Perspectivas sobre Fátima

El tremendo disparate de la "diversidad reconciliada"

por Christopher A. Ferrara
el 6 de junio de 2017

En su encíclica profética Mortalium Animos, que prohibió a los católicos la participación en el naciente “movimiento ecuménico” de origen protestante, el Papa Pío XI condenó la noción, que entonces estaba siendo promovida por católicos proto-“ecumenistas”, que “los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual.” La noción – dice Pío XI – refleja “la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables”. Y este error, como cualquier observador honesto debe admitir, es precisamente lo que todo el liderazgo de la Iglesia, desde el Papa hacia abajo, efectivamente ha abrazado desde los últimos 50 años.

El error no se puede defender con base a que el “ecumenismo” es practicado debidamente entre la Iglesia católica y los que profesan ser cristianos, con el fin de “promover la unidad de los cristianos”. Porque, tal como Pío XI insistió con razón, y que por sí mismo el sano juicio aconsejaría: “la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual El mismo la fundó para la salvación de todos”.

Es decir: no puede haber unidad entre los cristianos sin que todos profesen la misma Fe. Esto significa adherencia a las doctrinas de la “religión divinamente revelada”, que, como Pío XI había avisado, serían abandonadas si el “ecumenismo” era llevado a su conclusión lógica. Porque la revelación divina consiste precisamente en las palabras pronunciadas por el Verbo Encarnado, por los Apóstoles y por el Magisterio de la Iglesia que Cristo fundó, y consiste en aquello que la religión divinamente revelada ha transmitido y ha explicado fielmente a través de los siglos.

Como el Juramento antimodernista exigía que los seminaristas, sacerdotes y teólogos la profesasen – antes de ser también abandonado después del Vaticano II juntamente con las enseñanzas del Pío XI – la Fe cristiana es “un verdadero asentimiento del entendimiento a la verdad recibida desde fuera por el oído, por el que creemos ser verdaderas las cosas que han sido dichas, atestiguadas y reveladas por el Dios personal, creador y Señor nuestro, y lo creemos por la autoridad de Dios, sumamente veraz”.

Pero los protestantes, variados en sus confesiones, como Pío XI observa, y con razón, no profesan la verdad recibida, oyendo una fuente exterior, que es, en último análisis, Dios mismo. Sino más bien ellos profesan una mezcla de la verdad revelada y el error humano y por eso el Papa Pío les llamó “aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo”. Pero esta evaluación franca de la religión protestante multivariada ha sido también abandonada por los jefes de la Iglesia, para ser sustituida por el “ecumenismo”, que, por haberle permitido que invadiese la Iglesia, ha obliterado en la práctica la necesidad de la recta doctrina – que Dios ha revelado – para la salvación de las almas.

No deberíamos sorprendernos de que esta desviación eclesial inmensamente destructiva, cumpliendo a la letra la poco propicia profecía de Pío XI, ha sido llevada a un nuevo nivel por el actual ocupante de la Silla de San Pedro. En su nueva alocución del 3 de junio a un grupo del bullicioso movimiento pan-cristiano de la “renovación carismática”, el Papa Bergoglio mostró su acostumbrado desdeño hacia la doctrina revelada por Cristo y Sus Apóstoles, cuando declaró que “la paz es posible por medio de nuestra confesión de que Jesús es el Señor”.

Pero ¿qué podemos decir de las vastas diferencias doctrinales entre el catolicismo y “aquellos que no profesasen, íntegra y pura, la doctrina de Jesucristo” que pertenecen a las variadas denominaciones protestantes? Fijaos lo que Francisco mismo admitió: “pero si nosotros acentuamos las diferencias, estaremos en guerra, y no podemos anunciar la paz”. Y la respuesta “ecumenista” para este “problema ecuménico” es pura y simplemente: ¡acomodar las diferencias! Aquí Francisco delinea el error definitivo del “movimiento ecuménico”:

“Hay diferencias entre nosotros. Pues bien, ¡esto es evidente! Tenemos diferencias. Pero todos deseamos ser [dicho con un énfasis teatral que indica que se esperaba aplausos] una diversidad reconciliada. No olviden esta expresión y decidla a toda la gente: ¡diversidad reconciliada! Y esta expresión no es mía, no es mía. Quién la dijo fue un hermano luterano. Diversidad reconciliada”.

Esto de la “diversidad reconciliada” es un tremendo disparate. No puede haber reconciliación entre doctrinas que se contradicen mutuamente. No puede haber reconciliación alguna entre la Iglesia católica, divinamente instituida como la única y verdadera Iglesia, con la institución divina de los siete sacramentos, el sacerdocio sacrificial, la primacía del Papa, la infalibilidad del Magisterio, la indisolubilidad del matrimonio y la inmoralidad intrínseca de la anticoncepción, del aborto y de la sodomía, y lo que dicen las sectas religiosas cuando niegan todas y cada una de estas verdades. El foso es infranqueable, y era precisamente por eso que Pío XI insistía en que el único camino a la unidad de los cristianos es el regreso de los disidentes a la única y verdadera Iglesia.

Francisco no inventó la innovación de la “diversidad reconciliada”, sino que ha tenido su origen en la enseñanza herética del Cardenal Leo Jozef Suenens, cuyos escritos sobre este asunto recurrieron a la monstruosidad del “pluralismo teológico” en la Iglesia. No es sorprendente que el Papa Bergoglio haya dicho a la muchedumbre de 50,000 personas: “es importante leer la obra del Cardenal Suenens sobre este asunto. Muy importante.”

El espíritu católico se desconcierta ante el espectáculo de este pontificado, que es el apogeo de todas las tendencias eclesiales destructivas de los últimos 50 años. Pero no podemos desviar la vista del espectáculo y actuar como si no hubiese Papa. Sólo podemos denunciar y protestar lícitamente contra lo que está pasando, a favor de la verdad que nos libre, al mismo tiempo que rezamos para que se aproximare el trastrueco divinamente decidido de esta crisis sin precedentes en el seno de la Iglesia.

El inicio de esta gloriosa contra-revolución será indicado por la Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María hecha por un Papa santo en unión con una jerarquía que regrese al camino cierto del que gran parte del elemento humano de la Iglesia tan trágicamente se ha desviado desde el fatídico año de 1960, cuando el Tercer Secreto de Fátima, en vez de ser revelado como debía ser, fue suprimido por el mismo Papa que lo debería haber dado a conocer al mundo.