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Perspectivas Sobre Fátima
Perspectivas sobre Fátima

El Cardenal Sarah sobre la Liturgia:

Un diagnóstico sincero seguido de una medicación fatal

por Christopher A. Ferrara
el 30 de agosto de 2017

En un reciente artículo sobre el estado de la liturgia en el periódico francés La Nef, con extractos en inglés del indispensable blog de Sandro Magister, el Cardenal Robert Sarah, Prefecto ahora neutralizado de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, presenta las admisiones “conservadoras” de costumbre sobre la catástrofe litúrgica que se ha desarrollado desde que la “reforma litúrgica” post-Vaticano II fue impuesta a la Iglesia. Las admisiones de costumbre son seguidas del rechazo “conservador” de costumbre de admitir que la “reforma” ha sido un error catastrófico que debería ser abandonado a favor del regreso a la tradición litúrgica. Peor todavía, el Cardenal Sarah prescribe una cura que sería peor que la enfermedad misma.

Primero, las admisiones. Aludiendo al motu proprio Summorum Pontificum, de Benedicto XVI, que “liberó” la Misa tradicional en latín de su falsa prohibición, bajo el pretexto fraudulento de que Pablo VI la había “prohibido”, el Cardenal Sarah declara: “Lejos de tratar simplemente la cuestión jurídica del estatus del antiguo Misal Romano, el motu proprio levanta la cuestión de la propia esencia de la liturgia y su lugar en la Iglesia. Lo que está en cuestión es el lugar de Dios, la primacía de Dios”.

¿Tendrá el Cardenal alguna idea de lo que acaba de admitir? Ha declarado implícitamente que el lugar y la primacía de Dios exigían la liberación de la Misa latina tradicional, que está con todo, es trise decirlo, reducida a lo que ahora se llama “la Forma Extraordinaria”. ¿Qué dice esto acerca de la nueva liturgia, la llamada “Forma Ordinaria” – creada por una comisión después del Concilio – la única innovación de este tipo en toda la historia de la Iglesia?

El Cardenal Sarah nos dice: “He aquí, pues, lo que la forma ordinaria debe redescubrir antes que nada: la primacía de Dios”. Entonces, ¡es la nueva liturgia, no la Misa tradicional, la que carece de la primacía de Dios! Siendo así, ¿por qué, en nombre de Dios, no admiten que es un fracaso catastrófico? ¿Cuándo ha sido, en toda la historia doble-milenaria de la Iglesia, que la liturgia ha dejado de comunicar la primacía de Dios? Sólo desde el Concilio Vaticano II, cuando un nuevo rito de Misa fue literalmente fabricado por una comisión y después impuesto en la Iglesia, apenas para desintegrarse rápidamente bajo el peso de mil opciones y abusos.

Con todo el debido respeto para con el Cardenal, es difícil no dejar de reír cuando leemos lo siguiente:

“Estoy convencido de que la liturgia puede enriquecerse con las actitudes sagradas que caracterizan a la forma extraordinaria, todas aquellas acciones que manifiestan nuestra adoración de la Sagrada Eucaristía: mantener los dedos juntos después de la consagración, doblar la rodilla antes de la elevación o después del ‘Per ipsum’, comulgar de rodillas, recibir la Comunión en la lengua y dejarnos alimentar como niños, tal como Dios mismo nos dice: ‘Yo soy el Señor vuestro Dios. Abrid vuestra boca y Yo la llenaré’ (Sal. 81:11). ‘Cuando nuestra mirada hacia Dios no es decisiva, todo el resto pierde su orientación’, nos dice Benedicto XVI. Lo contrario es también cierto: cuando perdemos la orientación hacia Dios del corazón y del cuerpo, dejamos de determinarnos con relación a Él, perdemos literalmente el sentido de la liturgia”.

