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Perspectivas Sobre Fátima

¿Qué religión es ésta?

por Christopher A. Ferrara
el 8 de noviembre de 2016

En una breve alocución ante una “audiencia interreligiosa” el 3 de noviembre en el Vaticano, Francisco habló sobre “el tema de la misericordia”, pero sin referencia al Rey de la Misericordia, Jesucristo, el único Salvador misericordioso de la humanidad, ni ninguna referencia a los Sacramentos de la Iglesia que Cristo estableció precisamente para dar Su misericordia a los hombres de buena voluntad.

Aludiendo vagamente al “mensaje cristiano” mientras decía completamente nada sobre la gracia del arrepentimiento que debe anteceder a la de la justificación y regeneración del alma del hombre caído, en vez de eso, Francisco delineó un concepto de la misericordia que parece ser diseñado para acomodarse a toda y cualquier religión así llamada.

La Misericordia, dijo Francisco, no es el perdón de Dios del pecado a través del Bautismo o de la absolución en el confesionario de un pecador arrepentido, a la manera en que Cristo había ordenado cuando comisionó Su Iglesia (cf Juan 20:23). Sino que, opinó él, “el misterio de la misericordia no es para ser celebrado simplemente en palabras, antes, sobre todo, por actos, por un modo verdaderamente misericordioso de vida marcado con el amor desinteresado, el servicio fraterno y el compartir sincero”.

¿Qué tiene que ver todo esto con la Misericordia divina al pecador que se arrepiente y regresa a Dios, que se ha hecho supuestamente el tema del Año de Misericordia ahora terminando? En vez de eso, la alocución parece confundir la Misericordia divina con actos humanos de bondad privados de cualquier forma de gracia sobrenatural.

En realidad es así, porque Francisco sigue diciendo que “la Iglesia cada vez más quiere adoptar este modo de vida también como parte de su ‘deber de fomentar la unidad y la caridad’ entre todos los hombres y mujeres…” ¡La Iglesia es presentada como una organización que apenas recientemente ha empezado a descubrir enteramente lo que significa la misericordia! Significa, según Francisco, un “modo de vivir” – otra vez, sin referencia a la Misericordia divina para con los pecadores arrepentidos.

La Misericordia como un “modo de vida” – en vez de una acción divina para con un pecador – es algo que cualquier persona, no importando lo que cree, puede poseer. Así, dice Francisco, “[l]as religiones también están llamadas a este modo de vida, sean del modo que sean, particularmente en nuestro tiempo, mensajeras de la paz y constructoras de la comunión, y proclamando, en oposición a todos aquellos que siembran conflicto, división e intolerancia, que lo nuestro es un tiempo de fraternidad”.

Notad bien: “las religiones” son referenciadas indiferentemente, como si estuviesen todas en pie de igualdad cuanto a la calidad de la misericordia, que es reducida, en esencia, al trabajo social y a la fraternidad.

Continuando el refrán indiferentista y pan-religioso, Francisco declara que la “misericordia” como la define él – citándose a sí mismo – es aquella cualidad que “está más abierta al diálogo, lo mejor para conocer y comprenderse el uno al otro; elimina todas las formas de mentalidad cerrada y falta de respeto; y expulsa todas las formas de violencia y discriminación (Misericordiae Vultus, 23). Agrada a Dios y constituye una tarea urgente, responder no sólo a las necesidades actuales, sino, sobre todo, a la llamada del amor que es el alma de toda la religión auténtica”.

No hay aquí ni una palabra sobre la gracia sobrenatural de la caridad obtenida y mantenida a través de los Sacramentos instituidos por Cristo, ni sobre la acción divina inherente en la misericordia de Dios así obtenida. Caso contrario, otra vez, vemos apenas una súplica hecha a las buenas obras presentada como el “alma de toda la religión auténtica”.

Francisco declara además (otra vez citándose a sí mismo) que la “misericordia” significa también la práctica de la conservación ambiental:

La misericordia se extiende también al mundo de nuestro alrededor,  nuestro hogar común, al que estamos llamados a proteger y preservar del consumo desenfrenado y rapaz. Nuestro compromiso es necesario para alcanzar una educación en la sobriedad y en el respeto, a un modo de vida más sencillo y ordenado, donde los recursos de la creación sean aprovechados con sabiduría y moderación, con solicitud hacia la humanidad como un todo y para con las generaciones venideras, no apenas cuanto a los intereses de nuestro grupo particular y los beneficios del momento presente. Hoy en particular, ‘la seriedad de la crisis ecológica exige que todos nosotros consideremos el bien común, embarcándonos por un camino de diálogo que demanda la paciencia, la auto-disciplina y la generosidad’” (Laudato Si, 201).

