Perspectivas sobre Fátima

La polémica indigna del Cardenal Müller

por Christopher A. Ferrara
el 1 de diciembre de 2017

Habiéndo rehusado consistentemente en tomar una posición clara sobre lo que él debe saber que son los errores de Amoris Laetitia (AL) y sus resultados catastróficos en la práctica, el Cardenal Gerhard Müller, despedido sin ceremonia por Francisco del liderazgo de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), continua a seguir una táctica polémica muy irritante: declarar erróneamente el asunto y después tratar del asunto como si él fuese citado erróneamente.

Así, en una entrevista reciente al Corriere della Sera (traducida por Rorate Caeli), el Cardenal se queja de que hay “una frente de grupos tradicionalistas, así como sucede con los progresistas, a quienes les gustaría verme como jefe de un movimiento contra el Papa. Pero yo nunca lo haré. He servido a la Iglesia con amor durante 40 años como sacerdote, 16 años como profesor universitario de Teología Dogmática y 10 años como Obispo diocesano. Creo en la unidad de la Iglesia y no permitiré que nadie explote mis experiencias negativas de los meses recientes”.

Claro que el problema con AL, así como las “experiencias negativas de los meses recientes” del Cardenal que se refieren precisamente a AL, no tienen nada que ver con alguna “frente” “tradicionalista” o progresista, ni con invitación alguna hecha al Cardenal de asociarse a un “movimiento contra el Papa”. El único movimiento al que el Cardenal es invitado a asociarse es el de la verdad sobre la indisolubilidad del matrimonio y la santidad del Santísimo Sacramento, que están siendo ambos socavados por AL y por su implementación, como el Cardenal sabe muy bien.

El verdadero punto de la cuestión es la oposición al error, y no la oposición al Papa por sí sola. Es el lastre del error que tiene su origen directo en AL que ahora amenaza la unidad de la Iglesia, y no un “movimiento contra el Papa” que el Cardenal imagina que está siendo invitado a asociarse, por un imaginario “frente de grupos tradicionalistas”, que no es más que un espantajo polémico.

El Cardenal sabe esto, por supuesto. Y es por esta razón que, en la misma entrevista, dice en seguida que “las autoridades de la Iglesia, por otro lado, necesitan escuchar a los que tienen preguntas serias o quejas justificadas; no haciéndoles caso omiso o, peor aún, humillándolos. De otro modo, inadvertidamente, el riesgo de una separación lenta que podría llevar a un cisma puede aumentar, de una porción desorientada y desilusionada del mundo católico. La historia del Cisma Protestante de Martín Lutero, de hace 500 años, debería enseñarnos, sobre todo, los errores que deberíamos evitar”.

Pero son exactamente estos miembros de los fieles “que tienen preguntas serias o quejas justificadas” sobre AL y otros aspectos de este papado quienes constituyen lo que el Cardenal simultáneamente desacredita como un “frente de grupos tradicionalistas”, mientras apoya incoherentemente su objetivo. Y no son ellos quienes defienden la doctrina de la Iglesia, sino los que la socavan, quienes corren el “riesgo de una separación lenta que puede llevar a un cisma”. De hecho, este último grupo es el auténtico “movimiento contra el Papa” en términos de intentar destruir la credibilidad del Oficio Petrino por alabar los errores de AL.

Müller mismo admite en la misma entrevista que “Melchior Cano, teólogo del Siglo XVI, [dijo] que los verdaderos amigos no son los que lisonjean el Papa, sino los que lo ayudan con la verdad y la competencia teológica y humana”. Pero él caricaturiza a los que rehúsan lisonjear al Papa, pero que con bastante franqueza se oponen a sus errores, como un “frente de grupos tradicionalistas” que representa un “movimiento contra el Papa”.

Continuando con esta polémica incoherente, el Cardenal dice a continuación: “Las tensiones en la Iglesia resultan del contraste entre un frente tradicionalista extremista en algunas páginas de internet, y un frente progresista igualmente exagerado que hoy procura presentarse como super-papista”.

¡Qué disparate! Las “tensiones en la Iglesia” han sido creadas por AL y por su autor, que está determinado a implementar su interpretación liberal sobre el modo de admitir adúlteros públicos y otros en “situaciones irregulares” (es decir, aquellos que viven en pecado) a la Sagrada Comunión, como él hizo cuando era Arzobispo de Buenos Aires. El resultado es que en algunas diócesis lo que es objetivamente un pecado mortal se ha hecho de repente “misericordia”, mientras que en otras continua siguiéndose la doctrina constante de la Iglesia. Es Francisco, y no los “tradicionalistas extremistas”, quien es la fuente de esta división sin precedentes en la Iglesia.

A quienes el Cardenal humilla como “tradicionalistas extremistas” – al mismo tiempo que arguye que “no deben ser humillados” ¡por expresar sus preocupaciones! – están apenas señalando la realidad de la situación que AL ha engendrado. Por otro lado, los progresistas, en desacuerdo perpetuo sobre una doctrina u otra, han descubierto de repente una lealtad ciega al Papa precisamente porque él ha prestado su nombre a la propagación de los errores que ellos favorecen – los mismos errores que Müller mismo reconoce, mientras finge que no han emanado de Francisco y de su desdichado documento. Pero Müller presenta deshonestamente una falsa equivalencia moral entre los católicos fieles, que se oponen al error y los católicos infieles que lo aplauden.

Yo, por mi parte, estoy harto de esta doble charla mañosa del Cardenal Müller, que le permite condenar a los católicos de corte tradicional al mismo tiempo que apoya sin entusiasmo su posición. Con líderes como estos, que más parecen políticos que Príncipes de la Iglesia, no hay esperanza, humanamente hablando, de una restauración eclesial. Nuestra esperanza se halla en la intercesión de la Madre de Dios que previó este desastre cuando se apareció en Fátima con un mensaje de aviso para la Iglesia y para el mundo.