El Magisterio en-vuelo y sus consecuencias

por Christopher A. Ferrara
el 11 de julio de 2016

En mi última columna antes de un breve hiato (para asistir a la importante Conferencia del Foro Romano en Lago Garda, Italia), prometí una discusión ulterior sobre la más reciente escandalosa conferencia de prensa en-vuelo, esta vez de regreso a Roma de un viaje totalmente inútil (e innecesariamente caro) a Armenia.

A riesgo de ser chistoso, me parece que en este momento del pontificado Bergogliano se puede hablar de una Regla de Bergoglio: Ni en una conferencia pontificia deber faltar por lo menos un error significativo contra la Fe.

Esta vez, hemos recibido el mentirón siguiente cuanto a Lutero, quien literalmente inventó la religión protestante en una sublevación que destruyó la unidad de la Cristiandad, pero, a quien Francisco propone “conmemorar” este octubre: “Hoy los protestantes y los católicos están de acuerdo sobre la doctrina de la justificación: él [Lutero] no se equivocó sobre este tema importante”.

Si desearíamos compilar una Lista de los Diez errores Bergoglianos más significativos y pifias más desconcertantes, esto merece incluirse en la lista. Si Lutero tuviese razón sobre la justificación, entonces la Iglesia católica se equivocó y habría sido equivocada en el ejercicio de su magisterio infalible en el Concilio de Trento. Trento infaliblemente anatematizó la herejía de Lutero de “justificación solamente por fe” sin cualquier cooperación con la gracia, meritoria y libremente deseada por parte del individuo justificado (que la Iglesia denomina el cooperatio) sino con apenas una aceptación “meramente pasiva”. Trento también condenó la herejía correlativa de Lutero de que aun después de la justificación no hay ninguna regeneración o santificación interiores de la persona justificada sino una “depravación total” que Dios apenas encubre con una justicia imputada (pero no autentica). Según Lutero, la persona que es “salvada solamente por fe” es simul iustus et peccator: a la vez justificada y pecaminosa.

La Iglesia católica nunca ha alcanzado “acuerdo” alguno con los protestantes diciendo que las herejías de Lutero cuanto a justificación fueron “sin equivocación”. Aquí Francisco parece estar basándose en algún vago recuerdo de la totalmente no vinculante y sin valor “Declaración conjunta sobre la Doctrina de Justificación” de 1999 entre el Concilio Pontificio para la Promoción (leer: Prevención) de la Unidad Cristiana, falsamente anunciada como siendo entre “la Iglesia católica” y la insensata Federación luterana mundial compuesta de sectas a favor del aborto, anticoncepción, divorcio, homosexualidad, “casamiento homosexual” y ordenación de mujeres. Este documento declara absurdamente que: “La enseñanza de las iglesias luteranas presentada en esta Declaración no está sujeta a las condenaciones del Concilio de Trento.”

Un disparate total. Además, una mentira gorda. Confrontada con esta mentira, la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) bajo Juan Pablo II fue forzada a emitir una “Respuesta de la Iglesia católica” a la Declaración Conjunta que niega cualquier “acuerdo” tal. Considerad la ironía: La Declaración Conjunta pretende representar la posición de la “Iglesia católica” mientras la CDF proporciona una respuesta de la Iglesia católica a “la Iglesia católica”. Es apenas otro ejemplo de la desorientación diabólica de la era post-conciliar en que la cabeza del elemento humano de la Iglesia está guerreando con su rabo.

En la “Respuesta oficial” la CDF señala el párrafo 4.4 de la Declaración Conjunta, intitulado “El justificado como pecador”. En primer lugar, invocando Trento, la CDF amonesta:

El decreto sobre la justificación del Concilio de Trento…afirma que un hombre puede rehusar la gracia; pero debe afirmarse además que, con esta libertad de rehusar, hay también una nueva capacidad de adherirse a la voluntad divina que es debidamente llamada ‘cooperatio’. Esta nueva capacidad dada en la nueva creación, no nos deja emplear en este contexto la expresión ‘meramente pasiva’ [Declaración Conjunta, n. 21].

Luego, la CDF señala el error de la justicia meramente imputada, una vez más invocando el Concilio de Trento:

Desde un punto de vista católico el título [El justificado como pecador] es ya una causa de perplejidad. Según, en efecto, la doctrina de la Iglesia católica, en el bautismo todo lo que es realmente un pecado es borrado, y por eso, en aquellos que nacen de nuevo, no hay nada que sea odioso a Dios. Se sigue que la concupiscencia que permanece en los bautizados no es, propiamente hablando, pecado.

Para los católicos, por lo tanto, la formula “a la vez justificado y pecaminoso”, como es explicado al inicio de n. 29 (“creyentes son totalmente justificados, en que Dios les perdona sus pecados por medio de la Palabra y el Sacramento …Mirando a sí mismos… sin embargo, reconocen que permanecen también totalmente pecaminosos. El pecado aún vive en ellos…”), no es aceptable…Esta afirmación no parece compatible, en verdad, con la renovación y santificación del hombre interior de las cuales habla el Concilio de Trento…

[S]igue siendo difícil de ver cómo, en el estado actual de la presentación, proferida en la Declaración Conjunta, podemos afirmar que esta doctrina sobre “simil iustus et peccator” no caiga sobre la condenación de los anatemas del decreto tridentino sobre el pecado original y la justificación.

En resumen, tal como expresa la CDF: “La Iglesia católica mantiene, sin embargo, el punto de vista de que no podemos aún hablar de un consenso de tal modo que haya sido eliminado todas las diferencias entre católicos y luteranos en el entendimiento de la justificación.” Eso es expresarlo de un modo muy templado. Las diferencias que no pueden eliminarse son precisamente las herejías que Trento anatematizó. Nada ha cambiado a este respecto, a pesar de la tentativa de la Declaración Conjunta de disfrazar las diferencias con leguaje ambiguo, forzando a la CDF a intervenir. Sin embargo, Francisco parece inconsciente de esta realidad y alegremente declara que Lutero tuvo razón – y, en efecto, justificando así toda la sublevación de Lutero, que fue fundamentada precisamente en sus herejías cuanto a la justificación.

¿Qué debemos pensar de un Papa que continua y aturdidamente socava los fundamentos de la Fe con sus comentarios espontáneos comunicados a periodistas como parte de un magisterio extraño proclamado en-vuelo? Sólo puede suponerse que el pontificado Bergogliano representa el extremo final, o muy próximo al extremo final, de una crisis eclesial desemejante a cualquier otra en la historia de la Iglesia – una crisis cuya solución, hasta la fecha, parece imposible sin una intervención divina muy dramática, que, con toda probabilidad, llevará consigo consecuencias serias para toda la humanidad.