Perspectivas sobre Fátima

La "Iglesia misionera" desprovista
de su sentido misionero

por Christopher A. Ferrara
el 13 de diciembre de 2017

Una de las marcas de una ideología es una perversión del significado según la cual las palabras dejan de tener su significado original, pasando a tener otro significado, con que esa ideología las reviste. Tal significado es, generalmente, el opuesto a su significado original. Así, en la ideología marxista, “libertad” significa subyugación por el colectivo, que es tiranía.

Lo mismo acontece hoy entre el elemento humano de la Iglesia católica, en donde la terminología tradicional ha sido vaciada de su significado original para servir, no a la Fe, sino a aquello que Monseñor Guido Pozzo, refiriéndose al Concilio Vaticano II, llamó una “ideología para-conciliar”. Esa ideología – para citar Pozzo – implica la tentativa de imponer “una nueva forma de Iglesia en ruptura con el pasado”, que presenta tres características: “1… la renuncia del anatema, o sea, la contraposición clara entre ortodoxia y herejía…2… el pasaje del pensamiento católico a las categorías de la modernidad…[y] 3…la interpretación de aggiornamento deseada por el Concilio Vaticano II”, de acuerdo con la cual el “diálogo” acaba por “oscurecer la urgencia y la súplica a la conversión a Cristo y a la adherencia a Su Iglesia”.

En el mismo sentido, aunque oímos constantemente hablar durante este pontificado, de una “Iglesia misionera” que va a las “periferias” en su misión, nunca hemos oído una proclamación del Evangelio y una súplica a la conversión por la salvación de las almas. La “Iglesia misionera” de la ideología para-conciliar ha rechazado esencialmente la actividad misionera. “Misión” significa ahora, efectivamente, “no-misión”.

Un ejemplo perfecto de esta transformación ideológica del significado fue lo que se ha visto durante el viaje del Papa a Myanmar, donde, como Sandro Magister señala, “Hubo apenas un momento en el que Jesús fue nombrado y Su Evangelio proclamado” – y no fue por el Papa Francisco, Vicario de Cristo, sino por el Ministro de Negocios Exteriores budista Aung San Suu Kyi, que dijo lo siguiente:

“Jesús Mismo ofrece un ‘manual’ para esta estrategia de pacificación en el Sermón de la Montaña. Las 8 Bienaventuranzas (cf. Mt. 5:3-10) presentan un retrato de aquella persona que podríamos describir como bienaventurada, buena y auténtica. Bienaventurados son los mansos – dice Jesús – los misericordiosos y los pacificadores, los que tienen un corazón puro, y los que tienen hambre y sed de justicia.

“Esto es también un programa y un desafío para los líderes políticos y religiosos, los jefes de instituciones internacionales, y los ejecutivos de los negocios y de la comunicación social: aplicad las Bienaventuranzas en el ejercicio de vuestras respectivas responsabilidades. Y es un desafío construir la sociedad, las comunidades y los negocios actuando como pacificadores. Es mostrar misericordia rehusar a descartar personas, a perjudicar el ambiente, o a procurar vencer a toda costa”.

Por muy irónico que parezca, el Ministro de Negocios Exteriores budista estaba citando a Francisco mismo – de un mensaje que él había publicado para el Día mundial de Paz del 2017. Sin embargo, aunque el Papa Francisco había viajado hasta las “periferias” de Myanmar, el discurso que allí hizo no tenía nada que ver con la misión o el Evangelio, sino que, como Magister dice, “era completamente ‘seglar’ excepto en la invocación final de ‘bendiciones divinas de sabiduría, fuerza y paz’ sobre los presentes”.

Pero del Papa Francisco no vino la más mínima mención en Myanmar de Cristo de Quien es Vicario, ni del Evangelio cuya divulgación es la misión de la Iglesia: “instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu santo, enseñándolas a observar todas las cosas que yo os he mandado” (Mt. 18:19-20) ¡El político budista que estaba presente hizo más para predicar el Evangelio que el Papa!

Actualmente, la ideología para-conciliar, en sus varias manifestaciones, se excede hasta la herejía arriana en la extensión de su devastación. Sin embargo, con la peor crisis en la historia de la Iglesia ha de venir, en el momento en que Dios determine, la más dramática restauración de la historia de la Iglesia. Esto implicaría, indudablemente, la obediencia que, por fin, recibirán los imperativos del Mensaje de Fátima.