Perspectivas sobre Fátima

No hay ningún "Grano de la Historia",
sino nada menos que El Señor de la Historia.

por Christopher A. Ferrara
el 7 de julio de 2017

En una celebre entrevista a la revista La Croix – una de muchas que han encantado a un mundo en revolución contra el Reinado Social de Cristo – el Papa Bergoglio ha declarado secamente: “Los Estados deben ser laicales. Los Estados confesionales acaban mal. Esto va contra el grano de la Historia.”

Pero la verdad es que no hay ningún “grano de la Historia”. El mero pasar del tiempo no impide la restauración del orden social católico en los países católicos. Todo lo que es necesario es un acto de voluntad política: la mismísima esencia de la democracia que hoy se celebra como la única forma legítima de gobierno. Y los estados confesionales no “acaban mal”. Por el contrario, han sido acabados mal por insurgentes asesinatos que, en verdad, rehusaron hacer la “voluntad del pueblo” que pretenden representar.

Un importante caso histórico de este tipo es la regeneración del Ecuador católico por su Presidente-mártir, Gabriel García Moreno. Desafiando el “grano de la Historia”, imaginario durante dos mandatos como Presidente (de 1861 a 1875), venció a los tiranos masónicos que habían dominado el país y dio a Ecuador una constitución católica que estableció el Catolicismo como la religión del Estado, pero al mismo tiempo proporcionado también los elementos de la democracia representativa moderna. Y en 1873 Ecuador se consagró al Sagrado Corazón.

Lo que enfureció mucho a los enemigos de García Moreno fue que él hubiese combinado la reconstrucción de un Estado católico con un impresionante progreso económico y social en aquella pequeña nación empobrecida. Durante sus dos mandatos como Presidente, revitalizó todo el sistema docente de Ecuador, desde las escuelas elementares a la Universidad de Quito, incluso los departamentos universitarios de las ciencias físicas. El sistema docente de Ecuador se impregnó con la doctrina católica. Revisó y humanizó los códigos civil y penal del país, que incluían la instrucción religiosa y vocacional de los criminales. Disminuyó drásticamente la deuda del Estado y la corrupción gubernamental. Estableció una red de autopistas y ferrocarriles a escala nacional, uniendo las ciudades de Ecuador y desencadenando un crecimiento enorme en el comercio y el desarrollo económico. Pavimentó las calles, mejoró el suministro de agua y estableció un sistema postal y una red de comunicaciones telegráficas entre Quito y Guayaquil.

En resumen, García Moreno era, como ha dicho un comentador, “una espina constante en el costado de aquellos que querían que el mundo creyese que la religión y el progreso son incompatibles”. El historiador Peter H. Smith, nada menos que Profesor de los Estudios Latinoamericanos Simón Bolivar de la Universidad de California en San Diego y un antiguo decano del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), tuvo la honestidad intelectual de admitir que el “dictador” García Moreno:

“no era conservador ni contra-revolucionario, sino un auténtico revolucionario. La esencia de su revolución se hallaba en el hecho de haber impuesto un Sistema político y social en Ecuador que se ajustaba a las tradiciones y necesidades de su país. Bajo su gobierno, Ecuador prosperó como una nación unida desde 1861 a 1875”.

[Peter H. Smith, “The Image of a Dictator”, The Hispanic American Historical Review, Vol. 45, Nº 1 (Feb. 1965), pág. 1-240.]

Pero los enemigos masónicos del Reinado Social de Cristo nunca permitirían que la obra monumental de García Moreno se mantuviese en pie. En efecto, la influencia masónica en Ecuador era tan evidente que García Moreno pudo predecir su asesinato de manos de agentes masónicos.

Consideró su muerte inminente en su última carta al Beato Papa Pio IX (el Papa que, años antes, había escapado por poco de la muerte durante las insurrecciones comandadas por los héroes masónicos Mazzini y Garibaldi, y había acabado prisionero en el Vaticano):

“Hoy, cuando todas las logias masónicas, excitadas por las de Alemania y las de Bélgica, lanzan contra mí las calumnias más viles y horribles, y mueven cielo y tierra para hallar medios para asesinarme, necesito más que nunca del poder de la protección divina, para que yo viva y muera en defensa de nuestra santa religión y de esta querida Republica que Dios me llamó a gobernar.

Santísimo Padre: ¿“Qué mayor felicidad me podrá conceder que verme detestado y calumniado por amor de nuestro Divino Redentor? Pero qué felicidad aún más grande sería si vuestra bendición pudiese obtener del Cielo la gracia de derramar mi sangre por Él, ¡Qué, siendo Dios, se dignó derramar todas las gotas de la Suya, en el pilar y en la Cruz”!

Semanas más tarde, en 6 de agosto de 1875, Fiesta de la Transfiguración, los asesinos de García Moreno emplearon un mensajero para llamarlo de la Catedral de Quito, donde estaba rezando delante del Santísimo Sacramento, con el pretexto falso de que era requerido urgentemente en el palacio gubernamental.

Cuando García Moreno apareció en la plaza, los asesinos, incluido un tal Rayo, inmediatamente lo mutilaron y le dispararon a muerte; Ravo usó un machete para cortar el brazo izquierdo del Presidente mientras gritaba ¡“Muere, destructor de la libertad”!

Mientras yacía moribundo, García Moreno dijo a las célebres palabras: ¡“Dios no muere”!

En memoria de García Moreno, Pio IX ordenó que fuese celebrada una Misa solemne de Réquiem en la Iglesia de Santa María en Trastevere, y levantó en Roma un monumento al Presidente-mártir, cuya inscripción alababa su fidelidad católica. Al suceder Pío IX, Papa León XIII, nuevo adversario pontificio de la masonería exaltó a el Ecuador de García Moreno como “el modelo de Estado cristiano”. [Berthe, García  Moreno, viii].

Sin embargo, cerca 1895 casi todos los vestigios jurídicos de la restauración católica de García Moreno habían sido eliminados por sucesivos regímenes liberales. Pero no fue el “grano de la Historia” el que acabó con la restauración católica de Ecuador. Fue la mano de un asesino.

En cuanto al “grano de la Historia” inexistente, no podemos olvidarnos de que el Señor de la Historia acabará al fin infaliblemente por restaurar Su Reino en conexión con el Triunfo del Inmaculado Corazón de María. Y no fue por coincidencia que Él se apareció en Quito, Ecuador para transmitir la promesa del Cielo a este respecto:

“Para experimentar esta fe y confianza de los justos, habrá ocasiones en que todo parece estar perdido y paralizado. Esto será, pues, el feliz comienzo de la restauración completa”.