Diagnóstico cierto, medicación errónea

por Christopher A. Ferrara
El 22 de marzo de 2016

Una entrevista hecha de Benedicto XVI por el jesuita liberal Jacques Servais, recientemente publicada en Avvenire, periódico de la Conferencia Episcopal Italiana,  provocó inicialmente olas de optimismo por parte de comentadores católicos porque Benedicto había señalado que durante siglos los misioneros católicos fueron impelidos por la convicción de que sin la Fe y el Bautismo, las almas se perdían; pero después admitió cándidamente que “en la Iglesia Católica, después del Concilio Vaticano II, esta convicción fue definitivamente abandonada”. A causa de este “abandono”, Benedicto admitía, además, que la Iglesia ha atestiguado:

una profunda doble crisis. Por un lado, tal crisis parece apagar toda la motivación de un compromiso futuro misionero. ¿Por qué habría alguien intentando convencer las personas a aceptar la Fe cristiana cuando pueden salvarse sin ella? Pero hasta para un cristiano emergió una duda: la naturaleza obligatoria de la fe y de su forma de vida llegó a ser incierta y problemática.

Si, al final, hay quien puede salvarse de otras maneras, ya no es evidente, por qué razón el cristiano deberá estar obligado por las exigencias de la Fe cristiana y de su Moral. Pero si la Fe y la Salvación ya no son interdependientes, la Fe también llega a ser sin motivación.

¡Qué bien! ¡Pero al final que mal! Las trompetas de júbilo por las primeras afirmaciones no podrían ocultar el sonido de un trombón burlándose porque Benedicto inmediatamente agregó: “En tiempos recientes han sido formulando distintas tentativas para reconciliar la necesidad universal de la Fe cristiana con la posibilidad de alguien salvándose sin esa Fe”.

Pues bien, voy a insistir de nuevo: la Fe en Cristo es universalmente necesaria para la salvación, pero puede salvarse sin el bautismo y sin la Fe en Cristo. La proposición X debe por consecuencia ser “reconciliada” con la proposición no-X. Aquí tenemos un ejemplo perfecto de lo que algunos llaman “el pensamiento post-conciliar” sobre lo que siempre pensábamos ser un asunto resuelto como dogma infalible. Fue Cristo mismo que reveló: “El que creyere, y se bautizare se salvará; pero el que no creyere, será condenado.” Porque “sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).”

Pero no hay necesidad de cualquier reconciliación entre estas dos proposiciones irreconciliables. La Iglesia nunca ha enseñado que una única alma pudiese salvarse sin la Fe en Cristo y sin el Bautismo (o el deseo del mismo, como enseña el Concilio de Trento). ¿Qué decimos, entonces, de los ignorantes invencibles, tales como aquellos viviendo en regiones remotas que nunca han oído hablar del Evangelio? Sabemos apenas lo que Pío IX afirmó con insistencia en su alocución Singulari Quadam (1854): que ellos están entregados a la insondable misericordia de Dios y que “es ilegal procurar ir más allá en esta investigación”.

Además de eso, si haya cualesquier de tales almas salvadas, nadie tiene cualquier derecho de sugerir, como Benedicto hace en esta entrevista, que se salvan a margen de la Fe. Tal como San Tomás de Aquino enseña, tales almas, si no impusieren ningún impedimento a la Gracia de Dios, podrán recibir una iluminación interior que les lleva a la Fe cristiana y así se salvarán. Por consiguiente, como hasta afirma el Nuevo Catecismo: “de un modo que sólo Él conoce, Dios puede conducir aquellos que, sin culpa propia, son ignorantes del Evangelio, a esa fe sin la cual es imposible agradarle…

En una conversación que tuve sobre este tema, con un amigo católico de la misma parroquia Michael Hichborn (del Instituto Lepanto), él recordó un punto fundamental tan obvio que tenemos la tendencia de olvidarlo: la Fe es un don, y la salvación es un don. Un don tiene que ser aceptado por aquel a quien es concedido la elección de aceptar o recusar ese don que le es ofrecido. Por lo tanto, nadie, ni hasta un ignorante invencible, se salva sin primero aceptar el don de la Fe.