Entonces, la “religión auténtica” ahora se extiende para incluir no solamente a la única religión que Dios ha establecido, sino también a cualquiera y a todas las religiones cuyos adherentes hacen el bien, incluso cuidando del ambiente. La “Misericordia” así definida sería entonces un elemento, según Francisco, de prácticamente todas las religiones que abogan las buenas obras:

“El tema de la misericordia es conocido en muchas tradiciones religiosas y culturales, donde la compasión y la no violencia son elementos esenciales apuntando a un modo de vida; en las palabras de un proverbio antiguo: ‘la muerte es dura y rígida, la vida es suave y flexible’ (Tao-Te-Ching, 76). Inclinarse, con amor compasivo, ante los débiles y necesitados es parte del espíritu auténtico de la religión que recusa la tentación de recurrir al recurso de la fuerza, recusa jugar con vidas humanas y que considera a los otros como hermanos y hermanas y nunca simples estadísticas. Se acercan a todos aquellos que están viviendo en situaciones que reclaman nuestra ayuda tales como la enfermedad, la discapacidad, la pobreza, la injusticia y las secuelas de los conflictos y migraciones: esto es un llamamiento que brota del corazón de todas las genuinas tradiciones religiosas. Es el eco de la voz divina escuchada en la conciencia de todas las personas, llamándole, a él o a ella, a rechazar el egoísmo y a estar abierto…”

Cuando Francisco finalmente llega a mencionar la Misericordia divina, parece poner el perdón de Dios del pecado a la disposición de cualquier persona que practique la misericordia al nivel humano independientemente de si implica un acto de caridad sobrenatural motivado por la gracia divina:

“Cuán importante es esto, cuando consideramos el temor extendido de hoy en día de que es imposible ser perdonado, rehabilitado y redimido de nuestras debilidades. Para nosotros católicos, entre los ritos más significativos del Año Santo es aquel de pasar con humildad y confianza a través de la puerta – la Puerta Santa – para hallarnos plenamente reconciliados por la misericordia de Dios, que nos perdona nuestras transgresiones. Pero esto exige que nosotros también perdonemos a aquellos que transgreden contra nosotros (cf. Mt. 6:12), los hermanos y hermanas que nos han ofendido. Recibimos el perdón de Dios para que lo compartamos con los otros. El perdón es ciertamente el don más grande que podemos dar a los otros, porque es el más costoso. Todavía, a la vez, es eso que nos hace más semejantes a Dios”.

Pero, como la Iglesia ha enseñado siempre, en el hombre caído, el imago Dei – la semejanza a Dios – puede restaurarse solamente por la gracia de la justificación siguiendo la gracia del arrepentimiento del pecado. Y los medios ordinarios de la justificación son el Bautismo y, después del Bautismo, la absolución del pecado mortal por medio de la Confesión, sobre la cual Francisco no tiene nada que decir a una audiencia desesperadamente necesitada de las ayudas que sólo la Iglesia que Cristo ha establecido, puede proporcionar.

Así es que la fe católica – la única, verdadera religión divinamente revelada – se reduce a una insignificancia en el gran esquema de la “religión auténtica” reducida a las buenas obras y al perdón para con los otros sin obligación alguna de asentir a la verdad revelada, de aprovecharse de los Sacramentos divinamente instituidos, o, en efecto, de profesar creencia religiosa particular cualquiera. Los católicos pueden reconciliarse a su modo católico (ciertamente no por pasar simplemente a través de una Puerta Santa con humildad y confianza), pero cualquier persona que simplemente perdona, a nivel humano, alcanza ya la semejanza divina.

Enfatizando el punto aún más, para que nadie lo perdiese, Francisco concluye por declarar: “Qué sean las religiones senos de vida, comunicando el amor misericordioso de Dios a una humanidad herida y necesitada; qué sean ellas puertas de esperanza que ayuden a penetrar los muros levantados por el orgullo y el temor”. Todas las religiones “comunican el amor misericordioso de Dios”, no importando cuáles errores o supersticiones involucran. Todo lo que importa, según Francisco, es que sus adherentes enseñen el perdón y la fraternidad para con los otros y cuiden del ambiente.

Refiriéndose al desastre reciente de la visita del Papa a Suecia para “conmemorar” la Sublevación protestante lanzada por Lutero, el respetado y erudito católico tradicional Roberto de Mattei  observó: “lo que subió a la superficie el 31 de octubre en Lund, durante el encuentro ecuménico entre Papa Francisco y la Federación mundial luterana, parece ser una nueva religión”.

Una nueva religión en realidad. Y ciertamente no es la religión establecida por Dios Encarnado de la Única, Santa y Apostólica Iglesia Católica. Como Pío XI advirtió sobre aquellos que habían abrazado el entonces-naciente “movimiento ecuménico” con sus reuniones pan-cristianas:

“Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios”.

Como el elemento humano de la Iglesia ha llegado a aceptar y participar en los espectáculos que son no sólo pan-cristianos sino también pan-religiosos, tales como esta alocución de Francisco, podemos considerar la advertencia de Pío XI una profecía cumplida, junto con la profecía contenida indudablemente en el Tercer Secreto de Fátima íntegro.




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