¿Un Papa anticatólico?

por Christopher A. Ferrara
el 30 de junio de 2016

Ya nos hemos acostumbrado a los resultados ultrajantes debido a la insistencia de Francisco de hacer afirmaciones disparatadas a periodistas durante los vuelos a o desde los destinos de los inútiles viajes pontificios que han llegado a ser la actividad primera de los papados pos-Vaticano II. Sin embargo, entre todas las disparatas, hay también afirmaciones inadvertidamente reveladoras que indican el alcance de la crisis-dentro-de-una-crisis que es el pontificado Bergogliano.

El ejemplo más reciente es la conferencia de prensa en-vuelo en el regreso a Roma del viaje a Armenia. Una afirmación muy reveladora subió en el contexto de una pregunta de un periodista sobre la afirmación reciente del clave consejero pontificio Cardenal Reinhard Marx sobre cómo la Iglesia debe pedir perdón a los “gays” por la manera en que la Iglesia les ha tratado. Los “Gays” han sido añadidos a la lista de aquellos a quienes la Iglesia debe hacer apología y “pedir perdón” – la mea culpa interminable que Juan Pablo II comenzó y que ahora parece hacerse perpetua, aunque no hemos oído ni una única apología de los poderes de este mundo por sus ofensas contra los cristianos, incluso la persecución estatal y el genocidio de veintenas de millones de ellos.

Francisco, por supuesto, estaba complacido en responder que la Iglesia “no debe decir simplemente lo siento… a esta persona que es homosexual a la que ha ofendido. Sino que debe decir lo siento a los pobres, también a las mujeres maltratadas, a los niños forzados a trabajar”. Por favor. Por lo menos, sin embargo, Francisco aclaró que por “la Iglesia” quería significar “los cristianos. La Iglesia es santa. Nosotros somos pecadores.”

Pero además una afirmación muy reveladora: “Me acuerdo, de niño, la cultura católica cerrada de Buenos Aires: no podía entrarse en la casa de una pareja divorciada. Estoy hablando de hace 80 años. La cultura ha cambiado, gracias a Dios”.

En una sola afirmación reveladora Francisco ha divulgado la profundidad de la amenaza que su pontificado plantea a la Iglesia: “la cultura católica cerrada”.  Francisco agrada a Dios porque “la cultura ha cambiado” para que el divorcio y el “re-casamiento” ya no sea visto como una forma de adulterio que los católicos no perdonarían, rehusando socializar en los hogares de los copartícipes en adulterio. Agrada a Dios que la “cultura católica cerrada” ha dado lugar a una cultura en que la que el divorcio y el “re-casamiento” es aceptado, y en realidad ampliamente practicado, por católicos.

Sin embargo, es este mismo Papa que administró un “Sínodo sobre la Familia” que propone enfrentar una “crisis en la familia” planteada por el mismísimo cambio cultural por el cual Francisco agrada a Dios. Pero, por otra parte, el Falso Sínodo trataba, a fin de cuentas, de una tentativa de intimidar a la Iglesia a la aceptación institucional – Francisco la llama “integración” – de lo que Nuestro Señor Mismo denunció como adulterio.

Por eso tenemos un Papa que con una facilidad sospechosa, menosprecia una cultura en que una aversión instintiva hacia el pecado público por parte de los fieles simples que se les aconsejaba no asociarse con personas que habían hecho caso omiso a sus votos matrimoniales y cohabitaban con sus copartícipes en pecado. Francisco agrada a Dios, en resumen, de que la cultura ya no es católica.

¿Es esto el Vicario de Cristo? Nunca en 2000 años, ni durante los pontificados de los Papas personalmente corruptos, hemos visto tal hombre como éste ocupando la Silla de San Pedro. No es una cuestión de malicia o astucia. Claramente tenemos en Francisco un Papa que, por increíble que parezca, no estima mucho el catolicismo, y no importa decírnoslo, y parece ser felizmente inconsciente de la paradoja apocalíptica de un Papa anticatólico. Un Papa que, en su profunda confusión, llama a la Iglesia santa, pero agrada a Dios que los católicos ahora aceptan impías uniones sexuales.

Más sobre esta inquietante conferencia de prensa Bergogliana (una redundancia, ya sé) en la próxima columna.