Una alocución delirante para un premio delirante

por Christopher A. Ferrara
El 11 de mayo de 2016

No pasa una semana sin que Francisco deje de ser el centro de atención en el mundo católico. En primer lugar, porque es el Papa, pero sobre todo porque su pontificado es un asunto animado por acontecimientos que van de un tema “caliente” a otro, como un huracán que necesita encontrar aguas cálidas a menos que pierda su fuerza y se desvanezca.

Así, el 6 de mayo Francisco fue alabado por los potentados que gobiernan Alemania, quienes le otorgaron en el Vaticano el premio Carlomagno de Aachen. Dejaré a Antonio Socci explicar cuán absurdo es este premio: “El obsequio del premio Carlomagno al Papa Bergoglio da a risa. Sería como conferir el premio Santo Tomás de Aquino a Eugenio Scalfari”.

Scalfari, ateo infame y confidente de Francisco, cuyas entrevistas al locuaz Pontífice han sido tan chocantes al mundo católico con el escándalo reiterado, está tan lejos del Doctor Angélico como lo está Francisco de Carlomagno el Grande, el primer Santo Emperador Romano de una civilización cristiana que tuvo que defenderse una y otra vez contra la invasión Islámica.

La alocución de Francisco durante la ceremonia de premio demuestra la ilusión que afecta tanto al presentador como al que recibe el premio. Resolutamente inconsciente de la invasión islámica de un Europa post-cristiana, Francisco exhorta al liderazgo europeo presente para “construir puentes y derrumbar muros”. El resto de la alocución fue también un ejercicio de lo políticamente correcto, con Francisco re-escribiendo la historia de la cristiandad como “la necesidad constante de integrar en nueva síntesis las culturas más variadas y discretas”. Según Francisco: “La identidad de Europa es, y siempre ha sido, una dinámica identidad multicultural”.

Completamente falso. Hasta su derrumbe final bajo las orugas de los tanques del Presidente Truman al final de la Segunda Guerra Mundial, la cristiandad estaba unida en una sola cultura cristiana, aunque exhibía variaciones étnicas entre los varios pueblos cristianos de Europa. El “multiculturalismo” por otra parte, es un lema de la modernidad política. Como Socci señala, sirve como una “máscara para el relativismo, a menudo odio anticristiano, y sobre todo la puerta abierta a la Islamización”.

Pero Francisco sigue en adelante con sus quejas contra los “muros”, felizmente ignorante de la realidad histórica (señalada por Socci) de que fueron precisamente muros – literalmente muros de piedra –los que detuvieron las hordas musulmanas durante el asedio de Viena de 1683, cuando el gran Juan III Sobieski resistió a los invasores contra todo pronóstico y salvó a Europa occidental de la suerte del Imperio Oriental, donde los musulmanes habían conquistado Constantinopla, que se convirtió en Estambul, e hicieron de la Hagia Sofia una mezquita. Si no fuese por los “muros”, escribe Socci, “Hoy todos nosotros seríamos turcos…”

Lo más cerca que estuvo Francisco de decir que Europa fue una vez cristiana fue su afirmación de que “Sólo una Iglesia rica en testigos será capaz de traer de nuevo el agua pura del Evangelio a las raíces de Europa”. Pero aun aquí, la ilusión surge: “En esta empresa el camino de los cristianos hacia la unidad completa es una gran señal de los tiempos y una respuesta a la oración del Señor ‘que todos sean uno’ (Jn 17:21)”.

¿Cómo es posible para un observador racional considerar el estado actual de las sectas protestantes y ver en ellas un movimiento hacia la unidad con la Iglesia Católica? O tal vez Francisco quisiese decir que, bajo su liderazgo, y en línea con los últimos 50 años de deriva eclesiástica en el nombre del “diálogo ecuménico”, la Iglesia Católica se está moviendo hacia la unidad con las denominadas iglesias protestantes en cuanto a su decrepitud doctrinal y moral. Aquí, al hablar humanamente, Francisco tiene un punto.

¿Qué tiene que ver con Carlomagno el Grande todo este balbuceo políticamente correcto? Nada en absoluto, por supuesto. Una Europa delirante da a un Papa delirante un premio por presidir, junto con los gobernantes laicos de Europa, sobre la destrucción de la mismísima cosa a favor de la cual Carlomagno ha luchado por edificar y defender: la Cristiandad. Así, Francisco no dijo a su audiencia que Europa debe experimentar una recuperación de la cultura cristiana de tal modo que se salve a sí misma de la destrucción. Por el contrario, más allá de un poco de “aguar” en la forma de testimonio “ecuménico”, esto ha sido su receta para regresar al pasado:

“Una tal ‘transfusión de memoria’ puede hacernos capaces de hallar inspiración del pasado para enfrentar con ánimo la complexa estructura multipolar de nuestro propio día y abrazar con determinación el desafío de ‘actualizar’ la idea de Europa. Una Europa capaz de dar la luz a un nuevo humanismo basado en tres capacidades: la capacidad de integrar, la capacidad para el diálogo y la capacidad de generar.

“Si hay una sola palabra que no debemos nunca cansarnos de repetir, es ésta: diálogo. Estamos llamados a promover una cultura de diálogo por todos los medios posibles y así reconstruir el tejido de la sociedad. La cultura del diálogo comprende un verdadero aprendizaje y una disciplina que nos hace capaces de ver a los otros como copartícipes válidos del  diálogo, para respectar el extranjero, al inmigrante y a la gente de culturas distintas como siendo merecedoras de ser escuchadas”.

¿Qué se puede decir excepto: que Dios nos ayude?