Homepage
Cruzada
Perspectivas
Sobre Fátima
Noticias
Recursos
Tercer Secreto
Consagración
Oración
Librería
Homepage
Apostolado
Para hacer un donativo
Más información
Nuestra señora de Fatima en línea
ImageMap for Navigation ¿Por qué Fátima? Mapa del sitio Contactar
Perspectivas Sobre Fátima
Perspectivas sobre Fátima

El Cardenal Burke sobre la idolatría papal: 2ª parte

por Christopher A. Ferrara
el 23 de agosto de 2017

En mi último artículo había discutido sobre una alocución reciente del Cardenal Burke en donde hizo una distinción entre “las palabras del hombre que es Papa y las palabras del Papa como Vicario de Cristo en la Tierra”. Contrasté esta distinción con la observación del Padre Aidan Nichols, refiriéndose a la crisis provocada por Amoris Laetitia, que “no es la posición de la Iglesia católica romana el que un Papa sea incapaz como doctor público de desencaminar a las personas a través de enseñanzas falsas … Puede ser el supremo juez de apelación de la Cristiandad…pero esto no lo hace inmune de perpetrar errores doctrinales”.

Pero si un Papa profiere alguna doctrina errada “como doctor público”, ¿lo hará, estrictamente hablando, como Vicario de Cristo en la Tierra? Aquí, la distinción del Cardenal Burke merece una reflexión. En el texto original completo de la intervención del Cardenal, que he señalado, hace otra observación de que “es absurdo pensar que el Papa Francisco puede enseñar algo que no está de acuerdo con lo que sus antecesores, por ejemplo, el Papa Benedicto XVI y el Papa San Juan Pablo II, han enseñado solemnemente”.

Una lectura superficial de esta aserción podría llevarnos a pensar que el Cardenal ha errado, dados los ejemplos históricos, aunque pocos, de Papas que expresaron algún tipo de error teológico, como Juan XXII (r. 1316-1334), mencionado en mi último artículo, o el Papa Honorio I (r. 625- 638), que llegó a ser condenado y anatematizado póstumamente como promotor e instigador de herejía por un concilio ecuménico y por su propio sucesor, León II.

Como indiqué en mi artículo anterior sobre este asunto, la distinción del Cardenal entre las capacidades de la persona que ocupa el cargo papal no lo excusa de la responsabilidad como Papa de las consecuencias del promulgar ideas teológicas personales en desacuerdo con el Magisterio perenne. Las consecuencias pueden ser desastrosas, porque los fieles católicos no hacen la distinción que hace el Cardenal.

Aun así, me parece obvio que el Cardenal no estaba refiriéndose a “enseñanzas” como una mera declaración verbal que puede venir de un Papa en forma oral o escrita, sino “enseñanzas” presentadas formalmente como doctrina católica que obliga claramente a la Iglesia – no a una mera opinión, comentario, sugerencia o especulación, como vemos en Laudato si’, que está llena de estos conceptos extraños.

Consideraremos una vez más el ejemplo de Juan XXII, que predicó repetidamente el error de que las almas de los fallecidos, hasta después del Purgatorio, no gozarían de la Visión Beatífica hasta el Día de Juicio Final, momento en que serían finalmente admitidos a la plenitud de la comunión con Dios. Además de eso, Juan XXII publicó un tratado apoyando su insólita opinión. En efecto, parecía estar hablando como Vicario de Cristo. Pero cuando examinamos los detalles del asunto, vemos que encaja perfectamente en la distinción del Cardenal Burke entre el Papa actuando como Vicario de Cristo y el cuerpo del Papa como persona particular exponiendo sus ideas personales. En el informe histórico exhaustivo, hecho por el Padre Víctor Francisco O’Daniel, O.P. y discutido aquí, leemos lo siguiente:

“[El Papa Juan mantenía] que había predicado simplemente como teólogo particular y no como jefe de la Iglesia, definiendo una doctrina para ser aceptada como artículo de fe; consecuentemente, su opinión, siendo dada como la de un doctor particular, estaba sujeta al juicio y decisión de la Iglesia para ser aprobada o condenada, conforme fuese considerada verdadera o falsa; que, por tanto, la cuestión estaba abierta a discusión, y cada teólogo tenía la libertad de aceptar y defender cualquiera de los lados de la controversia que entendiese ser la verdadera. Así siendo, él no presentaba cualquier decisión ex cathedra que obligase a las conciencias de los fieles…”

Fijaos: Juan XXII admitió lo que ya era obvio del contenido de su falsa predicación: que no era más que su opinión falible como “teólogo particular”. No llegó a ser así sólo porque él admitió que era así, antes porque era sin duda eso, algo que la Iglesia nunca había enseñado antes.

