen que penetró nuestros corazones.  ¡Quiero tanto a Dios!  ¡Pero qué triste está a causa de tantos pecados!  No debemos pecar nunca más”.  Si las reparaciones de Jacinta se ofrecían por la conversión de los pecadores, las de Francisco eran más bien para consolar a los Corazones de Jesús y María.  “¡Están tan tristes! – dijo – si los podemos consolar por medio de estos sufrimientos, ¡qué felices seremos!”.

Aunque la visión del infierno lo impactó bastante, lo que según Lucía lo cautivó por completo, “era Dios, la Santísima Trinidad, que se vislumbró en aquella luz que penetró en lo más íntimo de nuestras almas.  Después dijo: ‘¡Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos!  ¿Cómo es Dios? ... Esto no lo podemos decir....  ¡Pero qué pena que Él esté tan triste!  ¡Si yo pudiera consolarlo!’”

Una vez, Lucía le preguntó si prefería consolar a Jesús o convertir a los pecadores para que no fueran más almas al infierno.  Contestó que prefería consolar a Nuestro Señor.  Dijo: “¿No te fijaste en la tristeza de la Virgen... cuando dijo que la gente no debe ofender más a Nuestro Señor, ya que lo han ofendido mucho?  Me gustaría consolar a Nuestro Señor y después de eso convertir a los pecadores para que no lo ofendieran más”.  Entonces ofrecía sus sacrificios primero para consolar a Jesús y a María y después por los pecadores y el Santo Padre.  Mientras Jacinta dijo que en el cielo rezaría por los pecadores, el Santo Padre y Lucía, Francisco dijo que pasaría su tiempo allá consolando a Jesús y María.  Es más, ¡pidió a Lucía que le dijera a Jacinta que a ella le tocaba rezar por los pecadores y el Santo Padre al llegar al cielo, ya que él temía olvidarlo al ver a Jesús!

Afligido por la tristeza de Dios, Francisco perdió todo interés en participar en juegos con las dos niñas.  También dejó de tocar su flauta y cantar, su actividad preferida al salir a los montes.  En cambio pasaba horas a solas escondido detrás de un arbusto, rezando de rodillas o absorto en la contemplación, sacrificando su comida.  Cuando le preguntaron qué estaba haciendo, contestó: “¡Pienso en Dios que está tan triste a causa de tantos pecados!”.  En 1918 Lucía cedió a la presión de los aldeanos y decidió participar en las festividades del Carnaval.  Francisco le recordó firmemente que habían prometido a la Virgen que no volverían a participar en las fiestas y danzas.  Le pidió que informara a sus amigos que no podía acompañarlos por esta razón.  Lucía siguió sus consejos, y finalmente también sus amigos dejaron de asistir a estos eventos y la acompañaron en el rezo del Rosario los domingos.

Francisco también encontró placer en consolar a Nuestro Señor, pasando muchas horas en la iglesia para visitar al “Jesús Escondido”, nombre que tenían él y Jacinta para Jesús en el Santísimo Sacramento.  Una vez pasó toda la mañana delante del sagrario rezando por una señora que había solicitado su intercesión por ella.  Después, con la confianza típica de los santos que gozan de la unión con Dios, dijo a Lucía que el favor sería otorgado después de algunos días, y así ocurrió.  Cuando se puso enfermo le dijo a Lucía: “Vete a la iglesia y entrega mi amor al Jesús Escondido.  Lo que más me duele es no poder ir en persona....”.

Durante la aparición del 13 de mayo de 1917 la Virgen prometió a los tres niños que todos irían al cielo, pero que Francisco tenía que decir muchos rosarios antes.  Desde ese momento rezaba el rosario siete u ocho veces al día hasta que la enfermedad lo hizo imposible.  Lo afligió mucho el hecho de ya no tener fuerzas ni siquiera para rezar un rosario completo.

Pero al igual que Jacinta, nunca se quejaba de su enfermedad.  “Siempre parecía alegre y contento”, hasta tal punto que Lucía tenía que preguntarle si sufría.  “Bastante – le contestaba – ¡pero no importa!  ¡Sufro para consolar a Nuestro Señor y después, dentro de muy poco, iré al cielo!”  “Tomaba todo lo que su madre le daba de comer y beber y ella nunca logró saber qué cosas no le gustaban”. Pero el día antes de su muerte ya no podía tragar siquiera una cucharadita de líquido.  Sin embargo cuando se le preguntó, respondió que se sentía bien y que ya no sufría.

