Perspectivas sobre Fátima

Sobre la Corrección Filial

por Christopher A. Ferrara
el 26 de septiembre de 2017

Cuando decidí ser uno de los firmantes de la Corrección Filial (Correctio Filialis) del Papa Francisco – que, para mi sorpresa, tuvo una publicación bastante grande a escala mundial en los medios de comunicación laicos – lo hice con cierto temblor. No por ser “un simple laico”, como si los miembros del laicado no tuviesen el derecho de hablar en defensa de la Fe. La Iglesia católica no es una especie de secta gnóstica, cuyos principios están determinados por un círculo interno de iniciados comandados por un Oráculo de Roma, que anuncia regularmente lo que la masa de los miembros de la secta debe creer hoy, opuesto a lo de ayer. Le basta a cualquier simple laico que esté catequizado adecuadamente, incluso a mi mismo, mirar una proposición o práctica para reconocer que no es católica. Este es el significado del sensus catholicus de los fieles laicos.

No, mi temblor viene de comprender que este esfuerzo es realmente algo que debería haber venido de los miembros de la alta jerarquía, y por encima de todo de los Cardenales. Supongamos que, en vez de 62 laicos y sacerdotes (los firmantes originales), 62 miembros del Colegio de los Cardenales hubiesen firmado la Correctio. No restan dudas de que el poderío del Papa Francisco habría sido detenido de inmediato, porque la oposición de 62 Cardenales nunca podría  habérsele hecho caso omiso, como así ocurrió con la Correctio por parte de los aliados progresistas del Papa, que olfatearon la carta para enterarse de que nadie de gran peso en la Iglesia la había firmado. (El Obispo Fellay, de la Sociedad de San Pio X y el Obispo René Henry Gracida, Obispo emérito de Corpus Christi, han añadido sus nombres como firmantes. ¡Qué Dios los bendiga por eso!)

 Considerad las “proposiciones falsas y heréticas” siguientes, que, como dice la Correctio, “Vuestra Santidad ha defendido, directa o indirectamente, no queriendo nosotros juzgar en qué grado de conciencia, tanto por el cargo público como por el acto particular [y] propagado” en la Iglesia. El Papa lo ha hecho con Amoris Laetitia (AL), en especial el Capítulo 8, y con sus declaraciones orales y escritas en apoyo de las proposiciones, estando todas ellas documentadas en la Correctio:

  1. “Una persona justificada no tiene la fuerza, con la gracia de Dios, de llevar a cabo las exigencias objetivas de la ley divina, como si cualquiera de los Mandamientos de Dios fuesen imposibles para los justificados, o queriendo decir que la gracia de Dios, cuando produce justificación en un individuo, no produce invariablemente y por su naturaleza una conversión de todos los pecados graves, o no es suficiente para una conversión de todos los pecados graves”.
  2. “Los Cristianos que han obtenido un divorcio civil del cónyuge con quien están válidamente casados y han contraído matrimonio civil con otra persona durante la vida de su cónyuge, que viven more uxorio con su coparticipe civil, y que deciden mantenerse en este estado con pleno conocimiento de la naturaleza de su acto y pleno consentimiento de la voluntad para ese acto, no están necesariamente en estado de pecado mortal, y pueden recibir la gracia santificante y crecer en caridad”.
  3. “Un creyente cristiano puede tener pleno conocimiento de una ley divina y decidir voluntariamente transgredirla en un asunto grave, pero no estar en estado de pecado mortal como consecuencia de esa acción”.
  4. “Una persona, al obedecer una prohibición divina, puede pecar contra Dios debido a ese acto de obediencia”.
  5. “La conciencia puede juzgar en verdad y rectitud que los actos sexuales entre personas que han contraído matrimonio civil entre sí, aunque uno o ambos estén casados sacramentalmente con otra persona, pueden ser a veces moralmente ciertos o hasta ordenados por Dios”.
  6. “Los principios morales y las verdades morales contenidas en la revelación divina y en la ley natural no incluyen prohibiciones negativas que prohíben absolutamente ciertos tipos de actos, en la medida en que son siempre gravemente ilegales a causa de su objeto”.
  7. “Nuestro Señor Jesucristo quiere que la Iglesia abandone su disciplina perenne de rehusar la Eucaristía a los divorciados y re-casados y de rehusar la absolución a los divorciados y re-casados que no expresan contrición por su estado de vida y un firme propósito de enmienda respecto a él”.

Los cuatro Cardenales (de que solo quedan dos) que entregaron sus dubia con respecto a AL presentaron estas proposiciones en la forma de preguntas sobre si el Papa intentaba propagarlas o hacer que fuesen propagadas bajo la alegada autoridad de AL. El Papa, por sus palabras y actos, respondió afirmativamente al mismo tiempo que evitó dar una respuesta directa. Esto es equivalente a un “magisterio” por subterfugio, que, por supuesto, no es el Magisterio de la Iglesia católica.

Entonces, ¿dónde están los Cardenales? ¿Cómo explicar la misteriosa negativa de todos ellos de no decir ni una palabra contra un Pontífice Romano perverso, cuyo liderazgo en la Iglesia, tal y como un importante comentador laico ha observado tan a propósito, “ha llegado a ser un peligro para la Fe”?  Ciertamente muchos de ellos saben que así es y están llenos de pavor por todo lo que todos nosotros estamos atestiguando. Sin embargo, todos guardan silencio.

No habrá solución dentro del elemento humano de la Iglesia para la crisis del Desastre Francisco sin la asistencia del Colegio de Cardenales. Faltando eso, la única solución tendría que ser una intervención divina directa en la forma más dramática. Mientras tanto, los miembros más humildes de la Iglesia están haciendo lo que pueden y están obligados a hacerlo en virtud de sus compromisos de Confirmación.