Pues bien, Francisco puede no estar dispuesto a admitir expresamente lo que Juan XXII se vio obligado a admitir cuando su error se encontró con una oposición furiosa por toda la cristiandad: a saber, que él estaba simplemente expresando sus ideas personales, que son discutibles y sujetas a corrección. El Papa Francisco puede estar hasta tan desorientado que piense que absolutamente todo lo que dice o escribe obliga a los fieles, sólo por el hecho de haberlo dicho o escrito, independientemente de su contexto o contenido.

Pero, según mi punto de vista, esto no altera la realidad de la distinción que hace el Cardenal Burke: el Vicario de Cristo, actuando precisamente como Vicario de Cristo, no puede enseñar un error, por la misma razón que el Magisterio auténtico, como Magisterio autentico, no puede contener error. No hay un “magisterio del Papa” sino sólo el Magisterio de la Iglesia. Los conceptos de “error” y “Magisterio” se excluyen mutualmente. Así, no veo cómo un católico puede decir razonablemente “el Magisterio ha errado”, a causa de alguna declaración extraviada de algún Papa en particular. Y si el Magisterio no ha errado cuando un Papa en particular yerra, ¿cómo podemos decir razonablemente que el Vicario de Cristo ha errado y no el Papa en su capacidad personal?

Así siendo, parece claro que el Vicario de Cristo, actuando como tal, no puede imponer ideas personales y erradas bajo la designación de “Magisterio” rehusando sin más admitir que son opiniones personales suyas. De otro modo, tendríamos que decir, con la ascensión al pontificado del Papa Francisco, que el Vicario de Cristo ha pasado los últimos cuatro años expresando todo tipo de opiniones falsas o dudosas tal y como está aquí documentado.

Por lo tanto, ¿no será por lo menos discutible razonablemente que sería bastante absurdo decir que el actual Vicario de Cristo reinante como tal ha contradicho a todos los anteriores Vicarios de Cristo? Si hay una contradicción, es entre un Papa hablando como teólogo particular y los Vicarios de Cristo precedentes, que enseñaron como Vicarios de Cristo. Cuando el Papa abusa de su poder al presentar opiniones personales como si fuesen Magisterio, arguye el Cardenal Burke, no está haciéndolo, estrictamente hablando, como Vicario de Cristo, aunque su abuso de poder tenga consecuencias terribles, de las cuales un Papa tan perverso es responsable.

La distinción propuesta por el Cardenal Burke, fijaos, está recogida en los pensamientos de los teólogos medievales:

“En la Edad Media, la Iglesia hablaba de dos cuerpos del Papa: el cuerpo del hombre y el cuerpo del Vicario de Cristo. De hecho, la vestidura papal tradicional, especialmente la mozzetta roja con la estola decorada con las figuras de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, representa visiblemente el verdadero cuerpo del Papa cuando él expone la doctrina de la Iglesia”.

Es revelador que, cuando Francisco apareció por primera vez en el balcón de San Pedro después de haber sido elegido, hasta el resolutamente “normalista” Vatican Insider admite que “cuando Marini colocó la mozzetta en Francisco, el Papa dijo simplemente: “Prefería que no lo hiciese’”.

Interpretadlo como queráis. Pero es evidente que tenemos a un Papa, tal vez instintivamente o hasta bajo la restricción negativa del Espíritu Santo, que evita aquel grado de formalismo o de lenguaje de autoridad en sus pronunciamientos que indicarían una verdadera intención como Vicario de Cristo de obligar a la Iglesia a aceptar sus insólitas opiniones.

En conclusión, parece razonable argüir – y es cierto que hay libertad para un debate – que las novedades del Papa Francisco no pueden ser, estrictamente hablando, atribuidas al Vicario de Cristo, opuesto a la persona del hombre que actualmente ocupa el cargo papal. Si no hubiese una tal distinción, tendríamos que decir que cada declaración de Francisco es del Vicario de Cristo en la Tierra, siempre que no diga expresamente: “esto es solamente mi opinión”. Esto llevaría hasta al absurdo, y, por lo tanto, es, para mucha gente, una erosión de la Fe en el Papa como Vicario de Cristo.




amigable a su impresora
Pagina inicial

imagemap for navigation Página inicial Mapa del sitio Contactar Buscar