La novedad Bergogliana más reciente:
la Confesión sin confesar

por Christopher A. Ferrara
el 7 de marzo de 2016

Ojalá fuese posible evitar lo que ha llegado a ser un comentario casi continuo sobre los dichos y gestos del Papa Francisco. Pero no hacemos caso omiso de las afirmaciones públicas de un Papa, especialmente desde esta perspectiva de Fátima. Y en este momento del pontificado Bergogliano, el panorama de la Iglesia está afeado por los cráteres de las bombas que Francisco ha dejado caer casi semanalmente en las espontáneas homilías, meditaciones, conferencias de prensa, y otras situaciones fuera del contexto de una encíclica u otro pronunciamiento formal.

He aquí la bomba de febrero, del Miércoles de Ceniza. Se dejó caer en un sermón dado a los “Misioneros de la Misericordia” durante la Misa en que recibieron su “mandato” que incluye “facultades para absolver ciertos pecados reservados a la Santa Sede” (aunque todos ellos ya pueden ser absueltos por cualquier párroco). (Veja-se meus artigos anteriores sobre este tema aqui e aqui.) Los Misioneros fueron instruidos – increíble, aunque tal vez no es una sorpresa después de todo – de que deben conceder la absolución hasta a penitentes que están demasiado avergonzados para hablar y por eso no han expresado cualquier firme propósito de enmienda porque tienen la expectativa de pecar otra vez:

Si alguien les viene y siente que algo debe ser quitado de él, pero tal vez sea incapaz de decirlo, aunque comprendéis... está bien, lo dice de esta manera con el gesto de haber venido. Primera condición. Segundo, está arrepentido. Si alguien se les acerca es porque no quiere caer en estas situaciones, pero no osa decirlo, tiene miedo de decirlo y entonces no es capaz de hacerlo. Pero si no puede hacerlo, ad impossibila nemo tenetur [nadie está obligado hacer lo imposible]. Y el Señor comprende estas cosas, el lenguaje de los gestos. Tened los brazos abiertos para comprender lo que está dentro de aquel corazón que no puede ser dicho o dicho de esta manera… más o menos a causa de vergüenza... me entendéis. Debéis recibir a todos con el lenguaje con el que pueden hablar.

Para que no quepa duda alguna sobre sus intenciones a este respecto, Francisco dijo lo mismo a un grupo de Capuchinos el día anterior (el 9 de febrero), así fue como sugería que deseaba que todos los sacerdotes de la Iglesia concediesen la absolución a penitentes mudos:

Hay tantos idiomas en esta vida: el lenguaje de la palabra, y hay también el lenguaje de los gestos. Si una persona se me acerca, en el confesionario, es porque se siente algo que pesa sobre él, que quiere que le sea quitado. Tal vez no sabe cómo decirlo, pero está su gesto. Si una tal persona se les acerca, es porque desea cambiar, no hacer más alguna cosa, cambiar, para ser otro tipo de persona, y lo dice con este gesto de aproximación, lo dice con este gesto de acercársele… No es necesario hacerle preguntas: ¿‘Pero Usted, Usted…’?

Si una persona viene [a confesarse], es porque en su alma no quiere hacer más alguna cosa. Pero tan a menudo no pueden, porque están condicionados por su psicología, su vida, su situación …Ad impossbilia nemo tenetur.

En primer lugar, este consejo rotundamente erróneo significa la destrucción del sacramento porque elimina el confesar de la Confesión, borrando así la propia materia del sacramento y dejando apenas la forma. Ninguna cita de la enseñanza de la Iglesia se necesitaría para descubrir algo tan obvio, pero simplemente podría citarse el Nuevo Catecismo (§1456) que afirma inequívocamente: “la Confesión a un sacerdote es una parte esencial del sacramento de Penitencia: ‘Todos los pecados mortales de los cuales los penitentes, después de un autoexamen diligente, son conscientes, deben ser dichos por ellos en la confesión, aún si son muy secretos…’”

(NOTA: no estamos hablando aquí de una caso de emergencia cuando no hay tiempo para una confesión normal, como por ejemplo cuando un avión está a punto de chocar o cuando una persona está a punto de morir y no puede hablar pero es capaz de dar alguna clara señal de contrición, en tales casos la absolución sin enumeración de pecados sería permisible. Cf. Canon 961.)

En segundo lugar, con respecto a la idea de que la “vergüenza” se excusa del deber de contar nuestros pecados mortales en el confesionario, tal vergüenza proviene del orgullo: el penitente no quiere ser humillado por revelar sus pecados graves al sacerdote. Es totalmente asombroso que un Pontífice Romano – hasta este Pontífice – pudiese declarar que un pecador afligido por el orgullo, que no puede soportar decir sus pecados a su propio confesor, se le habilita a recibir la absolución para evitar orgullosamente sentir vergüenza.

Finalmente, igualmente destructivo del sacramento, e igualmente asombroso, es la idea de Francisco de que pedir que un pecador exprese un firme propósito de enmienda cuando duda de si puede enmendar su vida, es pedir lo imposible a causa de la “psicología… de su vida…de su situación” le hace imposible dejar de pecar. ¿Quién no estaría exento por esta justificación de seguir pecando, y qué se hace entonces del requisito de un propósito de enmienda sin el cual, la absolución es inválida? Francisco aparentemente piensa que puede dispensar de esto, aunque ni él ni ningún confesor tiene poder de hacerlo.

Como enseña San Alphonsus, un Doctor de la Iglesia, un firme propósito de enmienda “es el compañero inseparable de la verdadera contrición” y “una condición necesaria para el perdón del pecado… Es imposible para Dios perdonar al pecador que aún retiene el deseo de ofenderlo… ¿Quién puede dudar de que la confesión de tal hombre es una mofa de la penitencia? ¿Quién puede creer que su absolución tiene algún valor?”

Tal vez estoy siendo demasiado mal pensado, pero me parece que esta increíble llamada a la concesión de la absolución para pecadores mudos que no tienen el deseo ni son capaces de comprometerse a una enmienda de vida es otro paso más hacia la conclusión del juego: la admisión a la Santa Comunión de adúlteros públicos en su segundo o tercero “matrimonio”. Las personas que están viviendo en uniones adúlteras necesitan tan sólo insistir en que el confesor siga el consejo de Francisco y no les haga cualesquier preguntas sobre sus pecados porque están “demasiado avergonzados” para discutirlos y es “imposible” dejar de cometerlos a causa de su “psicología…de su vida…de su situación”. Muchos sacerdotes harán precisamente eso – y muchos lo han hecho ya durante décadas, pero sin el beneficio de la aprobación pontificia. La mofa resultante del Sacramento de la Penitencia conducirá a incontables absoluciones inválidas.

La mente católica está siendo totalmente agobiada por el desastre puesto en marcha de este pontificado. Ciertamente indica la proximidad de una inminente resolución chocante de nuestra situación. ¡Qué Nuestra Señora de Fátima nos proteja de las tormentas venideras!