Homepage
Cruzada
Perspectivas
Sobre Fátima
Noticias
Recursos
Tercer Secreto
Consagración
Oración
Librería
Homepage
Apostolado
Para hacer un donativo
Más información
Nuestra señora de Fatima en línea
ImageMap for Navigation ¿Por qué Fátima? Mapa del sitio Contactar
Perspectivas Sobre Fátima

Un cuento de dos Sínodos

por Christopher A. Ferrara
El 29 de junio de 2016

El 16 de junio de 2016 – la mismísima fecha del “desastre en Letrán” que involucraba las afirmaciones de Francisco sobre el matrimonio y la cohabitación, el tema de mis tres columnas anteriores – la Iglesia ortodoxa de los Estados Unidos aprobó la siguiente afirmación de su enseñanza moral:

La Iglesia ortodoxa en América enseña y mantiene como creencia religiosa sinceramente sostenida que Dios ha establecido el matrimonio como una relación exclusiva para toda la vida entre un hombre y una mujer, y que todo acto íntimo sexual fuera del enlace matrimonial, sea heterosexual, homosexual, o de otro modo, es inmoral, y por eso es un pecado…

Soy consciente de que la Iglesia ortodoxa permite el divorcio y el re-casamiento bajo ciertas circunstancias, desviándose así del Evangelio, pero por lo menos tiene la voluntad de afirmar francamente que todo acto sexual fuera del matrimonio es inmoral y un pecado.

Sin embargo, no se encuentra tal especie de afirmación en lugar alguno a tenor de la “exhortación apostólica” post-sinodal de Francisco Amoris Laetitia (AL), ni en ningún lugar de los documentos del “Sínodo sobre la Familia”. Por el contrario, y por increíble que parezca para un Pontífice Romano, AL sistemáticamente propone disculpas para relaciones sexuales inmorales y pecaminosas fuera del matrimonio, que (tal y como en mis columnas anteriores debatía) Francisco aún se atreve a llamar en Letrán “matrimonio verdadero” a parejas que cohabitan en Argentina. Para citar dos ejemplos destacados de AL:

Por lo tanto, ya no puede decirse simplemente que todos aquellos en cualquier situación “irregular” están viviendo en un estado de pecado mortal y están privados de la gracia santificante. (AL 301).

[E]s posible que en una situación objetiva de pecado – que tal vez no sea subjetivamente culpable, o plenamente tal – una persona pueda estar viviendo en la gracia de Dios, puede amar y también crecer en la vida de la gracia y de caridad, mientras va recibiendo la ayuda de la Iglesia para alcanzar este fin (AL305).

Mientras AL supuestamente es un documento ideado para contestar “desafíos” a los que se enfrenta la familia hoy, ni una línea en sus 256 páginas de verborrea confronta el desafío planteado precisamente por las relaciones sexuales fuera del matrimonio que han socavado los fundamentos de toda nuestra civilización, conduciéndola a su inminente ruina. En vez de eso, por extraño que parezca, la única referencia del documento al decaimiento social a causa del pecado endémico se relaciona con el medioambiente y a la injusticia social:

Ni podemos pasar por alto la decadencia social que es causada por el pecado, como, por ejemplo, cuando seres humanos tiranizan la naturaleza, egoísta y aun brutalmente destrozándola. Esto conduce a la desertificación de la tierra…  y a aquellos desequilibrios económicos y sociales denunciados por los profetas, empezando con Elías…  y culminando en las palabras de Jesús mismo contra la injusticia… (AL 26)

En efecto, la única forma de conducta que AL expresamente declara ser pecaminosa y sin disculpa es, de todas las cosas, la difamación: “frecuentemente olvidamos que la difamación puede ser muy pecaminosa; es una grave ofensa contra Dios cuando seriamente daña el buen nombre de otra persona y causa un perjuicio que es difícil reparar”. (AL 112)

Pero ¿no es el comportamiento inmoral sexual una “grave ofensa contra Dios” que “causa un perjuicio que es difícil reparar” – en realidad, a menudo es imposible reparar? Si buscamos a través de todo AL no encontraremos ni una insinuación de que eso es así. Sin embargo, AL ha sido supuestamente ideado para ser una “defensa” de la familia de las amenazas contra su existencia. ¿Qué amenaza más grande hay contra la familia, que el ilícito comportamiento sexual, sea la fornicación, la anticoncepción o el divorcio? Porque todos ellos atraviesan el corazón del plan de Dios para la familia.