Muchas personas visitaron también a Francisco en su enfermedad, algunas de ellas desconocidas.  Solía permanecer en silencio en presencia de los adultos y hablaba sólo cuando era necesario.  Pero sus visitantes quedaban maravillados en su presencia.  Una señora que no creía en las apariciones comentó: “Me parece que entrar en el cuarto de Francisco es como entrar a una iglesia”.

Antes de su muerte santa Francisco hizo un acto de gran humildad, sencillez y sensibilidad de conciencia.  En preparación para su última confesión le preguntó a Lucía si se acordaba de algún pecado suyo y ella le recordó  algunos actos de desobediencia.  Preguntó lo mismo a Jacinta, quien tuvo que pensar algunos minutos hasta recordar unas pocas faltas.  Francisco le dijo que ya las había confesado pero que las volvería a confesar, dado que podrían ser la causa de la tristeza de Nuestro Señor.  Después de hacer un propósito firme de enmienda en caso de  recuperarse de su enfermedad, rezó la oración de la Virgen: “Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del Infierno....”  Luego encomendó a Lucía que ella también pidiese perdón a Jesús por él.  Ella consintió pero le dijo que no se preocupara porque la Virgen no habría dicho que lo llevaría al cielo si antes Nuestro Señor no le hubiera perdonado sus pecados.  Este diálogo impresionante entre los dos niños resalta el grado elevado de sabiduría, inteligencia y unión con Dios que poseían.

Su sencillez de niño de cara a la muerte y la visión beatífica se hizo ver en la última conversación entre Lucía y Francisco la víspera de su muerte:

Esa noche le dije adiós.

“¡Adiós, Francisco!  Si vas al cielo esta noche no te olvides de mí cuando llegues, ¿entendido?”

“No, no te olvidaré.  Tenlo por seguro”.  Luego me tomó la mano derecha y la apretó durante mucho tiempo, mirándome con lágrimas en los ojos.

“¿Quieres algo más?” le pregunté, también con lágrimas en las mejillas.

“¡No!” contestó sobrecogido en voz muy baja.

Como era un momento tan conmovedor, mi tía me hizo salir del cuarto.

“¡Entonces adiós, Francisco!  ¡Hasta que nos veamos en el cielo, adiós!”

Francisco murió el 4 de abril de 1919, diez meses y medio antes que Jacinta.  Tenía diez años.  Algunos días antes de su muerte, una señora le había pedido sus oraciones por la reconciliación de su marido con su hijo y él había prometido que pediría esta gracia del Señor al llegar al cielo.  Y sólo unas horas después de su muerte, el padre se reconcilió con el hijo.

Seis años después, en 1925, la Virgen y el niño Jesús se le aparecieron a Lucía en Pontevedra y confirmaron lo acertado de la devoción de los niños a la reparación y a la compasión.  La Virgen tenía en la mano su corazón rodeado de espinas.  Tanto ella como Jesús le pidieron a Lucía que se apiadase de este “Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos hieren sin cesar con blasfemias e ingratitudes”.  Jesús dijo: “No hay nadie que haga un acto de reparación para sacarlas”.  Y la Virgen le dijo a Lucía: “Tú, al menos, procura consolarme”.  Después, a quien observara la devoción de los primeros cinco sábados de mes con el fin de desagraviarla le hizo la gran promesa de asistencia en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación.1

El 29 de mayo de 1930 Jesús explicó las razones de los cinco sábados: se deben a que son cinco las blasfemias contra el Inmaculado Corazón de María.  Las blasfemias que enumeró2 son simplemente las herejías del protestantismo y de la Iglesia Ortodoxa; por lo tanto, consideremos cuán ofendidos han de estar Jesús y María por el movimiento ecuménico que busca un entendimiento con los protestantes y ortodoxos en vez de su conversión.  Sin embargo, ¿cuántos católicos hacen reparación al menos mediante la devoción de los primeros cinco sábados de mes?

Hoy es el primer sábado de octubre y la festividad de Nuestra Señora del Rosario.  Si alguno de los presentes nunca ha observado los primeros cinco sábados de mes, ¿qué momento más oportuno para empezar con esta devoción que el día de hoy en que asisten a este congreso sobre Fátima?  A fin de cuentas, es la Virgen quien, con gran amor materno, los ha traído aquí en este día especial.  Y cuando hayan observado los primeros cinco sábados de mes una vez, ¿por qué no continuar con esta devoción, repitiéndola una y otra vez como prueba de amor y devoción a su Inmaculado Corazón?

