Perspectivas sobre Fátima

El disparate ecuménico:
"Lo que nos une es más que lo que nos divide"

por Christopher A. Ferrara
el 31 de octubre de 2017

La actual crisis sin paralelo de la Iglesia es en gran parte resultado (para no hablar de la totalmente desastrosa “reforma litúrgica”) de la proliferación de pseudo-doctrinas, eslóganes y palabras pegadizas del pensamiento postconciliar. Se cuenta entre estas el “ecumenismo” (un neologismo esencialmente desprovisto de sentido) y su absurdo mantra con respecto a los “copartícipes en el diálogo ecuménico” protestantes, o sea: “Lo que nos une es más que lo que nos divide”.

El eslogan viola manifiestamente el primer principio del pensamiento racional: la ley de la no-contradicción, que dice que una cosa no puede estar y no estar al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Por ejemplo, el agua corriente puede hacerse hielo, pero no puede ser hielo y agua corriente al mismo tiempo.

El eslogan ecuménico presenta la noción disparatada de que los católicos y los protestantes están simultáneamente unidos y divididos, que no es lo mismo que decir que los católicos y los protestantes están en concordancia sobre uno u otro punto aislado de doctrina sin estar unidos en la misma religión. Es decir, la palabra “unidos” está siendo abusada para sugerir una unidad que no existe ni puede existir mientras los protestantes se mantengan fuera de la Iglesia que Cristo ha fundado, la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, que se identifica como el Cuerpo Místico de Cristo.

Como explicó el Papa Pio XII en su encíclica fundamental sobre el Cuerpo Místico de Cristo:

Pero entre los miembros de la Iglesia sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo, y, profesando la verdadera fe, no se hayan separado, miserablemente, ellos mismos, de la contextura del Cuerpo, ni hayan sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas. ‘Porque todos nosotros’ -dice el Apóstol- ‘somos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo Cuerpo, ya seamos judíos, ya gentiles, ya esclavos, ya libres’.

Así que, como en la verdadera congregación de los fieles existe un solo Cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor y un solo Bautismo, así no puede haber sino una sola fe y, por lo tanto, quien rehusare oír a la Iglesia, según el mandato del Señor, ha de ser tenido por gentil y publicano. Por lo cual, los que están separados entre sí por la fe o por la autoridad, no pueden vivir en este único Cuerpo, ni tampoco, por lo tanto, de este su único Espíritu.

Esta ha sido la enseñanza constante de la Iglesia: que fuera de ella no hay unidad cristiana, y que los protestantes no forman parte de su unidad a pesar de cualquier bautismo válido que pudiesen haber recibido de la mano de algún ministro acatólico. Recordad la enseñanza de Pio XI sobre este asunto: “la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron”.

Es decir, sin el regreso de los disidentes a la única verdadera Iglesia, no hay unidad con ellos. Por eso, aludiendo a la enseñanza de su predecesor, Pio XII insistió en su instrucción con respecto al “movimiento ecuménico” que los obispos “deben refrenar aquella manera peligrosa de hablar que engendra opiniones falsas y esperanzas erróneas incapaces de realización; por ejemplo, en el hecho de que no se debería dar demasiada importancia a las enseñanzas de las Encíclicas de los Pontífices Romanos sobre el regreso de los disidentes a la Iglesia, sobre la constitución de la Iglesia, sobre el Cuerpo Místico de Cristo…”

Pero son precisamente “esperanzas erróneas incapaces de realización” que animan la empresa fútil del “ecumenismo católico” con su suspensión de la ley de no-contradicción para postular el absurdo de la unidad delante de la división irreconciliable.

El total disparate ecuménico en el pensamiento del clero postconciliar es, precisamente, una señal de la “desorientación diabólica” en el seno de la Jerarquía – asunto sobre el cual Sor Lucía habló, a la luz del Mensaje de Fátima y del Tercer Secreto en particular. Considerando el caos que el “ecumenismo” ha desencadenado en la Iglesia a lo largo de los últimos 50 años – con el Romano Pontífice mismo abrazando a una de las “obispas” luteranas en una falsa exhibición de “unidad” donde no habría posibilidad de existir unidad ninguna – ¿no podemos decir que el ecumenismo es, literalmente, una obra del Demonio?