A pesar de su tributo en sus capítulos de apertura al amor matrimonial y a la familia, una lectura razonable de todo el documento demuestra que fue escrito precisamente para introducir una acomodación a los comportamientos pecaminosos que han llegado a ser endémicos en nuestra civilización una vez cristiana, y aconseja esencialmente “vivir y dejar vivir” cuando se trata de la cohabitación y “segundos matrimonios” adúlteros que AL se atreve describir como que están caracterizados por la “fidelidad probada, auto-entrega generosa, compromiso cristiano…” (AL 298)

Este tema de “vivir y dejar vivir” no es en ningún lugar más evidente que en AL 92, donde leemos:

Eso es porque la palabra de Dios nos dice: “Toda amargura, ira, enojo, griterío, y maledicencia, con todo género de malicia, destiérrese de vosotros”.  (Eph. 4:31). La paciencia echa raíces cuando reconocemos que otras personas también tienen derecho a vivir en este mundo, tal y como son. No importa si detienen, si trastornan mis planes, o me fastidian por la manera en que actúan o piensan, o si no son todo lo que yo quiero que ellos sean.

Aquí San Pablo es citado de modo engañoso para apoyar la idea de que Dios Mismo nos dice que todos tienen “un derecho de vivir en este mundo, tal y como son”. ¡Qué tontería! Lo que San Pablo realmente enseña en el contexto íntegro del Capítulo 4 de Ephesios es que los hombres deben reformarse con la gracia de Dios, cesar de pecar, incluso pecados de la carne, y vivir con rectitud:

Os advierto pues, y yo os conjuro de parte del Señor, que ya no viváis como todavía viven los gentiles que proceden en su conducta según la vanidad de sus pensamientos,

Teniendo oscurecido con tinieblas el entendimiento, ajenos enteramente de vivir según Dios, por la ignorancia en la que están, a causa de la ceguedad de su corazón, los cuales no teniendo ninguna esperanza, se abandonan a la disolución, para zambullirse con un ardor insaciable en toda suerte de impurezas.

Pero en cuanto a vosotros, no es eso lo que habéis aprendido en la escuela de Jesucristo, pues en ella habéis oído predicar, y aprendido, según la verdad de su doctrina, a desnudaros del hombre viejo, según el cual habéis vivido en vuestra vida pasada, el cual se vicia siguiendo la ilusión de las pasiones. Renovaos pues ahora en el espíritu de vuestra mente:

Y revestíos del hombre nuevo, que ha sido criado conforme a Dios en justicia, y santidad verdadera. Por lo cual renunciando a la mentira, hable cada uno verdad con su prójimo, puesto que nosotros somos miembros los unos de los otros. Si os enojáis, no queráis pecar; no sea que se os ponga el sol estando airados.

No deis lugar al diablo: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en algún ejercicio honesto, para tener con que dar al necesitado.

De vuestra boca no salga ningún discurso malo, sino los que sean buenos para edificación de la fe, que den gracia a los oyentes. Y no queráis contristar al Espíritu santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Cuando hasta un sínodo de la Iglesia ortodoxa dice francamente lo que un Pontífice Romano y su Sínodo parecen incapaces de afirmar, sino que parecen determinados a obscurecer y disculpar, sabemos que esto es la batalla final de la cual Sor Lucía avisó al Cardenal Caffarra: la batalla entre la Iglesia y el demonio sobre el matrimonio y la familia en el medio de lo que ella correctamente llamó la “desorientación diabólica” en la Iglesia.

Pero cuanto a los católicos, podemos estar animados sabiendo que esta batalla final es apenas el preludio a la restauración gloriosa que Nuestra Señora nos prometió en Fátima: “Por fin Mi Inmaculado Corazón triunfará”.




amigable a su impresora
Pagina inicial

imagemap for navigation Página inicial Mapa del sitio Contactar Buscar