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¿Esto es para tomar en serio?

La "explicación de Amoris Laetitia por el
Cardenal Coccopalmerio

por Christopher A. Ferrara
el 8 de enero de 2018

A medida en que se ha elevado el número de Prelados que están firmado la Profesión de los Principios Inmutables, con el Obispo Auxiliar Emérito de Salzburgo (Austria), Andreas Laun, que ha añadido su firma en la Fiesta de Epifanía, Edward Pentin, del National Catholic Register, recordó algo ya dicho, en una entrevista del Register del Cardenal Francesco Coccopalmerio, presidente del Concilio Pontificio para los Textos Legislativos. En esa entrevista, hecha por el temible Pentin, Coccopalmerio confirma precisamente la interpretación catastrófica de Amoris Laetitia (AL) que la Profesión rechaza ahora por ser “ajena a toda la Tradición de la Fe católica y apostólica”. Es decir, la interpretación a la cual el Papa Francisco se atreve a atribuir la etiqueta engañadora de “Magisterio auténtico”.

Utilizando el estilo modernista de costumbre de palabras ambiguas, Coccopalmerio insiste en cómo AL no altera la aplicación del Canon 915, enraizada en la Ley Divina, que prohíbe que sea administrada la Sagrada Comunión a los que “perseveran obstinadamente en un pecado grave manifiesto”, pero que, en efecto, los que perseveran en relaciones sexuales adúlteras de “segundos matrimonios” pueden sí, ser admitidos a comulgar si juzguan “imposible” cambiar su comportamiento y vivir como un hermano con su hermana. Citamos la sofistería torpe del Cardenal:

“Pensad en una mujer que vive con un hombre casado. Tiene tres hijos pequeños. Ya está con este hombre durante 10 años. Ahora los niños piensan en ella como una madre… ¿Cómo se puede parar todo esto sin perjudicar a las personas? Es importante que esa persona no quiera estar en esa unión, quiera dejar la unión, quiera dejarla, pero no puede hacerlo…

Si los dos pudieren vivir juntos como un hermano con su hermana, ¡sería óptimo! Pero si no pudiesen porque esto rompería la unión, que debería ser conservada por el bien de esas personas, entonces ellos hacen lo mejor que pueden. ¿Lo veis? Es así…

“No puedo perjudicar a una persona para evitar un pecado en una situación en que no me he colocado; ya me encuentro en ella, en una situación en que yo, si soy esa mujer, me he colocado sin mala intención. Por el contrario, estoy intentando hacer el bien, y en aquel momento, creí que yo estaba haciendo bien, y con certeza hice bien. Pero tal vez si yo supiese, justo al principio, si yo supiese con certidumbre moral que esto era pecaminoso, tal vez no me hubiese puesto en la situación. Pero ahora ya me encuentro en ella: ¿Cómo podré salir? Comenzar es una cosa, interrumpir es otra. Son también cosas diferentes, ¿no es así?

“Estáis viendo la imposibilidad que hay en un caso como esto? ¡No se puede cambiar inmediatamente!

“Tendrán ellos que cambiar su estilo de vida antes de comulgar?

¡“No! Lo que tienen que cambiar es su intención, no su estilo de vida”.

Por muy increíble que nos parezca, es esto el modo de pensar del hombre que el Papa Francisco ha designado para interpretar el Derecho Canónico, es decir, que una mujer que vive en adulterio puede comulgar, aunque continúe con sus relaciones adúlteras con un hombre con quien no está casada, con tal de que quisiese parar, pero que considera “imposible” hacerlo. Y ¿por qué será esto “imposible”? Porque, evidentemente, su compañero en el adulterio la abandonaría, si no le proporciona relaciones sexuales fuera del matrimonio y los hijos de la unión ilícita sufrirían. En otras palabras, la mujer es justificada en hacer el mal para evitar otro mal (percibido).

Por esa lógica, ningún habitual pecado mortal es impedimento a la Sagrada Comunión, siempre que se pueda plantear un argumento cómo que seria “imposible” cesar de cometer el pecado si a ello se siguiese algún agobio oneroso. Así se derrumba todo el edificio moral de la Iglesia, con “buenas excusas” para continuar el comportamiento inmoral, mientras el individuo profesa que le gustaría cambiar. Y con este colapso, toda la Fe se derrumbaría fundamentalmente, si eso fuese posible. Porque si es opcional en ciertas circunstancias hasta la obediencia a la ley moral fundamental, ¿por qué no aplica lo mismo con la obediencia a cualquier otra doctrina de la Iglesia?

No olvidemos que este Coccopalmerio es aquel Prelado cuyo Secretario, Mons. Luigi Capozzi, fue “detenido por la policía del Vaticano que lo cogió como anfitrión de una orgia homosexual alimentada con cocaína, en un edificio vecino a la Basílica de San Pedro”. Y quienquiera que piensa que Coccopalmerio no tenía conocimiento de la corrupción y perversidad de su propio Secretario ¿tal vez esté interesado en comprar el Puente de Brooklyn?

¿Esto es para tomar en serio? Nos gustaría creer que todo esto es una pesadilla y que pronto despertaremos. Pero se trata, en verdad, de una realidad atroz y sin paralelo en la Historia de la Iglesia – de la cual, según ahora parece, sólo una intervención divina directa nos puede librar.




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