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Antonio Spadaro y el evangelio del conformismo

por Christopher A. Ferrara
el 19 de julio de 2017

Antonio Spadaro, SJ, referido normalmente como “portavoz” del Papa Bergoglio, ha sido coautor, en el periódico semioficial del Papa L’Osservatore Romano (OR), de una mezcla llena de clichés liberales, junto con una o dos observaciones válidas sobre el excepcionalismo estadounidense y el “Evangelio de la prosperidad”. Spadaro comparte la autoría de este artículo con Marcelo Figueroa, que es protestante y amigo del Papa Bergoglio quien decidió nombrarle como redactor de la edición argentina de la OR.

El artículo, titulado “Fundamentalismo evangélico e integrismo católico en EEUU: un ecumenismo sorprendente”, es esencialmente el llamamiento de costumbre a un conformismo apacible hacia el espíritu de los tiempos, como se refleja en el sistema moderno del Estado. El conformismo para con el status quo político es presentado como una virtud cívica, mientras que cualquier forma de resistencia cristiana es “fundamentalismo” peligroso, que en principio no difiere del terrorismo del ISIS.

Se pierde en Spadaro y sus semejantes la observación reveladora de Francis Fukuyama de que “el Estado liberal que derivó de la tradición de Hobbes y Locke traba batalla prolongada contra su propio pueblo” (The End of History and the Last Man, pág. 215). El Estado liberal es el resultado final de un rastro de sangre derramada en revoluciones violentas a través de las cuales unos pocos iluminados empezaron por imponer su voluntad sobre las masas cristianas. Los iluminados continúan hoy oprimiendo a los cristianos a través del poder coactivo de este mismo Estado, imposible de desafiar hoy, que subsidia compulsivamente el asesinato en masa de niños por nacer y que ahora, con la locura del “casamiento gay” y de los transgéneros, impuesta por el Estado, amenaza destruir no sólo los últimos vestigios de la moral cristiana en la vida pública, sino hasta el reconocimiento del propio ser.

El Arzobispo Charles Chaput escribió una refutación de Spadaro y Figueroa, aquí, que – demasiado moderada a mi entender – sugiere con razón que ellos son lo que Lenin describió putativamente como los “idiotas útiles” de Occidente, colaborando en su propia subyugación y finalmente en su destrucción, como los idiotas útiles del sistema moderno del Estado hacen reflexivamente.  Spadaro, SJ y Figueroa recitan la habitual letanía de temores liberales contra cualquier señal de militancia cristiana que pueda venir a desafiar la hegemonía secular. Así, denuncian debidamente a los católicos, así como a los protestantes evangélicos, por cometer los siguientes pecados contra el secularismo estatal:

  • “la fusión problemática de religión y Estado, fe y política, valores religiosos y economía”;
  • “esta mezcla de política, moral y religión”;
  • “principios fundamentalistas cristianos-evangélicos”;
  • “una influencia religiosa-moral fuerte y determinada sobre los procesos democráticos y sus resultados”;
  • “una adherencia literal a la Biblia”;
  • cualquier crítica de los “espíritus modernistas, del movimiento de los derechos civiles de los negros, del movimiento hippie, del comunismo, de los movimientos feministas y así en adelante”;
  • “blancos del sur estadounidense profundo”;
  • “una comprensión literal de las narrativas de la creación en el libro de Génesis, que pone la humanidad en una posición de ‘dominio’ sobre la creación”;
  • “combatir las amenazas contra los valores cristianos estadounidenses”;
  • “el deseo de alguna influencia en las esferas política y parlamentaria y en las áreas jurídica y educativa, de modo que las normas públicas puedan sujetarse a la moral religiosa”;
  • “líderes políticos que aparecen triunfantemente con una Biblia en la mano”;
  • la “‘religión en libertad total’, considerada como un desafío virtual directo contra la secularidad del Estado”;
  • “la tentación persuasiva de una alianza espuria entre política y fundamentalismo religioso”;
  • “exagerar el desorden, agitar las almas del pueblo pintando escenarios preocupantes más allá de cualquier realismo”;
  • la idea de que “la Religión es garante del orden y una parte política encarnaría sus necesidades”;
  • “una forma extraña de un ecumenismo sorprendente… entre fundamentalistas evangélicos e integristas católicos, unidos por el mismo deseo de influencia religiosa en la esfera política”;
  • “una necesidad teocrática: someter el Estado a la Biblia con una lógica que no es diferente de la que inspira el fundamentalismo islámico... El mismo culto de un apocalipsis que es necesario llevar a cabo lo más rápidamente posible”.

