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Perspectivas Sobre Fátima

El ardid modernista detrás del Pontificado Bergogliano

por Christopher A. Ferrara
el 15 de julio de 2016

La esencia del Modernismo es la negación de lo que el Modernismo parece estar afirmando. Palabras ambiguas son el lenguaje de la teología modernista.

Un ejemplo clásico de este engaño modernista es un artículo reciente del P. Thomas Rausch, SJ que se publicó en Civiltà Cattolica, la revista pontificia supuestamente autorizada cuyos contenidos son examinados por el Vaticano. El título solo alerta al lector atento de otro engaño modernista que está siendo perpetrado: “La doctrina al servicio de la misión pastoral de la Iglesia.”

Por supuesto, la misión pastoral de la Iglesia está al servicio de la doctrina, no al revés, porque es la doctrina – es decir, la Verdad – la que nos hace libres. La misión pastoral lanzada para todos los tiempos por el mandato divino de Cristo Mismo es precisamente para librar al alma perdida de la oscuridad del error mediante la predicación de la verdad – la doctrina y el dogma católicos – no para acomodar a aquellos en la oscuridad ni, aludiendo al tema absurdo del Capítulo 8 de Amoris Laetitia, para “integrar la debilidad” en la Iglesia.

Al típico modo modernista, Rausch afirma una verdad católica para poder negarla a través del resto del artículo. Cita a San Vicente de Lerins con respecto a la verdad católica fundamental de cómo el desarrollo legítimo de la doctrina católica deja intacta “la misma doctrina, el mismo sentido y según la misma interpretación” – precisamente tal y como el Primer Concilio Vaticano ha afirmado –y que en el proceso de su desarrollo legítimo, sólo de su expresión más plena, la doctrina “llega a ser más firme a lo largo de los años, más amplia con el paso del tiempo, más elevada a medida que va madurando”. Es decir, no hay ningún cambio en la doctrina, ni en el contenido o en su interpretación, sino apenas un fortalecimiento y crecimiento en la expresión. Por consiguiente, la fórmula famosa de San Vicente: “Sustentamos aquella fe que se ha creído en todas partes, desde siempre, y por todos (quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est)”. No hay un “Dios de sorpresas” en el pensamiento de San Vicente ni en la Tradición de la Iglesia.

Habiendo afirmado esta verdad, sin embargo, Rausch prontamente la niega, citando a su amigo modernista, el P. Spadaro, para la proposición siguiente:

San Vicente de Lerins hace una comparación entre el desarrollo biológico del hombre y la transmisión de una época a la otra, del depositum fidei [depósito de la fe], que crece y se fortalece con el paso del tiempo. Aquí, el humano auto-entendimiento cambia con el paso del tiempo, y, así también el conocimiento humano progresa. A este respecto podríamos pensar del tiempo cuando la esclavitud se consideró aceptable, o el castigo capital fue aplicado sin cuestionarlo. Así, también, esto es cómo crecemos en la comprensión de la verdad. Teólogos y peritos de exégesis ayudan a la Iglesia a madurar en su propio juicio. Las otras ciencias y su desarrollo también ayudan a la Iglesia en su maduración del conocimiento. Hay preceptos y reglas eclesiásticas secundarias que una vez fueron eficaces, pero que ahora han perdido su valor y significado. El punto de vista errado es que la enseñanza de la Iglesia es un monolito que ha de ser defendido sin matices o interpretaciones diferentes.

Prestad atención al cauteloso non-sequitur evidente en las frases en cursiva: a partir de la analogía biológica de San Vicente cuanto al crecimiento y desarrollo de la misma, inmutable doctrina en la Iglesia, Rausch (citando apenas a su colega modernista para su autoridad) salta a la conclusión de que así como “el humano auto-entendimiento cambia con el paso del tiempo” también la enseñanza de la Iglesia está sujeta con el paso del tiempo a “interpretaciones diferentes”. Por supuesto, esto es exactamente lo opuesto de lo que Rausch había afirmado apenas unas pocas líneas antes: es decir, la insistencia de San Vicente en “la misma doctrina, el mismo sentido y la misma interpretación” a lo largo de los siglos. Dios no cambia la interpretación de la verdad, ni cambia la Iglesia su interpretación de la Fe y el moral.

Las referencias a la esclavitud y al castigo capital son cortinas de humo. La Iglesia ha condenado siempre que los esclavos se consideren como propiedad personal (la pretendida posesión de otro ser humano y el control sobre su derecho natural de casarse y tener hijos) mientras que ha tolerando ciertas formas de la condición de servidumbre en la práctica, sin “cambio” alguno en la “interpretación” de la doctrina.

