Un escándalo sin fin

por Christopher A. Ferrara
El 1 de marzo de 2016

El Padre Gruner y servidor estábamos en Roma la noche en la que el Papa Francisco salió  elegido. El video de nuestra reacción totalmente positiva y esperanzadora ante la noticia está aquí para que lo pueda mirar cualquier persona que piense que la crítica hacia este pontificado, en las páginas más abajo, ha sido motivado quizás por algún prejuicio o animadversión preexistente.

No, la crítica que ha llegado más tarde está motivada solamente por una cosa: las crecientes pruebas de un escándalo sin precedentes en la historia de la Iglesia en la Silla de Pedro. Ha habido Papas débiles y Papas moralmente corruptos que han ocupado la Silla a lo largo de la extensa historia de la Iglesia, así como también la han ocupado los más grandes Santos que no sólo han defendido la fe en los días más tenebrosos de la Iglesia, sino que también han contribuido a la edificación de la civilización cristiana entera, tales como el Papa San León el Grande y el Papa San Gregorio el Grande. Pero nunca hemos tenido un Papa, en 2000 años, que repetidamente, aparentemente sin cesar, haya escandalizado a los fieles desestimando la doctrina, disciplinas y tradiciones de la Iglesia, y que se ha sido laureado con la alabanza unánime del mundo simplemente por haber dicho o escrito cualquier pensamiento trivial que se le pasara por la cabeza.

Uno de los ejemplos más recientes y tal vez más reveladores es el nuevo libro del Papa que consiste en sus respuestas por escrito a las preguntas de los niños sobre la fe. Parece imposible que un Pontífice Romano pueda escribir lo siguiente en respuesta a la pregunta de un niño de nueve años sobre si el joven Bergoglio había sido monaguillo cuando vivía en Buenos Aires:

Querido Alessio, sí, yo fui monaguillo. ¿Y tú? ¿Qué parte te toca entre los monaguillos? Hoy en día es más fácil hacer de monaguillo, sabes: tal vez sepas que, cuando yo era un niño, la Misa se celebraba de un modo diferente que hoy. En aquel entonces, el sacerdote se ponía frente al altar, que estaba unido a la pared, y no hacia la gente. Y entonces el libro con que celebraba la Misa, el misal, se colocaba en el lado derecho del altar. Pero antes de la lectura del Evangelio tenía que ser llevado siempre al lado izquierdo. Eso era mi tarea: llevarlo de derecha a izquierda. ¡Era agotador! ¡El libro pesaba mucho! Lo sostenía con todas mis fuerzas, pero yo en aquel entonces no era tan robusto; una vez lo cogí y me caí, y el sacerdote tuvo que ayudarme. ¡Que trabajo hice! La Misa entonces no era en italiano. El sacerdote hablaba, pero no entendía nada, y tampoco mis amigos. Así para divertirnos hacíamos imitaciones del sacerdote, cambiando las palabras un poco para inventar dichos extraños en español. Nos divertíamos, y realmente nos gustaba ayudar en la Misa.

Desafía la creencia que tenemos un Papa que considera ésta una contestación apropiada a una seria pregunta espiritual de un niño impresionable.

En primer lugar, Francisco lleva al niño a conclusiones erróneas al decirle que la Misa ya no se celebra de la misma manera que cuando él era un niño, porque la Misa Latina tradicional se celebra todavía hoy exactamente de la misma manera a lo largo y ancho del mundo, gracias al Summorum Pontificum, la más grande contribución a la Iglesia del Papa Benedicto y ésta tiene que ser vista como una intervención del Espírito Santo que no permitirá que el patrimonio litúrgico de la Iglesia sea destruido por meros hombres, ni siquiera por Francisco.

En segundo lugar, exhibe un nivel de banalidad y trivialidad que es llanamente punzante en la persona de un Papa cuando Francisco se burla de la Misa de su juventud por pintar al sacerdote como “frente a la pared” en vez de “a la gente” porque bien sabe que el altar ad orientem es con la intención de significar ambos el sacerdote y el pueblo mirando hacia Cristo, que vendrá otra vez desde el Oriente. Igualmente engañadora e insultante hacia la Iglesia es lo que sugiere acerca de la liturgia latina, el Canon, que ha nacido de los Apóstoles mismos, como apenas un galimatías incomprensible, cuando bien sabe que cada Misal que usaba de niño contenía una traducción al vernáculo al lado del latín y que aún sin consultar la lengua vernácula cada semi-inteligente monaguillo sabía – lo mismo que hoy lo saben – el significado esencial de las frases litúrgicas claves en cada parte de la liturgia, incluso el confiteor que Francisco mismo tuvo que aprenderse de memoria para servir al altar.

Finalmente, Francisco alienta a la rebeldía y hasta al sacrilegio al pequeño niño a quien está escribiendo por públicamente complacerse de que él mismo era un irreverente pequeño sabelotodo que se burlaba de su propio sacerdote y, lo que es infinitamente peor, de Dios Mismo, por inventar chistes sobre la Misa a la que él tenía el supremo honor de asistir, y sobre las mismísimas palabras de la liturgia de la que tenía la suprema obligación de tener por sagradas y pronunciarlas con la mayor reverencia.

¿Por qué es que la Iglesia ha sido abrumada con la elección al Vicario de Cristo de esta figura supremamente desconcertante? Está claro que esto pertenece a la flagelación que la Iglesia ahora soporta de manos de muchos de sus propios jerarcas. Pero por cuánto tiempo permanecerá el castigo y cómo por fin se terminará, será sin duda el tema del escenario pos-apocalíptico descrito en la visión que Nuestra Señora ha debido de haber explicado – en el texto del Tercer Secreto que no hemos visto aún.

Qué Nuestra Señora de Fátima nos libre de esta locura.