Y a Dios nadie le gana en la generosidad, como sabemos.  Este es el gran mensaje de Fátima: la devoción al Inmaculado Corazón de María es garantía de salvación.  La primera vez que se hizo esta promesa fue en la aparición del 13 de junio de 1917.  María dijo que pronto llevaría a Francisco y Jacinta al cielo, pero que Lucía tenía que quedarse durante un período de tiempo en la tierra porque Jesús quería valerse de ella para establecer la devoción al Inmaculado Corazón en todo el mundo.  Y luego añadió: “A quien abrazare [esta devoción] prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono”.  Los niños vieron “un corazón rodeado de espinas que parecían clavarse en él, [y] entendi[eron] que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, que quería reparación”.  Jacinta y Francisco vivieron la devoción al Inmaculado Corazón de María, consumidos por la necesidad de reparación y consuelo.

El efecto saludable que producían en la gente fue expresado por Lucía en su comentario sobre quienes visitaron a los niños en sus lechos de enfermos y  notaron en ellos algo distintivo, algo sobrenatural:

No me sorprende que la gente sienta así, ya que son acostumbrados a ver en los demás sólo esa preocupación por las cosas materiales que forma parte de una vida vacía y superficial.En efecto, nada más ver estos niños y sus mentes fueron llevadas a la Madre celestial, con quien los niños estaban comunicados; a la eternidad, ya que presenciaron la impaciencia, alegría y felicidad de los niños al pensar que iban allí; a Dios, pues decían que le querían más que a sus propios padres; y hasta al infierno, porque los niños les amonestaron que terminarían allá si continuaran en sus pecados.Aparentemente eran... niños como todos los demás.Pero si estas buenas personas, tan acostumbradas a ver el lado material de la vida, hubiesen elevado sus mentes un poco, habrían visto de inmediato que estos niños tenían algo especial que les diferenciaba de todos los demás.
En efecto, fueron diferentes: fueron santos, santos del Inmaculado Corazón de María.  Que sus oraciones delante del trono de Dios, junto con las de su prima Sor Lucía, nos traigan pronto la feliz época de la paz en la que será cumplido el plan de Dios para el triunfo del Inmaculado Corazón de su Madre.
notes
  1. De esta manera la Virgen describió la devoción de los primeros cinco sábados de mes: “di a todos los que se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante quince minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme cada primer sábado durante cinco meses, que les prometo asistirlos en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación”.  En 1926, Lucía preguntó al niño Jesús que se le apareció si la confesión podría hacerse dentro de los ocho días.  Jesús le dijo que sí, y añadió que el tiempo podría ser aún más largo, siempre y cuando la persona estuviera en estado de gracia y tuviera la intención de reparar al Corazón Inmaculado de María. Y que si alguien se olvidaba de esta intención podía ponerla en su siguiente confesión, “aprovechando la primera oportunidad de confesarse”.

  2. “Hija mía, la razón es sencilla: se trata de cinco clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María: 1) Blasfemias contra su Inmaculada Concepción; 2) contra su virginidad; 3) contra su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres; 4) contra los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada; 5) contra los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes”.
fuentes
Sor Lucía, Memorias de la Hermana Lucía, compilación del Padre Louis Kondor, SVD, traducido al inglés por las Dominicas del Perpetuo Rosario (Fátima: Postulation Centre, 1976), pág. 167.  Cita de la versión en inglés que no contiene fotografías.

Fray François de Marie des Anges, Fatima: Intimate Joy, World Event.  Book II: Mary’s Immaculate Heart and Your Salvation (Buffalo, Nueva York: Immaculate Heart Publications, 1993).

Sara Francis Fujimara, “Purple Death: The Great Flu of 1918,” Perspectives in Health Magazine, Vol. 8, No. 3, 2003, publicado en www.paho.org/English/DD/PIN/Number18_article5.htm.

“The Pandemic of 1918-1919 Claimed at Least 30 Million Human Lives,” publicado en roche.com/pages/facets/16/spanflu.htm.

David Brown, “Changes Cited in Bird Flu Virus,” Washington Post, 6 de octubre de 2005, pág. A03.





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