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Perspectivas Sobre Fátima

La abominación de la Cena Al Smith

por Christopher A. Ferrara
el 25 de octubre de 2016

En todos los años desde su inicio en 1945, el Arquidiócesis de Nueva York ha patrocinado y ha organizado la “Cena Al Smith memorial de beneficencia”, nombrada así para conmemorar el primer candidato presidencial católico estadounidense. Presentado por el Arzobispo de Nueva York, el propósito original de la cena era recaudar fondos para niños necesitados de la Arquidiócesis. Sin embargo, durante las décadas subsiguientes la obra caritativa ha evolucionado en un grotesco americanismo de proporciones diabólicas en el que candidatos presidenciales son honrados ante todo el mundo no importando su oposición a las enseñanzas más fundamentales de la Iglesia con respecto a la fe y la moral.

Durante este suceso perenne los que han propuesto los males más graves imaginables de la sociedad civil, los candidatos presidenciales democráticos a favor del aborto y de los “derechos homosexuales”, son festejados por uno de los prelados más eminentes de la Iglesia, y por un grupo de ricachones católicos liberales que confraternizan con el prelado riéndose alucinantemente de sus chistes profesionalmente escritos, fingiendo que los amantes de la diversión no son sino los abogados de crímenes abominables contra la ley divina y natural.

La Cena Al Smith ha llegado a ser un clásico espacio “libre de valores” de la vida pública americana, en el que el orden moral es considerado inoperativo y el único “valor” que importa es la “urbanidad” estilo-americana – o sea, el consentimiento tácito de la maldad total, manteniéndose callado ante ella. De este modo hemos sido testigos del Cardinal Dolan riéndose y dando codazos suaves de modo jovial a Hillary Clinton durante este espectáculo asqueroso, como si no importase en lo más mínimo que estaba sentado al lado de ella, y dignificándose con su presencia, la de un Príncipe de la Iglesia – ella, que es una defensora ardiente de la sodomía y del cruel asesinato en masa de niños inocentes mediante el aborto, ¡hasta al mismo momento en el que están saliendo del seno materno– para lo cual Clinton ahora exige una subvención gubernamental!

Dolan tenía tanta solicitud por su mala huésped que se le vio susurrando en la oreja de Clinton para distraerla de la “incomodidad” de los comentarios que le hacía Donald Trump. No, no debe ser descortés para con una defensora del asesinato de niños subsidiado gubernamentalmente. Porque, al fin y al cabo, esto es la Cena Al Smith para el bienestar de niños necesitados – es decir, aquellos que se permiten escapar del escalpelo y fórceps del abortista.

No es una exageración decir que la Cena Al Smith, que recibe atención nacional y hasta internacional de los medios de comunicación, implica al Arzobispo de Nueva York como un accesorio al pecado grave en varios de los nueve modos en que la Iglesia lo ha reconocido tradicionalmente – por lo menos por medio del elogio o adulación de un pecador que es pecador objetivamente, así como por la ocultación y el silencio. Y además de eso, por el consentimiento tácito por parte de un prelado católico que tiene el deber jurado de condenar el pecado. Como las Sagradas Escrituras nos advierten: “Los cuales, en vez de haber conocido la justicia de Dios, no echaron de ver, que los que hacen tales cosas, son dignos de muerte; y no solo los que las hacen, sino también los que aprueban a los que las hacen. (Rom. 1:32)”.

La Cena Al Smith ha llegado a ser una abominación que, tal y como es actualmente, debe terminar; y el Cardenal Arzobispo de Nueva York debe reparar el escándalo inmenso que esta desgracia perenne ha causado por encubrir con el manto de la respetabilidad a los principales partidarios de males intolerables que claman al Cielo la venganza divina contra nuestra nación.

Pues bien, la imagen de un Cardenal regordete riéndose con la mismísima encarnación de la maldad política de nuestros tiempos es un verdadero icono para la crisis eclesiástica sin precedentes que la Iglesia ahora aguanta. Y es una crisis cuyo final ahora parece depender de las más radicales intervenciones divinas.

¡Nuestra Señora de Fátima, protégenos!




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