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Perspectivas Sobre Fátima
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Plaga de positivismo eclesial:
No hay verdad, sólo ley

por Christopher A. Ferrara
el 6 de diciembre de 2017

En mi artículo del 4 de diciembre, desafié a los “normalistas” a que expliquen cómo pueden continuar con su narrativa de “todo aún está bien” ahora que el Papa Francisco ha puesto la etiqueta de “Magisterio autentico” en su carta “particular” que aprobaba las directrices de los Obispos de Buenos Aires a autorizar, de acuerdo con Amoris Laetitia (AL), la absolución y la Sagrada Comunión para los adúlteros públicos en “segundos matrimonios” según los criterios nebulosos e imprecisos de las “circunstancias complejas” y de un “camino de discernimiento”. Resumiendo, es una moralidad de ética situacional para violaciones del Sexto Mandamiento, y con esto una amenaza contra todo el edificio moral de la enseñanza católica en cuanto a todos los Mandamientos.

Es triste constatar que el respectado canonista Ed Peters ha dado una respuesta verdaderamente miserable al desafío de enfrentar este desastre sin precedentes. En su blog, se retira a la última trinchera, al escribir que “Es crucial comprender que, hoy, lo que verdaderamente impide a los ministros de la Sagrada Comunión distribuir la Eucaristía a católicos divorciados y re-casados es el Canon 915 y la interpretación universal y unánime de aquel texto legislativo, que tiene raíces en la ley divina, y que siempre imperó”. Como estipula el referido Canon:

“Quien haya sido excomulgado o interdicho después la imposición o declaración de pena y otros que perseveren obstinadamente en pecado grave manifiesto no serán admitidos a la Sagrada Comunión”.

Volviendo a la tentativa de Francisco de crear excepciones a la realidad moral y sacramental, que el Canon meramente reflecte como un asunto de la ley divina, Peters arguye: “a menos que, y hasta que, esa ley sea revocada o modificada por la acción legislativa papal o es, en efecto, neutralizada por una ‘interpretación autentica’ aprobada pontificalmente (1983 CIC 16), el Canon 915 se mantiene y, como tal, obliga a los ministros de la Sagrada Comunión”.

Así, continua Peters, visto que “[e]n la carta del Papa a los argentinos, ni el documento de los Obispos argentinos, ni siquiera Amoris Laetitia mencionan el Canon 915, estos documentos, por si solos, no abrogan o interpretan auténticamente esta norma del Código de Derecho Canónico”, a los ministros sagrados aún les está prohibido admitir a adúlteros públicos a la Sagrada Comunión, visto que el Papa Francisco no ha “revocado o modificado” el Canon 915. Sin embargo, Peters concluye lamentablemente: “Me gustaría que el Canon 915 no fuese el único baluarte [énfasis mío] contra el abandono de la Eucaristía a los caprichos de las conciencias individuales, muchas veces malformadas”.

¿En serio? ¿Entonces Peters no nota que él mismo liga la prohibición en el Canon 915 a la ley divina y que cita la interpretación “unánime y universal” del Canon por la Iglesia pre-Francisco según la ley divina? ¿Estará Peters sugiriendo seriamente que Francisco tendría el poder de “revocar o modificar” la misma norma, enraizada en la ley divina, que su propio antecesor declaró ser “sin excepciones”, que es decir que es irrevocable, precisamente porque está enraizada en la ley divina? ¿El Papa ahora será considerado Dios – un Dios que cambia de opinión? O, como Francisco ha dicho, ¿un “Dios de sorpresas” que habla a través de un Papa que sería una especie de Oráculo de Roma?

Lo que tenemos aquí es un ejemplo clásico de la plaga de positivismo legal en la Iglesia: es decir, la filosofía de la ley que considera apenas la mera existencia de una ley afirmada por la autoridad para determinar su validez y efecto obligatorio, sin preocuparse con la verdad y el fin de virtud que una ley debe servir para ser válida. Es puro positivismo legal sugerir, como Peters hace, que un simple Canon en un Código de Derecho Canónico es “el último baluarte” contra “el abandono de la Eucaristía a los caprichos de las conciencias individuales, muchas veces mal-informadas”, pero que el Papa Francisco puede revocar o modificar el Canon para alcanzar ese abandono.

En verdad, el único baluarte contra la profanación y sacrilegio que Francisco está intentando esconder con la etiqueta falsa y engañadora de “Magisterio autentico” es la ley de Dios, y no el Derecho Canónico, que en este caso simplemente se conforma con la ley de Dios. Por lo tanto, no tendría la menor importancia si Francisco osase proclamar la “revocación” inequívoca del Canon 915. La ley divina continuaría prohibiendo lo que él está intentando hacer y anularía su esfuerzo delante de Dios y de los hombres, porque una ley inmoral no es ley, en la famosa expresión de San Agustín.

Además de eso, Peters está soñando si piensa que el Papa Francisco, con su último abuso de poder, no intentaría “modificar” precisamente el Canon 915 al autorizar a través de AL, la admisión a los Sacramentos de ciertos adúlteros públicos en base a un disparatado “camino de discernimiento” en “circunstancias complejas”. La supuesta “modificación” del Canon 915 no es menos nula de la que sería una revocación clara. Porque la ley de Dios no puede ser modificada o revocada por un simple hombre, incluso si él es el Papa.

Es irónico ver que el mismo Papa que condena el fariseísmo imaginario de los católicos ortodoxos que protestan con razón contra sus novedades imprudentes, ha evocado las defensas más farisaicas de aquellos que insisten que el Papa Francisco no está realmente deshaciendo la operación práctica de la ley moral en la Iglesia. Pero él la ha desafiado en la práctica, aunque, en realidad, continúe siendo irrevocable e intocable.

Ha llegado el momento de que católicos como Peters se asocien a otros católicos de todo el mundo que reconocen la crisis de este pontificado tal y como ella es: una rebelión contra la voluntad de Dios, que todos los católicos dignos de este nombre tienen el deber de confrontar, en vez de recurrir al tipo de subterfugios legales que Nuestro Señor condenó en los fariseos que Francisco ve en todos lados menos en el espejo.

Aquí, una vez más, vemos la relevancia perenne y, de hecho, la centralidad del Mensaje de Fátima, con su aviso (en el Tercer Secreto integral) de un “combate final” sobre el matrimonio y la familia. Un combate en que, por increíble que sea, un Papa parece comandar las fuerzas enemigas.




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