Nadie pueda afirmar que la salvación sin la Fe cristiana es “posible” porque especulaciones sobre “fe implícita” o alguna otra sustitución para aquello que Cristo reveló como necesario a la salvación, es precisamente lo que Pío IX prohibió. ¿Por qué? Porque, en último análisis, tales especulaciones destruyen la adherencia al dogma nulla salus, haciéndole en la práctica una letra muerta. El dogma muere la muerte de mil “excepciones” para que “el hombre contemporáneo” encuentre aquello que piensa ser una enseñanza más aceptable basada en un rehusó emocional de la idea de que un “Dios de amor” pueda enviar tantas almas al Infierno. Y es eso exactamente lo que Benedicto sugiere:

No hay duda alguna de que sobre este punto estamos ante una profunda evolución del dogma. Mientras los Padres y los teólogos medievales podrían todavía mantener la opinión de que en sustancia casi toda la raza humana ya era católica y que en ese entonces el paganismo existía sólo en la periferia, el descubrimiento del Nuevo Mundo al inicio de la era moderna cambió esa perspectiva en una manera radical.

En la segunda mitad del siglo XX ha sido plenamente afirmado que la convicción de que Dios no podría dejar ir a la perdición todos los que no eran bautizados y de que, hasta estándoles destinada una felicidad puramente natural, esa no era una respuesta adecuada a la cuestión de la existencia humana.

Ahora el trombón risueño llega a ser una serena de ataque aéreo, porque aquí el primer Papa Emérito en la historia de la Iglesia acepta alegremente la mismísima esencia del Modernismo, condenada como tal por San Pío X en Pascendi: que los dogmas de la Fe pudiesen “evolucionar” según circunstancias cambiantes – una noción que Pío X había llamado un “sofisma” que “destruye toda la religión”.

Habiendo plantado un problema inexistente – cómo reconciliar la necesidad universal de la Fe con la “posibilidad” de salvación sin la Fe – Benedicto continua por considerar y condenar como “inaceptables” tanto la teoría del “cristiano anónimo” de Karl Rahner, según la cual todos los hombres son más o menos cristianos en virtud de su humanidad, como la opinión pluralista de que todas las religiones son apenas caminos diferentes a la salvación.

Sin embargo, Benedicto sugiere después que nadie mejor que Henri de Lubac, principal “luminario” de la “Nueva Teología” neo-modernista, puede responder a este “problema” inexistente. Esto involucraría lo que Benedicto llama “el concepto de la sustitución vicaria”, según el cual el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, de alguna manera salvaría las almas fuera de la Iglesia por el propio hecho de su existencia. Sucede, sin embargo, que esto es apenas otra manera de decir que las almas pueden salvarse sin la Fe, que es imposible.

Benedicto concluye sus comentarios afirmando: “Está claro que debemos reflexionar sobre toda esta cuestión”. ¡No debemos, no! No debemos reflexionar sobre ella. Porque no ha sido dado a nosotros conocer cuántas almas que no sean miembros formales de la Iglesia van a salvarse. Y vuelvo a insistir: es por eso que Pío IX prohibió tales “reflexiones” inútiles: solo van a terminar con más “excepciones” que acaban por sobreponerse a la regla, transformando el dogma definido en letra muerta, como de hecho Benedicto sugiere haber sucedido a partir de “la segunda mitad del siglo pasado”.

Benedicto XVI hizo una cosa muy buena para la Iglesia cuando liberó la Misa Tridentina de su falsa encarcelación, cuando corrigió algunos errores evidentes en traducciones de la Misa Nueva al vernáculo, y cuando quitó las excomulgaciones siempre-controversiales de los Obispos de la Fraternidad San Pío X. Por todo esto la Iglesia tiene una enorme deuda para con él.

Pero no podemos hacer caso omiso sobre esta y otras cuestiones teológicas, en que Benedicto estaba plenamente comprometido con una “hermenéutica de continuidad” invocada incesantemente, pero nunca realizada, entre las novedades de los últimos 50 años – incluida la “posibilidad” de la salvación sin la Fe – cuando la enseñanza constante de la Iglesia dice lo contrario. Demasiado a menudo el resultado ha sido, como vemos aquí, un diagnóstico cierto seguido por una medicina errónea conduciendo apenas a más confusión en una Iglesia ya afligida por la que Sor Lucía tan correctamente llamaba “desorientación diabólica”.