Desastre en Letrán – II Parte

por Christopher A. Ferrara
el 22 de junio de 2016

En mi última columna discutía acerca de la explosiva controversia – la última de muchas de este pontificado – debida a la afirmación de Francisco el 14 de junio en Letrán de San Juan de que “la gran mayoría de nuestros matrimonios sacramentales son nulos” y que las parejas que cohabitan pueden tener “un verdadero matrimonio, tienen la gracia precisamente del matrimonio, a causa de la fidelidad que mantienen”.

El canonista Dr. Edward Peters llama esta opinión “absurda”. Cuán absurda es, se muestra por la propia explicación de Francisco de su opinión:

[V]ivimos en una cultura de lo provisional. Un obispo, le oí decir, hace algunos meses, que fue presentado a un joven que había completado sus estudios universitarios, un buen joven, y dijo: “quiero ser sacerdote, pero durante 10 años [risa]”. Es la cultura de lo provisional. Y esto está sucediendo en todos lados, hasta en la vida sacerdotal, en la vida religiosa. Lo provisional. Y por esta razón la gran mayoría de nuestros matrimonios sacramentales son nulos, porque los esposos dicen: “Sí, para toda la vida”, pero no saben lo que dicen, porque tienen otra cultura. Lo dicen, y tienen buena fe, pero no son conscientes.

Por lo tanto, según Francisco, la “cultura de lo provisional” de alguna manera priva a las parejas de “ser conscientes” de lo que significan las propias palabras que dicen en el altar cuando las dicen incluso de buena fe, no meramente fingiendo estar de acuerdo. Sin embargo, la ley de la Iglesia, así como el sentido común, presumen “el consentimiento interno de la mente… a las palabras o a los signos usados en la celebración de un matrimonio”. (CIC 1101.1) Es decir, la Iglesia presume que las personas en verdad están de acuerdo en casarse para toda la vida cuando dicen que están de acuerdo.

Francisco, sin embargo, tiene otra idea. Parece que piensa que a causa de la “cultura de lo provisional” las personas que, hasta con buena fe, reconocen “Sí, para toda la vida” cuando se están casando, de alguna manera no “son conscientes” de que las palabras “para toda la vida” significan permanentemente. Eso es extraño, porque Francisco difícilmente afirmaría que la “cultura de lo provisional” disculpa a las personas de otras afirmaciones de compromiso vinculantes. Algunos ejemplos de las obligaciones contractuales que frecuentemente duran durante la mayoría de una vida: el servicio militar de que no hay ningún escape una vez contratado, las reglas morales de varias profesiones, los juramentos de ciudadanía bajo pena de traición, los juramentos judiciales en procedimientos legales, etc.

Tampoco dejaría Francisco que esta “cultura de lo provisional” excusase a las personas de los compromisos vinculantes de cumplir obligaciones que constantemente condena de haber hecho caso omiso, como es el cuidado del medioambiente, la justicia social, el fin al comercio de armas, la pena capital, la discriminación contra mujeres, la redistribución de la riqueza y así en adelante en la letanía de causas que le son queridas.

Cómo es, entonces, que la “cultura de lo provisional” es un impedimento contra el consentimiento sólo cuando se trata del matrimonio, cuando el consentimiento válido requiere apenas que uno “no sea ignorante de que el matrimonio es una asociación permanente entre un hombre y una mujer ordenada a la procreación de hijos por algún medio de procreación”, de cual la ignorancia “no se presume que exista después de la adolescencia” (Canon 1096, §§ 1, 2) Me parece que la “cultura de lo provisional” es simplemente un recurso retórico para justificar lo que es realmente una opinión que no tiene ninguna base y es efectivamente absurda: que la mayoría de los esposos católicos no están realmente casados. Cuando un Papa seriamente propone una cosa tal, podemos saber que estamos a medio camino de la última batalla entre la Iglesia y el demonio sobre la cual Sor Lucía habló: la batalla sobre el matrimonio y la familia.

Habrá más sobre este escándalo en mi próxima columna.