Cuanto a la pena de muerte, la Iglesia nunca ha cambiado su enseñanza sobre su legitimidad moral en casos apropiados. Como hasta el nuevo Catecismo afirma cuanto al Quinto Mandamiento: “Asumiendo que la identidad y responsabilidad de la persona culpable han sido plenamente determinadas, la enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye el recurso a la pena de muerte, si es la única manera posible de eficazmente defender vidas humanas contra un agresor injusto”. 

No importa lo que Francisco piense en sentido contrario, él no puede alterar (por citar a San Vicente) lo que en la Iglesia se ha creído en todas partes, desde siempre, y por todos” con respecto a la pena capital; no puede simplemente declarar ahora, en oposición a toda la Tradición, que el castigo capital contraviene el Quinto Mandamiento. Puede, sí, pronunciar esas palabras, como en efecto lo ha hecho, pero ellas no pueden cambiar una enseñanza perenne basada en la Revelación misma. Las palabras habladas son meramente la opinión errada de un solo Papa; y esto no es la primera vez que un Papa, aisladamente, ha expresado una opinión errada.

La afirmación ulterior del Catecismo de que casos en que el castigo de muerte sería apropiado “son muy raros, si no prácticamente inexistentes” no es una enseñanza perenne de la Iglesia ni un cambio en la doctrina, sino una contención factual basada en una opinión cuanto a las condiciones penales actuales: “Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que el estado tiene para eficazmente impedir el crimen”, etc. La doctrina de la Iglesia no involucra encuestas sobre las condiciones penales de todo el mundo y “posibilidades…que eficazmente puedan impedir el crimen”, en cuanto a que el Magisterio no tiene competencia.

Así, habiendo empezado por parecer afirmar, citando a San Vicente, que la doctrina y el dogma no cambian, Rausch termina por afirmar exactamente el opuesto: “La regla de la fe en su esencia no cambia, pero las expresiones de la doctrina y su interpretación espontánea marcada por la cultura sí, cambian, y por esta razón el magisterio y los concilios deben asegurar la formulación correcta de la fe”.

Que la “interpretación espontánea” de la doctrina “marcada por la cultura” cambia después del paso del tiempo, y debe ser “corregida” por el “magisterio y los concilios” mientras el tiempo pasa, para reflejar estos supuestos cambios de interpretación, es puro Modernismo. Con esta noción, para citar a San Pio X en su emblemática encíclica sobre los errores de los Modernistas, “Así queda expedito el camino hacia la evolución íntima del dogma. ¡Cúmulo, en verdad, infinito de sofismas, con que se resquebraja y se destruye toda la religión!”
No importando cuales sean las intenciones subjetivas de Francisco, la ruina y la destrucción de toda religión parece ser precisamente el programa de este pontificado, con sus constantes ataques demagógicos contra el “rigorismo” y la doctrina “monolito” y su implacable esfuerzo de ablandar la enseñanza y practica pastoral de la Iglesia con respecto a la inmoralidad sexual. Como declara Francisco en una alocución citada por Rausch: “La doctrina cristiana no es un sistema cerrado, incapaz de aguantar que se planteen preguntas, dudas, investigaciones, sino que es viva, es capaz de intranquilizarse, puede animarse. Tiene un rostro que es flexible, un cuerpo que se mueve y se desarrolla, carne que es sensible: la doctrina cristiana se llama Jesucristo”.

En verdad, no. La doctrina cristiana no es literalmente la carne de Cristo, que creció y cambió mientras el niño Jesús llegaba a ser un hombre, sufrió y murió y después resucitó entre los muertos, sino el Verbo Encarnado, que nunca cambia y que ha existido durante toda la eternidad, hasta antes de que se encarnase en la naturaleza humana que el Hijo asumió: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios”. (Juan 1:2)

Pero aquí y es triste decirlo, tenemos más palabras ambiguas modernistas de otro Jesuita, el que está sentado en la Silla de San Pedro. Él que se ha rodeado a sí mismo con tipos como Rausch y Spadaro. Él que, increíblemente, ha comenzado “la batalla final entre el Señor y el reino de satanás”, la batalla contra el matrimonio y la familia de que Sor Lucía nos advirtió y que ahora está siendo llevada adelante bajo el eslogan invertido de la “Doctrina al servicio de la misión pastoral de la Iglesia”.

Qué Dios defienda a Su Santa Iglesia contra este embate, que no tiene comparación con cualquier otro que haya sido atestiguado antes en 2.000 años.




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