Homepage
Cruzada
Perspectivas
Sobre Fátima
Noticias
Recursos
Tercer Secreto
Consagración
Oración
Librería
Homepage
Apostolado
Para hacer un donativo
Más información
Nuestra señora de Fatima en línea
ImageMap for Navigation ¿Por qué Fátima? Mapa del sitio Contactar
Perspectivas Sobre Fátima
Perspectivas sobre Fátima

Cardenal Burke: El Papa no es un ídolo – 1ª Parte

por Christopher A. Ferrara
el 22 de agosto de 2017

En mi artículo del 18 de agosto, comenté una alocución verdaderamente histórica, hecha por el respectado teólogo, Padre Aidan Nichols, en el que sugiere, considerando la crisis provocada por Amoris Laetitia, que sería necesario un nuevo procedimiento canónico para poder corregir a un Papa doctrinalmente perverso. Durante la alocución, el Padre Nichols dijo que “no es la posición de la Iglesia católica romana el que un Papa sea incapaz como doctor público de desencaminar a las personas a través de enseñanzas falsas … Puede ser el supremo juez de apelación de la Cristiandad…pero esto no lo hace inmune de perpetrar errores doctrinales”.

Mientras parece evidente que el Papa no es inmune al error en cada declaración que hace como el ejemplo histórico de Juan XXII demuestra, cuando el Papa excede los límites estrictos de la infalibilidad papal, exponiendo como hizo Juan XXII, lo que son esencialmente sus erróneas opiniones teológicas personales ¿estrictamente hablando, serán esas opiniones como tal, enseñanzas del Vicario de Cristo?

En respuesta a esta pregunta, creo que vale la pena considerar el punto de vista del Cardenal Raymond Burke, expresado durante una reciente conferencia católica en Kentucky, que fue informada por Life Site News. El Cardenal Raymond Burke enunció una distinción crucial sobre el Papado que se ha oscurecido en la confusión post-conciliar: la distinción entre “las palabras del hombre que es Papa y las palabras del Papa que es Vicario de Cristo en la Tierra”.

Aplicando la distinción – tengámoslo claro – al papado desastroso que ahora presenciamos, el Cardenal Burke explicó a su audiencia que “el Papa Francisco ha determinado hablar muchas veces desde el primer caso, el del hombre que es Papa. De hecho, hasta en documentos que, en el pasado, han representado las enseñanzas más solemnes, dice claramente que no está exponiendo doctrinas magisteriales sino su propio pensamiento” – una referencia clara a la desastrosa Amoris Laetitia (AL).

El Cardenal alertó contra el peligro que representa quienes “quieren considerar todas las declaraciones [del Papa] como que son, de alguna manera, parte del Magisterio. Hacer esto es contrario a la razón y a lo que la Iglesia siempre ha comprendido. Es simplemente un error y prejudicial para la Iglesia recibir todas las declaraciones del Santo Padre como una expresión de la doctrina papal o del Magisterio”. Avisó el Cardenal: los Fieles no deben sucumbir a lo que sería una “idolatría del Papado”, que es definitivamente ajena al catolicismo.

Sin embargo, habiendo dicho eso, debe decirse también que un Papa no está disculpado de las consecuencias de sus opiniones perversas sólo porque, objetivamente hablando, no obligan a la Iglesia ni la pueden obligar. Los católicos en los bancos de las Iglesias, en su mayor parte, desconocen la distinción que hace el Cardenal. Si el Papa dice X, ellos sin más asumen que es doctrina papal auténtica, sin considerar su forma, contexto o continuidad con respecto a la doctrina de todos los Papas anteriores. Esto es especialmente verdad cuando, en el caso de Francisco, lo que el Papa dice es considerado agradable a la comezón en los oídos de los católicos nominales que rechazan las enseñanzas infalibles de la Iglesia sobre tales asuntos como el divorcio y el re-casamiento. En efecto, el interminable aplauso del mundo por la “revolución Francisco” demuestra las consecuencias desastrosas de las opiniones papales que se hacen pasar por Magisterio autentico.

