Perspectivas sobre Fátima

¿Se habrá asociado el Cardenal Müller a la brigada casuística?
1º parte
Seguid el doble lenguaje del comentario

por Christopher A. Ferrara
el 10 de noviembre de 2017

La palabra casuística tiene dos sentidos: “(1) la resolución de casos específicos de conciencia, deber o conducta a través de interpretaciones de principios éticos o doctrina religiosa, y (2) argumento engañoso”.

Es muy fácil para el primer sentido desagregarse en el segundo, especialmente cuando se trata de un principio ético que es un precepto negativo de la ley natural sobre actos intrínsecamente perversos, que son malos siempre y en todas partes, sea lo que sea la situación en que ocurren. Es eso el caso de los defensores persistentes del Capítulo 8 de Amoris Laetitia (AL), que abre la puerta a la absolución y a la Sagrada Comunión para adúlteros públicos en “segundos matrimonios” en base a la “complejidad concreta de los límites de cada uno” (AL 303), que “limita” – en la categoría amorfa de “ciertos casos” – y supuestamente reduce el pecado mortal objetivo del adulterio al nivel meramente venial y que, por lo tanto, no es motivo de exclusión de los Sacramentos.

Está claro que esto es simplemente la ética situacional disfrazada con una verbosidad vacía de sentido sobre “situaciones concretas” de la vida, como si cualquier situación de la vida no fuese concreta. Pero, tal y como Juan Pablo II enseña en Veritatis Splendor, apelar a la “realidad concreta” para superar preceptos morales que no admiten excepción, es absolutamente inadmisible:

“Para justificar semejantes posturas, algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general [Énfasis en el original]y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones ‘pastorales’ contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica ‘creativa’, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular. [Énfasis añadido]

“Con estos planteamientos se pone en discusión la identidad misma de la conciencia moral ante la libertad del hombre y ante la ley de Dios. Sólo la clarificación hecha anteriormente sobre la relación entre libertad y ley basada en la verdad hace posible el discernimiento sobre esta interpretación ‘creativade la conciencia…

“Pero los preceptos morales negativos, es decir, los que prohíben algunos actos o comportamientos concretos como intrínsecamente malos, no admiten ninguna excepción legítima; no dejan ningún espacio moralmente aceptable para la creatividad de alguna determinación contraria. Una vez reconocida concretamente la especie moral de una acción prohibida por una norma universal, el acto moralmente bueno es sólo aquel que obedece a la ley moral y se abstiene de la acción que dicha ley prohíbe”.

Así, es triste ver que el Cardenal Gerhard Müller, después de haber sido despedido por ser inconveniente como jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, parece haberse unido a la brigada casuística en la defensa del engaño de la “complejidad concreta” de AL. En un prefacio a un libro de Rocco Buttiglione, que ha sido aplaudido por los progresistas como repudiando las dubia de los Cuatro Cardenales sobre la tentativa de AL de introducir la ética situacional en la teología moral católica, Müller presenta una argumentación digna de los Fariseos: declara que los “pecados del espíritu pueden ser más graves que los pecados de la carne. El orgullo espiritual y la avaricia introducen en la vida religiosa y moral un trastorno más profundo que la impureza que resulta de las debilidades humanas.”

Esto es sofistería moral. No hay una línea clara entre los “pecados del espíritu” y los “pecados de la carne”, ni una clasificación de los primeros como peores que los segundos. En primer lugar, los disturbios espirituales y los pecados de la carne andan juntos, y el orgullo está muchas veces implicado – precisamente como vemos en el caso de los que insisten que sus “segundos matrimonios” son uniones válidas y que ellos tienen derecho a los Sacramentos mientras continúan practicando aquello que Nuestro Señor llama adulterio sin excepción. Y la sugerencia de que el pecado de la avaricia es un pecado “espiritual” peor que un pecado “carnal” de cometer adulterio con la mujer del vecino nos da ganas de reír, porque el adulterio implica tanto la avaricia como la lujuria. Y ¿En base a qué cabe suponer que tenemos que creer que cometer adulterio con la mujer del vecino es menos grave que codiciar el coche llamativo del vecino?