En resumen, nuestros idiotas útiles exigen la descalificación total – en efecto, una verdadera criminalización como “terrorismo” del tipo de ISIS – de cualquier papel para el cristianismo en la política. Esto es precisamente la antítesis de la enseñanza constante de la Iglesia sobre el Reinado Social de Cristo, reconocido (aunque imperfectamente) hasta por los protestantes evangélicos más conservadores como el imperativo sociopolítico de la Encarnación, compelido por la razón misma. Como declaró el Papa León XIII en Immortale Dei (sobre la constitución cristiana de los estados): “Así, pues… es la organización cristiana de la sociedad civil; no construida de forma apresurada o extravagante, sino deducida a partir de los principios más altos y verdaderos, confirmados por la razón natural misma”.

El abandono, post-Vaticano II, de la doctrina del Reinado Social de Cristo a favor de un divorcio irracional y, en último análisis, fatal entre la Ley del Evangelio y la vida pública, es sintomático de la enfermedad terminal que sufre nuestra civilización una vez cristiana, que Juan Pablo II lamentó (aunque demasiado poco y demasiado tarde) como siendo una “apostasía silenciosa”. Como Pío XI advirtió en 1922 en Ubi Arcano, su encíclica fundamental sobre el Reinado Social de Cristo,

“Lo que Nosotros dijimos al inicio de Nuestro Pontificado sobre la disminución de autoridad pública, y de la falta de respeto por la misma, es igualmente verdadero al momento presente. ‘Con Dios y Jesucristo’, dijimos, ‘excluidos de la vida pública, con la autoridad derivada no de Dios, sino del hombre, la propia base de esta autoridad le fue retirada, porque la principal razón de la distinción entre gobernador y gobernado ha sido eliminada. El resultado es que la sociedad humana está tambaleándose hacia su caída, porque ya no tiene un fundamento seguro y sólido’”.

El jesuita liberal Spadaro y su liberal coautor protestante son un ejemplo de la certidumbre autosatisfecha del conformismo doctrinario que ellos igualan al cristianismo iluminado. Elogiando al Papa Bergoglio sin darse cuenta de que están, de hecho,  haciéndolo culpable como traidor a la misión de la Iglesia de hacer discípulos en todas las naciones, han declarado: “Francisco quiere romper la conexión orgánica entre cultura, política, institución e Iglesia”. Ellos aplauden sin pensar en la desintegración deliberada y auto-infligida del cristianismo. Lo que ellos predican no es el Evangelio de Jesucristo, sino el evangelio del conformismo al Espíritu de los Tiempos.

Spadaro y Figueroa se consideran a sí mismos, sin duda, defensores intelectualmente sutiles, como Bergoglio, de un catolicismo “realista” y moderno. Pero en verdad, son bobos tomando una postura, y encerrándose en una celda de prisión y después entregando graciosamente la llave a los carceleros, mientras condenan a los católicos que no hacen como ellos y no consienten en ser encarcelados. El triunfo actual de la modernidad política sobre la Iglesia se debe en gran parte a la ayuda de estos traidores eclesiásticos. Pero al fin, como es evidente, Dios “se reirá de ellos [y] reducirá las naciones a la nada” (Salmo 58)




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