No obstante, la distinción que el Cardenal hace entre el Vicario de Cristo y la persona del Papa es esencial para evitar una situación en la que, cuando la persona del Papa dice algo contrario a las enseñanzas constantes de los anteriores Vicarios de Cristo, aquellos que saben lo que la Iglesia realmente enseña “perderían fácilmente su respecto por el Papado o serían llevados a pensar que, si no estamos de acuerdo con las opiniones personales del hombre que es Pontífice Romano, entonces debemos cortar con la comunión de la Iglesia…” Esas personas concluirían que, si “la Iglesia” puede con tanta facilidad “cambiar de opinión”, a fin de cuentas, no puede ser la verdadera Iglesia de Cristo.

En mi libro, en que hago un diagnóstico de la actual crisis de la Iglesia, señalo que el gran teólogo del Concilio de Trento, Melchior Cano, hizo precisamente el mismo comentario que hace el Cardenal Burke: “Pedro no necesita nuestras mentiras ni adulaciones. Los que defienden ciega e indiscriminadamente todas las decisiones del Sumo Pontífice son los mismos que hacen lo peor para minar la autoridad de la Santa Sede – destruyen sus fundamentos en vez de reforzarlos”.

Ahora, ojalá que Francisco reconozca públicamente la distinción vital entre sus innumerables declaraciones, por un lado, y por otro, la doctrina auténtica (o sea, constante y no interrumpida) de los Vicarios de Cristo en materia de Fe y de moral. Es triste decirlo, pero parece que él actúa precisamente con el error identificado por el Cardenal Burke. Tal y como ha declarado en una entrevista publicada en la revista jesuita ultra-progresista America: “Estoy constantemente haciendo declaraciones, dando homilías. Esto es magisterio. Esto es lo que yo pienso, no lo que los medios de comunicación social dicen que yo pienso. Verificad: está muy claro”.

Con el debido respecto, “lo que yo pienso” y lo que el Magisterio enseña no son la misma cosa. Ni están “muy claras” cualesquier explicaciones de AL, Laudato si’ (llena de opiniones evidentes sobre tales asuntos como las emisiones de CO2, el uso de aire acondicionado y los reglamentos ambientales) y Evangelii gaudium, en donde Francisco enseña claramente su “visión” personal, sus esperanzas y sus “sueños” – para no mencionar otras innumerables expresiones de lo que Francisco piensa. El hecho de que los puntos de vista personales de un Papa aparecen en las páginas de un documento publicado no los convierte en declaraciones del Vicario de Cristo. El Vicario de Cristo no se preocupa por los niveles atmosféricos de dióxido de carbono, así como el Vicario de Cristo, actuando precisamente como tal, no tiene “sueños” de “transformar todo” en la Iglesia, tal y como Evangelli Gaudium (párrafo 27) propone.

Sin embargo, una vez más, las consecuencias del abuso de la autoridad papal en presentar meras opiniones como si fuesen auténtica doctrina de la Iglesia, no pueden ser menospreciadas, incluso si el Papa estuviese hablando estrictamente como Vicario de Cristo. Es paradójico, entonces, que el respeto por el cargo que ocupa Francisco lleva al católico creyente a rechazar la noción de que cualquier cosa que el Papa piensa “es Magisterio”, incluso si aparece en un documento formal. Aceptar esta noción destruiría los fundamentos del Papado, en vez de fortificarlos. Y es precisamente esto lo que el Adversario querría que hiciésemos mientras está librando su “combate final” contra la Iglesia: destruir los fundamentos del Papado transformando al Papa en un oráculo infalible cuyas opiniones obligasen a los fieles, conduciéndolos a un naufragio de la Fe.

 



amigable a su impresora
Pagina inicial

imagemap for navigation Página inicial Mapa del sitio Contactar Buscar