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Perspectivas Sobre Fátima
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La apostasía es el resultado del ecumenismo

por Christopher A. Ferrara
el 15 de septiembre de 2017

Tal y Como Gloria TV informa (citando orf.at), el super-modernista Cardenal Walter Kasper, cuya falsa noción de la “misericordia” ha animado todo el proyecto de la Sagrada Comunión para adúlteros públicos, acaba de afirmar que “hoy en día ya no hay diferencias significativas entre protestantes y católicos: son todos cristianos…”

Este comentario, como se comprende, ha provocado indignación entre los católicos ortodoxos, pero, pensándolo bien, hay que reconocer que es ni más ni menos que una afirmación de lo que es obvio. Es decir, hoy en día, como demuestran consistentemente las encuestas de opinión, los católicos en general son efectivamente protestantes en cuanto a su adherencia a la doctrina de la Iglesia sobre la Fe y la Moral, particularmente en cuestiones que pertenecen a la Moral sexual, incluso hasta la aceptación del aborto en “algunos casos”. Peor todavía, en lo que se refiere al matrimonio y a la homosexualidad, el católico típico de hoy es más liberal aún que los protestantes evangélicos conservadores, cuya Declaración de Nashville, de la que he hablado en mi último artículo, ciertamente no sería aprobada por la mayoría de los católicos promedios. Por ejemplo, tal y como Life site News informa, “dos de cada tres católicos – un espantoso 67% – dicen en la encuesta del Pew Poll Surveyors, que ahora están a favor de las uniones homosexuales”.

Esta “conversión” de facto de católicos al protestantismo liberal era grandemente previsible. En efecto, el Papa Pio XI ya la previó en los años veinte en su condena del “movimiento ecuménico” de origen protestante. Al prohibir la participación de los católicos en este movimiento subversivo, Pio XI dio este aviso, en su Encíclica fundamental Mortalium animos (1928):

“Esta iniciativa es promovida en una manera tan activa que, de muchos modos, consigue para sí la adherencia de los ciudadanos en muchos lugares y arrebata las mentes, hasta de muchos católicos, seduciéndolos por la esperanza de realizar una unión que parecería de acuerdo con los deseos de Santa Madre la Iglesia, Quien, realmente, quiere de todo corazón reconvocar y reconducir a los fieles desviados a su seno. Pero en realidad, bajo las atracciones y el agrado de estas palabras se oculta un gravísimo error por el cual son totalmente destruidos los fundamentos de la fe”.

El error en cuestión es aquello de reducir las diferencias entre católicos y protestantes a cuestiones meramente abiertas a discusión y que son puestas de lado a favor del “diálogo ecuménico” basado en verdades supuestamente más fundamentales. Como explicó Pio XI:

“Sería necesario pues – dicen – que, suprimiendo y dejando a un lado las controversias y variaciones rancias de opiniones, que han dividido hasta hoy a la familia cristiana, se formule, se proponga con las doctrinas restantes una norma común de fe, con cuya profesión puedan todos no ya reconocerse, sino sentirse hermanos. Y cuando las múltiples iglesias o comunidades estén unidas por un pacto universal, entonces será cuando puedan resistir sólida y fructuosamente los avances de la impiedad”.

En otras palabras, el “movimiento ecuménico” llevaría inexorablemente a la aceptación por parte de los católicos de una forma de menor denominador común del cristianismo, siendo el denominador determinado por la inflexible disminución moral y espiritual de las sectas protestantes, cuyos adherentes no están en lo más mínimo interesados en someterse a la autoridad del Papa y al Magisterio.

Pero, haciendo caso omiso al aviso profético de Pio XI, las fuerzas progresistas en el Concilio Vaticano II consiguieron obtener el apoyo conciliar precisamente del “movimiento ecuménico” a través del documento Unitatis redintegratio, que aprobó abruptamente la participación de los católicos en el movimiento que Pio XI había condenado apenas 35 años antes. Se siguieron múltiples encuentros, liturgias y otros gestos “ecuménicos” que colocaron a la Iglesia católica en el mismo pie de igualdad que las sectas protestantes que han llegado a negar no solo verdades reveladas como hasta preceptos de la ley natural en cuanto al matrimonio, la procreación y la santidad de la vida humana en todas sus fases.

Y ahora vemos el resultado final de aquel error desastroso de juicio prudencial, tal y como vaticinó Pio XI:

“Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo”.

E, ironía de ironías, hoy los protestantes conservadores (como los luteranos del Sínodo de Missouri) no quieren tener nada que ver con la locura demostrada por el Vaticano en la busca del “ecumenismo católico” con las sectas protestantes principales que están evidentemente degeneradas, tal como los excéntricos anglicanos, precisamente porque los protestantes más conservadores rechazan el indiferentismo religioso que el “ecumenismo” necesariamente implica.

El resultado final del “ecumenismo” – y, en efecto, de toda la “apertura al mundo” que se siguió al Vaticano II – fue descrito por Juan Pablo II en su Exhortación apostólica sobre el estado de la Fe en Europa, aunque nunca hubiese admitido la culpa de la jerarquía de la Iglesia en su ruinosa adopción de exactamente aquello que el Papa Pío XI había condenado. Dijo Juan Pablo II: “La cultura europea da una impresión de ‘apostasía silenciosa’ por parte de personas que tienen todo que necesitan y que viven como si Dios no existiese”. Pero ¿habría dejado de señalar Juan Pablo II el papel del liderazgo eclesiástico mismo en su renuncia programática a la función divinamente nombrada de la Iglesia como la única arca de salvación, incitando así a los miembros de su propia grey a abandonar la barca?

¿Cuándo admitirá el liderazgo eclesiástico que la experimentación de la novedad del medio-siglo pasado ha resultado en un descalabro total, que ha producido la peor crisis en la historia de la Iglesia? Sólo cuando triunfe el Inmaculado Corazón de María, tras la Consagración de Rusia hecha en obediencia al mandato divino. 

 


NOTA DEL TRADUCTOR: La traducción española oficial de la muy significativa encíclica Mortalium Animos no está disponible de la página web del Vaticano. Y este párrafo citado aquí se ha omitido de dos otras traducciones españolas de Mortalium Animo que hemos visto publicadas en otras páginas web. La traducción de este párrafo omitido es nuestra.  



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