Deceptus Laetitia – I Parte

por Christopher A. Ferrara
El 26 de abril de 2016

Una cantidad enorme de críticas ya se han escrito sobre Amoris Laetitia (AL), un documento que en el blog de Rorate Caeli debidamente resume en una sola palabra: “catástrofe”. El enfoque de esta serie es sugerido por el comentario de Carl E. Olson en Catholic World Report (la publicación del Padre Fessio): “Francisco en apariencia está jugando un poco rápida y flojamente con algunos de sus argumentos y fuentes.”

Eso es describirlo de un modo templado, aunque es notable que hasta un comentador de un sitio web de los principales medios de comunicación se siente obligado a señalar la falta de honestidad en el documento. Pero tiene que decirse en toda franqueza que Francisco no en apariencia, sino en realidad “juega rápida y flojamente” tanto con los argumentos como con las fuentes – y no sólo “un poco” sino de un modo bastante grave. Esto, por sí sólo, es suficiente para cubrir de oprobios hasta el fin de los tiempos este documento escandaloso. En verdad, Amoris Laetitia – la “Alegría del Amor” – podría ser más acertadamente titulada Deceptus Laetitia – la “Alegría del Engaño”.

Tal vez esto suene indebidamente áspero para el lector que no ha investigado lo más hondo de este documento. Pero cualquier persona que lo haga, tendría críticas aún más fuertes para ofrecer a su astucia verbal.

Dejadme empezar esta serie con un ejemplo que es tema del documento: su falsificación verdaderamente engañosa de una frase de Juan Pablo II en Familiaris consortio, párrafo 84 que “los pastores deben saber que, a propósito de la verdad, están obligados a ejercer un discernimiento cuidadoso de la situación”.

Esta única frase se cita en el párrafo 79 de AL, seguida inmediatamente por la proposición de que “el grado de la responsabilidad no es igual en todos los casos y los factores que limitan la capacidad de tomar una decisión pueden existir. Por lo tanto, mientras claramente afirma la enseñanza de la Iglesia de que, los pastores deben evitar juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diferentes situaciones, y de que deben de estar atentos, necesariamente, de cómo las personas experimentan y sufren la angustia a causa de su condición”.

Habiendo extraído la palabra “discernimiento” del contexto de Familiaris consortio, AL lo usa no menos que 32 veces en el proceso de su abogacía de una nueva forma de “discernimiento pastoral” que permitiría una nueva “integración” hacia el interior de la vida eclesial por parte de personas divorciadas y “re casadas” que están viviendo en un estado que hasta el Nuevo Catecismo (de acuerdo con las palabras de Nuestro Señor) llama “adulterio permanente y público”. El tema del “discernimiento” repetido una y otra vez en las páginas de AL, llega a su culmen en la sección titulada “El discernimiento de situaciones ‘irregulares’. La palabra “irregular”, apareciendo siempre entre comillas escépticas, es el nuevo nombre de AL para el “adulterio permanente y público”. Esta sección por su parte culmina en el párrafo nº 305 y su nota al pie de la página ahora infame. Cito el párrafo 305:

Por este motivo, un pastor no puede sentir que es suficiente simplemente aplicar leyes morales a aquellos que están viviendo en situaciones “irregulares”, como si fuesen simplemente piedras para tirar a las vidas de las personas. Esto revela el corazón cerrado de aquel que está acostumbrado a esconderse atrás de las enseñanzas de la Iglesia, “sentado en la silla de Moisés y juzgando a veces con la superioridad y superficialidad casos difíciles y familias heridas”. A lo largo de estas mismas líneas, la Internacional Comisión Teológica ha notado que “la ley natural no podría ser presentada como un conjunto de reglas ya establecidas que imponen a sí mismo a priori sobre el sujeto moral; más bien, es una fuente de inspiración objetiva para un proceso profundamente personal de cómo tomar decisiones…”

Es posible que en una situación objetivamente pecaminosa – que no puede ser subjetivamente culpable, o plenamente tal – una persona puede estar viviendo en la gracia de Dios, puede amar y puede también crecer en la vida de gracia y caridad, mientras va recibiendo la ayuda de la Iglesia a este propósito. El discernimiento debe ayudar a encontrar modos posibles de responder a Dios y crecer a la medida de los límites. Por pensar que todo es negro y blanco, a veces cerramos los caminos a la gracia y al crecimiento, y desalentamos senderos de santificación que dan gloria a Dios.

