Otra mala señal: un Papa que no se arrodilla ante el Señor en la Eucaristía

por Christopher A. Ferrara
El 31 de mayo de 2016

El 26 de mayo una procesión Eucarística presidida por Francisco tuvo lugar en la Basílica de Sta. María la Mayor en Roma. Ante el Santísimo Sacramento expuesto en el altar había un reclinatorio de terciopelo para uso del Papa. Francisco rehusó arrodillarse sobre él. Estaba de pie ante el Santísimo Sacramento expuesto mientras sacerdotes y monaguillos alrededor de él se arrodillaron con reverencia.

De hecho, Francisco ha rehusado consistentemente arrodillarse ante el Santísimo Sacramento – el Señor Eucarístico – en cualquier contexto. Ni aun cuando él mismo consagraba la Eucaristía en el altar; ni siquiera durante su primera Misa como Papa en la capilla Sixtina. Sin embargo, se arrodilla con ganas para recibir “la bendición” de carismáticos balbuceando y para lavar y besar los pies de no-católicos, incluyendo mujeres musulmanas, durante el absurdo ritual del lavado de pies con el que sustituyó el mandatum tradicional de Jueves Santo.

Citando al predecesor de Francisco, escribía cuando era Cardenal Ratzinger, el valiente Antonio Socci abiertamente plantea la pregunta a los católicos de todo mundo a quienes les gustaría recibir una respuesta honesta: “Padre Bergoglio [como Francisco se llama a sí mismo], tiene Usted un problema con la Santa Eucaristía? ¿Usted no sabe que en la espiritualidad cristiana ‘la incapacidad de arrodillarse es vista como la propia esencia de lo diabólico’”? (En este sentido, Ratzinger señaló un detalle curioso en todas las representaciones del demonio: la ausencia de rodillas para arrodillar.)

Socci recuerda aquí “las afirmaciones inquietantes en cuanto a la Eucaristía en su visita [de Francisco] a los luteranos de Roma”. En esta ocasión Francisco sugirió a una mujer luterana que el dogma católico de la transubstanciación fue meramente una “interpretación o explicación” diferente del punto de vista luterano, y que ella debe “hablar con el Señor” sobre si puede o no recibir la Sagrada Comunión en una Iglesia católica junto con su marido católico.

Y hay también, como Socci señala, el ataque directo contra la integridad del Santísimo Sacramento, bajo el aspecto de “misericordia”, por medio de la sugerencia en Amoris Laetitia de que en “ciertos casos” los divorciados y “re-casados” que viven en una condición que Nuestro Señor Mismo condenó como adulterio, podrían ser admitidos a la Sagrada Comunión, así autorizando el sacrilegio abierto en una escala masiva.

A este respecto se debe recordar el informe sobre cómo Francisco dijo a una mujer argentina “casada” con un hombre divorciado que debe hacer caso omiso al consejo de su
párroco y recibir la Sagrada Comunión en otra parroquia porque “un poco de pan y vino no hace daño” – un informe que ni Francisco ni el Vaticano han negado. (La “respuesta” equívoca y evasiva del Padre Lombardi que se presentó como si fuese una negativa – una técnica en que se especializa la oficina de prensa del Vaticano– fue en efecto una confirmación del informe).

¿Qué podemos decir sobre un Papa que simplemente rehúsa hacer lo que cualquier católico creyente hace instintivamente: arrodillarse en sumisión humilde ante el Señor Eucarístico? Estamos confrontados aquí con aún otra señal de un papado desemejante a cualquier otro anterior, significando tal vez una nueva etapa final en la crisis eclesiástica que precede a sus dramáticos resultados– un drama que no será sin consecuencias calamitosas para ambos la Iglesia y el mundo.

Así debemos unirnos a Socci para expresar la urgencia de “intensificar oraciones por el Papa Bergoglio: para que se decida finalmente arrodillarse, con sus rodillas y con su corazón, ante el Señor. Para el bien de su alma y para el bien de la Iglesia”.