Müller muestra aquí la tendencia espantosa del actual pontificado: disculpar o minimizar la gravedad de violaciones contra el VI Mandamiento. Pero Nuestra Señora de Fátima avisó a los videntes que “los pecados que llevan más almas al Infierno son los pecados de la carne” porque esos pecados se cometen más vulgarmente y están mucho menos frecuentemente sujetos al arrepentimiento antes de la muerte. Increíblemente, Müller presta su nombre al favorecimiento de tales pecados en nombre de “debilidades humanas”, como si la asistencia de la gracia de Dios ni siquiera formase parte de la situación.

El prefacio de Müller arguye también a favor de una búsqueda puramente casuística – en el sentido peyorativo – de excusas para la continuación de una relación adúltera. Escribe lo siguiente:

“Individualmente, los cristianos pueden encontrarse, pero no por su culpa, en la dura crisis de ser abandonados y no pueden encontrar ningún otro camino que no sea confiar en una persona de buen corazón, y el resultado es una relación semejante al matrimonio. Es necesario un discernimiento espiritual especial del foro interno del confesor para encontrar un camino de conversión y reorientación a Cristo que esté cierto para la persona y que va más allá de una adaptación fácil al espíritu relativista de la época o de una aplicación fría de preceptos dogmáticos y disposiciones canónicas, a la luz de la verdad del Evangelio y con la ayuda de la gracia interior”.

Fijaos en la clásica caricatura modernista de la doctrina de la Iglesia: “una aplicación fría de preceptos dogmáticos y disposiciones canónicas”, como si fuese una cosa fría y sin misericordia informar a un penitente sobre la doctrina sin excepciones de Nuestro Señor sobre la indisolubilidad del matrimonio: “Cualquiera que repudia a su mujer, y se casa con otra, comete adulterio y lo comete también el que se casa con la repudiada por su marido”. (Lucas 16:18) El VI Mandamiento no permite excepciones para una esposa abandonada que pretende casarse con otro, manteniendo así de su libre voluntad relaciones sexuales fuera del matrimonio con un copartícipe en el adulterio, relaciones esas que son intrínsecamente perversas – condenadas siempre y en todas partes – sea lo que sea la justificación pretendida. Si fuese de otro modo, los Mandamientos quedarían reducidos a meros puntos de referencia para las personas de virtudes heroicas y, por lo tanto, dejarían de ser la ley moral en sí.

La apelación al caso difícil es camuflaje para infiltrar la proposición general de que las personas que quisieran persuadir a un sacerdote en el confesionario de que son adúlteros “disculpados”, dadas sus “circunstancias concretas”, pueden recibir la absolución y la Sagrada Comunión, mientras que a otros adúlteros se continuaría negando los Sacramentos si sus excusas no son suficientemente buenas. Müller adopta precisamente la “adaptación fácil al espíritu relativista de la época” que él finge deplorar. Pero ¿cuándo ha ocurrido que un confesor ha desempeñado el papel de “discernir” a los “buenos” adúlteros de los “malos” adúlteros en el confesionario? Nunca en la historia de la Iglesia. Nunca, es decir, hasta la publicación de AL.

En un ejercicio supremo de casuística farisaica, el prefacio de Müller sugiere que en el “foro interno” un sacerdote podría admitir a los Sacramentos a una persona que estuviese convencida de que su “primer matrimonio” en la Iglesia es inválido, aun si “eso no puede ser probado canónicamente debido al contexto material o debido a la cultura de la mentalidad dominante” – sea lo que sea lo que quiere decir esto. Esencialmente, Müller arguye a favor de la equivalencia efectiva de las “anulaciones auto-decretadas” sin proceso canónico, a un divorcio católico – ¡realizado en un lugar no menos santo que el confesionario!

Cuando el antiguo jefe del departamento doctrinal del Vaticano favorece un tal disparate casuístico para defender un solo documento erróneo emitido por un Papa claramente desorientado, documento ese que está en oposición a toda la Tradición y aún en contra de las enseñanzas de los dos antecesores inmediatos del Papa Francisco, ya no es posible negar que la Iglesia está en medio de la fase más aguda de lo que ya era la peor crisis de su historia.   

Encontramos aquí aquello que el Papa Benedicto XVI ha admitido ser la parte más seria del Tercer Secreto de Fátima: no la ejecución de un Papa en una colina en las afueras de una ciudad arruinada, que es simplemente la consecuencia, sino más bien a un ataque contra la Iglesia librado desde dentro por el pecado desenfrenado en su elemento humano, culminando en la escena apocalíptica de la visión del “Obispo vestido de blanco”. Era esto lo que Sor Lucía quería decir cuando vaticinó: “la batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será a causa del matrimonio y de la familia”.