Aquí vemos la propia ley moral desestimada como “negro y blanco”, y hasta la ley natural reducida a un mero “ideal objetivo”. Es casi imposible creer que un Pontífice Romano pueda escribir de tal forma.

Y después la fatídica nota del pie de la página, número 351, que ambos Francisco y el copresentador de AL, Cardinal Schönborn, ahora admiten que abre la puerta a la Santa Comunión para adúlteros públicos viviendo apenas en uniones civiles mientras sus matrimonios legítimos continúan existiendo. Por “recibir la ayuda de la Iglesia” Francisco significa, dice la nota del pie de la página, que:

En ciertos casos, esto puede incluir la ayuda de los sacramentos. Por lo tanto, “quiero recordar a los sacerdotes que el confesionario no debe ser una cámara de tortura, sino un encuentro con la misericordia del Señor” (exhortación apostólica Evangelii Gaudium [24 de noviembre de 2013], 44: AAS 105 [2013], 1038). Me gustaría también señalar que la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino una medicina y alimento poderosos para los débiles” (ibid., 47:1039).

Otra vez, todo esto está basado en la única frase que AL extracta del párrafo 84 de Familiaris consortio, con su referencia a “discernimiento”. Pero ahora debemos examinar lo que Juan Pablo II realmente enseña en el mismo párrafo siguiendo la referencia a “discernimiento”:

Sin embargo, la Iglesia reafirma su práctica, basada en las Sagradas Escrituras, de no admitir a la Comunión Eucarística, a personas divorciadas que han sido re-casadas. No son capaces de ser admitidas porque su estado y condición de vida objetivamente contradice aquella unión de amor entre Cristo y la Iglesia que está significada y efectuada por la Eucaristía. Además de eso, hay otro motivo pastoral especial: si esta gente fuese admitida a la Eucaristía, los fieles serían conducidas al error y a la confusión con respecto a la enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.

La reconciliación en el sacramento de la Penitencia que abriría el camino a la Eucaristía, sólo puede ser concedida a aquellos que, arrepintiéndose de haber roto la señal de la Alianza y de fidelidad a Cristo, están sinceramente listos para emprender un modo de vida que ya no está en contradicción a la indisolubilidad del matrimonio. Esto significa, en la práctica, que cuando, para motivos serios, tales como, por ejemplo, la educación de los niños, un hombre y una mujer no pueden satisfacer la obligación de separarse, ellos “toman por sí mismos la obligación de vivir en la continencia completa, es decir, a abstenerse de los actos que pertenecen a los cónyuges casados”.

Esto es la enseñanza constante de la Iglesia, afirmada no sólo por Juan Pablo II y el Catecismo que promulgó, sino también por la Congregación para la Doctrina de la Fe durante su pontificado y también por Benedicto XVI en su propia exhortación apostólica pos-sinodal. Y con todo no hay ni mención de esta enseñanza en ningún lugar en AL, excepción hecha en la nota del pie de la página 329, que se emplea de modo engañoso al reducir la reafirmación de Juan Pablo II en Familiaris del imperativo moral de personas divorciadas y “re casadas” que observan “continencia completa” a una mera “posibilidad de vivir ‘como hermanos y hermanas’ que la Iglesia les ofrece …”

El engaño que se hace en la nota a pie de la página 329 será el tema de mi próxima columna. Es suficiente al presente afirmar que AL confirma la profecía de Sor Lucía al Cardenal Caffarra que “la batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será sobre el matrimonio y la familia”.