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Perspectivas Sobre Fátima

Amoris Laetitia y la gran fachada

por Christopher A. Ferrara
El 13 de abril de 2016

La publicación de Amoris Laetitia ha provocado un maremágnum completamente previsible de opiniones en contrapuestas que oscilan desde “nada nuevo aquí”, a “no magisterial”, a “catástrofe”, y hasta a “revolucionaria”.

Cada una de estas opiniones es correcta. Lo que significa – y no debería ser una sorpresa a cualquier erudito de la época pos-conciliar – lo que tenemos aquí, es una nueva añadidura masiva a La gran fachada de novedades eclesiales no vinculantes y que nunca han sido vistas en la Iglesia antes de aquella gran época de la iluminación conocida como los años 60. El truco, veréis, es promulgar la más reciente novedad y dejar a las personas pensar que enlaza la Iglesia; y después, aunque realmente no es vinculante, sí vincula. ¡Prestad ninguna atención a la verdad que hay detrás de la fachada!

Y ahora he aquí: 256 páginas largas y confusas de meditaciones sobre “La alegría del amor”. Un libro verdaderamente lleno de pensamientos confusos, unos buenos puntos católicos, innumerables trivialidades y citas positivamente engañadoras a Juan Pablo II y de Santo Tomás de Aquino, empleadas como los puntos principales de un argumento sofista para el “discernimiento pastoral” que permitiría que la Santa Comunión sea dada a “algunos” adúlteros públicos en “ciertos casos” – una bomba detonadora en la nota de pie de la página 351, tal como el Cardenal Baldisseri después de la explosión  se ha  complacido informarnos. Hablando de aquellos a los que la Iglesia siempre ha visto como adúlteros públicos conforme las palabras de Cristo Mismo, Baldisseri anunció en la conferencia de prensa introductoria que “el Papa afirma, de una manera humilde y simple, en una nota [nota de pie de la página 351] que la ayuda de los sacramentos también podría ser dada en ‘ciertos casos’”.

¿Y qué podría ser más humilde que derrocar la disciplina sacramental bimilenaria de la Iglesia mientras por el contrario se está haciendo caso omiso de todas las enseñanzas de la Iglesia? ¡Eso es la propia esencia de la humildad pontificia! Desde la cumbre del Monte Olimpo de verbosidad, Francisco tira rayos revolucionarios cuya propia justificación es lo que él quería ver, hasta si de modo rotundo contradice la enseñanza de sus dos antecesores inmediatos, el Catecismo de la Iglesia Católica, el Código de la Ley Canónica, la declaración de 1994 de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, además de eso, toda la Tradición sobre la imposibilidad de admitir a personas divorciadas y re-casadas a los sacramentos mientras continúan en su adulterio.

Y así, como Francisco afirma al final de esta producción asombrosa:

Comprendo a aquellos que prefieren un cuidado pastoral más riguroso que no deja espacio a la confusión. Pero sinceramente creo que Jesús quiere una Iglesia atenta a la bondad que el Santo Espíritu siembra en la flaqueza humana… (308)

Sí, es fáctico. Francisco “sinceramente cree” que “Jesús quiere” que la Iglesia proporcione el cuidado pastoral que sí, deja “espacio para la confusión”. Es verdad, la declaración divina “cualquiera que despidiere a su mujer y se casare con otra, este tal comente adulterio” puede parecer necesitar “cuidado pastoral más riguroso que no deja espacio a la confusión” sobre lo que constituye el adulterio. Por lo menos Benedicto XVI, Juan Pablo II y todos los otros Papas y Concilios anteriores a ellos pensaron así durante casi 2000 años. ¡Pero eso fue entonces y esto es Francisco!

Como Francisco lo quiere: “ya no puede decirse simplemente que todos aquellos en cualquier situación ‘irregular’ están viviendo en un estado de pecado mortal y son desproveídos de la gracia santificante”. ¡Ya no! “Jesús quiere” hoy algo nuevo. Francisco sinceramente lo cree. ¿Fue Jesús quien se le dijo? Pues bien, debe decirse que esto parece bastante dudoso. Lo más probable es que, Francisco se dijo a sí mismo lo que “Jesús quiere”. Que está bastante bien, ¿no es así?, porque el Papa es supuestamente el Vicario de Cristo. Pero, en este caso, él es más como el Oráculo de Roma. Evidentemente, el Oráculo dice “Jesús quiere” ser contrariado. Por lo tanto ¡dejadlo que sea escrito, dejadlo que sea  hecho!

Pregunta: ¿precisamente qué personas que están viviendo “en una situación de adulterio público y permanente” – para citar el Catecismo de Juan Pablo II, que Francisco ha abandonado (§2384) junto con todo lo demás que se lo impida – “ya no” puede decirse que están viviendo en un estado de pecado mortal? Esencialmente, si se lee el documento con cuidado, la respuesta que Francisco tiene en la mente es: ¡todos ellos! Porque como dijo a su amigo de confianza, el ateo militante Eugenio Scalfari en otra entrevista cuyo contenido ni Francisco ni el Vaticano han negado: “Esto es el resultado final, los de facto juicios son confiados a los confesores, pero al final de los caminos más cortos o más largos, todos los divorciados que lo piden serán admitidos”.

Cuando todo esto es dicho y hecho, por supuesto, Amoris Laetitia es equivalente a nada más que lo que el Cardenal Burke correctamente ha llamado una “reflexión personal del Papa” que “no [debe ser] confundida con la fe obligatoria debida al ejercicio del magisterio”.

Ojalá que fuese tan simple. El buen Cardenal no ha contemplado, temo, cómo La Gran Fachada funciona. Y la manera en que funciona es lo que estamos viendo ahora: lo que no es vinculante es presentado como sí, en verdad, es vinculante. Como el Cardenal Schönborn, el a mano seleccionado copresentador “gay” amigable, divorcio-amigable de Amoris Laetitia, quiere que creamos, lo que el Cardenal Burke debidamente llama “no magisterial” es realmente “un desarrollo orgánico de la doctrina”. Un “desarrollo orgánico” que contradice la enseñanza del propio Papa a quien Francisco mismo ha canonizado, hallando en las palabras que Francisco tomó de una cita equivocada clave de Juan Pablo para hacerlo parecer que sustentó lo opuesto de lo que realmente enseñó: que adúlteros públicos no pueden ser admitidos a la Santa Comunión porque “su estado y condición de vida objetivamente contradicen aquella unión de amor entre Cristo y la Iglesia que es significada y efectuada por la Eucaristía”, de tal modo que “si esa gente fuere admitida a la eucaristía, los fieles estarían siendo conducidos al error y a la confusión con respecto de la enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio” (Familiars consortio 84).

Pero el error y la confusión comprenden el programa verdadero de este pontificado extraño, que, sin duda, de alguna manera, está señalado en el Tercer Secreto de Fátima íntegro. Y por tanto la Iglesia sufre aún otro golpe devastador, tal vez el peor hasta la fecha, a causa del régimen de novedad pos-conciliar.

Sí, el tono de este artículo es, sin reserva, uno de mofas. Pero todo este asunto es una mofa grotesca no apenas del magisterio que Francisco está divinamente obligado a preservar y a defender en toda su pureza, sino de la propia voluntad de Cristo.

Escribiré más sobre esta enorme travesía en los días venideros. Mientras tanto, rezad el Rosario por la liberación de la Iglesia de esta locura. ¿Puede ser que falte mucho tiempo hasta que el cielo la lleve a su fin?




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