El Papa infaliblemente poderoso

por Christopher A. Ferrara
El 13 de mayo de 2016

Precisamente cuando pensaste que había cesado la erupción del volcán Bergoglio, otra nube estalla y cubre el paisaje con más confusión todavía.

Esta vez escuchamos que al infame Hans Küng, despojado de su licencia de teólogo católico al inicio del pontificado de Juan Pablo II, pretende que por medio de una carta particular que recibió de Francisco, Francisco le ha dado una luz verde para empezar “una discusión irrestricta sobre el dogma de la infalibilidad”.

Küng no ha dejado a nadie ver la carta, y no cabe duda de que está exagerando su importancia. Por otra parte, no cabe duda tampoco de que Francisco, el jesuita listo, permite que Küng tenga la impresión de que el dogma infaliblemente definido ahora puede ser desafiado. Vamos a decir que simplemente con guiños e inclinaciones de cabeza, es cómo Francisco procede.

Pero he aquí una paradoja aparente. Como Sandro Magister señala, al final del Falso Sínodo 2014, habiendo criticado a los oponentes “inflexibles” en la Sala del Sínodo, Francisco mismo aludió al “poder ordinario y universal, inmediato, completo y supremo en la Iglesia…” En verdad, Magister observa, Francisco es “el pontífice que a lo largo del pasado medio siglo ha exhortado más que cualquier otro, esta suprema autoridad…”

Así Magister señala la paradoja aparente: “Sobre el dogma de la infalibilidad, sin embargo, no hay ninguna comparación entre su apoyo vacilante y débil para la reconsideración del dogma por una parte, y por la otra parte, la proclamación imponente y poderosa de su propia autoridad suprema que él ha hecho más de una vez, y siempre en momentos de gran importancia”.

¿Pero es esto verdaderamente una paradoja? Magister, creo yo, ha pasado por alto la distinción entre el poder y la infalibilidad. Me parece que Francisco está poco interesado en ser un Papa infalible sino un Papa supremamente poderoso. Es demasiado listo para insistir que cualesquiera de sus novedades estén siendo propuestos infaliblemente, porque eso conduciría al resultado imposible de que la anterior enseñanza infalible puede ser contradicha por la ulterior enseñanza infalible. Francisco sabe bien que la infalibilidad está limitada a los dogmas formalmente definidos en la Iglesia y su enseñanza perenne sobre la fe y la moral, incluyendo tales asuntos como los graves males del aborto, de la anticoncepción y del divorcio. Y sabe que no puede afirmar cosa alguna denominada “infalible” en contra de estas enseñanzas infalibles sin socavar su propia pretensión a la autoridad pontificia.

Y por eso Francisco prefiere operar dentro de la nube de ceniza volcánica de la ambigüedad, donde el bruto poder del papado le sirve lo mejor. A la vez, sin embargo, está contento de dejar que las termitas como Küng mordisqueen el dogma de la infalibilidad para ver a lo que pueden concluir que le pueda ser útil. Porque es precisamente la infalibilidad papal la que sostiene los dogmas que el programa Bergogliano indirectamente ha desafiado: es decir, la indisolubilidad del matrimonio y la Presencia Real de Cristo en el Santísimo Sacramento (ante el cual Francisco nunca dobla la rodilla y al cual le gustaría dar acceso a adúlteros públicos.)

Aquí vemos emergiendo la verdadera paradoja: Francisco quiere ser infalible sin el dogma de la infalibilidad – es decir, una infalibilidad en términos de un poder que no puede ser desafiado a diferencia del Depósito de la Fe inmutable que ni Francisco se atrevería a alterar apertis verbis.

Sandro captura la paradoja en el título amargamente irónico de su artículo: “Francisco, Papa. Más infalible que él, no hay”. Aquí Magister refleja el susto siempre más amplio y hasta de disgusto con el que Antonio Socci tan acertadamente ha nombrado “el Bergoglianismo” entre los fieles laicos, así como entre muchos clérigos y hasta entre algunos obispos y cardenales (aunque quedan en un silencio cobarde por miedo de que sus cabezas rueden). Solamente desde la perspectiva de Fátima este desarrollo puede ser visto con esperanza.