Por lo tanto, el Cardenal está “convencido” de que sería una buena idea si la nueva Misa exhibiese las “actitudes sagradas que caracterizan a la forma extraordinaria” reflejadas en “aquellas acciones que manifiestan nuestra adoración de la Sagrada Eucaristía”, todas y cada una de ellas siendo parte integrante de la Misa tradicional; porque sin esas actitudes y acciones “perdemos literalmente el sentido de la liturgia”.

¿Podrá haber una acusación implícita más arrasadora de la “renovación litúrgica” que la observación de que ha venido a ser una carencia de actitudes y acciones sagradas que han causado la pérdida del sentido de aquello que es la liturgia?

Pero después de eso viene – lo digo con toda franqueza – una receta absurda para la enfermedad litúrgica, ya admitida como que ha sido una catástrofe: “Porque hay una continuidad y unidad profundas entre una y otra forma del Rito Romano, ambas formas tienen necesariamente que iluminarse y enriquecerse la una a la otra”.

¿Qué? ¿Cómo puede haber una “continuidad y unidad profundas” entre la Misa tradicional y la nueva Misa, cuando, tal y como el Cardenal mismo admite, “la nueva Misa tiene que “descubrir…la primacía de Dios”; cuando le faltan “las actitudes sagradas que caracterizan a la forma extraordinaria”, y cuando ha conducido a una situación en el que “perdemos literalmente el sentido de la liturgia”?

Además de eso, ¿cómo puede la nueva liturgia y la Misa tradicional “enriquecerse la una a la otra”, cuando la nueva liturgia, tal y como el Cardenal mismo admite, está desacralizada y empobrecida en comparación con la liturgia tradicional? La afirmación de que hay continuidad y unidad es claramente insustentable. Nunca antes en la Historia de la Iglesia, ha existido una liturgia tan insólita que se hubiese inventado a partir de la nada. Todos los ritos de la Iglesia recibidos y aprobados a través de los siglos han sido tradicionales – o sea, transmitidos a través de los tiempos – y no creaciones nuevas. La situación que el Cardenal describe solo se puede llamar ruptura. De hecho, escribiendo aún como el “conservador” Cardenal Ratzinger, Benedicto XVI llamó la imposición del nuevo Misal “una fractura en la Historia de la Liturgia que sólo puede acabar en trágicas consecuencias”.

Y, no obstante, por increíble que parezca, el Cardenal Sarah recomienda que, “con la ayuda del Espíritu Santo, examinemos con oración y con estudio cómo volver a un rito común reformado, siempre por el bien de reconciliación dentro de la Iglesia”. Esto – insiste él – exigiría que “los calendarios litúrgicos pudiesen ser harmonizados” así como “una convergencia de leccionarios”, significando esto que la Misa tradicional sería sometida a la destrucción insana del calendario litúrgico tradicional, cosa que hasta el Cardenal Ratzinger lamentó:

“una de las debilidades de la reforma litúrgica postconciliar indudablemente se debe a la estrategia secretarial de los académicos, que rápidamente inventó, en papal, aquello que, en verdad, presupondría años de crecimiento orgánico. El ejemplo más flagrante de esto es la reforma del calendario: los responsables de la reforma ni siquiera se dieron cuenta de cuánto las diversas festividades anuales habían influenciado en la relación de los pueblos cristianos con el tiempo […] haciendo caso omiso a una ley fundamental de la vida religiosa”.

En resumen: la receta del Cardenal Sarah para curar la catástrofe litúrgica es combinar la nueva liturgia que causó el desastre, con la liturgia tradicional que ha escapado su devastación. ¡Si el Cardenal fuese un médico y estuviese tratando a uno de sus enfermos, le sería revocada su licencia de ejercer medicina por recitar medicamentos fatales!

Es así la crisis sin precedentes que ahora sufre la Iglesia: hasta aquellos que ven la crisis, son ciegos – o se han hecho a sí mismos ciegos – cuanto a las causas. Y esta misma ceguera de los Pastores de almas es parte, indudablemente, de aquello que el Tercer Secreto de Fátima vaticina, en su texto integral.




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