Las purgas bergoglianas continúan:

La Academia Pontificia para la Vida llegará a ser un empleador de igualdad de oportunidades

por Christopher A. Ferrara
el 22 de noviembre de 2016


Arzobispo Vincenzio Paglia
Cabeza de la "renovada" Academia Pontificia para la Vida

En mi columna anterior sobre el tema de la Academia Pontificia para la Vida (APV), informaba que Francisco en efecto ha desmantelado la APV como una agencia vaticana pro-vida, echando al basurero sus estatutos originales y juramento pro-vida y redefiniendo su propósito de ser el promotor del "respeto mutuo entre los sexos y generaciones, la defensa de la dignidad de cada ser humano, la promoción de una calidad de la vida humana que integra valores tanto materiales como espirituales, con el objetivo de alcanzar una auténtica "ecología humana".

Y ahora hay otra purga aún de personal. Todos los miembros de la APV, cuya afiliación antes era para toda la vida, serán destituidos de sus cargos a partir del 1 de enero de 2017, para ser sustituidos por nuevos miembros con plazos de apenas cinco años. Peor aún, conforme a los nuevos estatutos, los miembros de la APV se seleccionarán ahora, increíblemente, "sin discriminación religiosa alguna, de entre bien conocidas personas laicas, religiosas y eclesiásticas de una variedad de nacionalidades, que sean peritos en las disciplinas relativas a la vida humana…"

La purga por venir, en consecuencia, probablemente arrebatará las cabezas de todos y cada uno de los conservadores pro-vida que quedan en la APV, incluso el renombrado filósofo Josef Siefert, un crítico vociferante de Amoris Laetitia que ha escrito una crítica devastadora del documento. Una sola cabeza, sin ninguna duda, no rodará: la del Arzobispo Vincenzo Paglia que Francisco nombró como Presidente de la APV. Paglia, como se ha notado en esta columna, es un Bergogliano comprometido y por eso es un promotor entusiasta de la Sagrada Comunión concedida a adúlteros públicos en "segundos matrimonios".

La periodista católica Maike Hickson observa que Paglia ha dicho a la red alemana de Radio Vaticano que la reestructuración de la APV enfatiza "la importancia de introducir 'nuevos impulsos' y de promover una 'renovación'". Cuando un Modernista habla de "nuevos impulsos" y de "renovación", pensad en "destrucción".

Por eso no es ninguna sorpresa que el más reciente avance del Bergoglianismo esté de acuerdo con la retirada vaticana en general de las "guerras culturales" sobre cuestiones que el Papa Benedicto debidamente llamó "principios que no son negociables". Son, entre otros, (al citarlo) "la protección de la vida en todas sus etapas, desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural" y "el reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia — que es una unión entre varón y mujer en matrimonio — y su defensa contra tentativas de hacerlo jurídicamente equivalente a formas de unión radicalmente diferentes" — es decir, uniones civiles entre homosexuales.

Acerca de ambas cuestiones, Francisco ha mantenido un silencio conspicuo cuanto a los deberes de las autoridades civiles y a la vez él exige que las naciones occidentales abolan la pena de muerte, que admitan enormes cantidades de varones "refugiados" musulmanes a sus fronteras, y que tomen medidas inmediatamente para reducir las emisiones carbónicas. Mientras Francisco niega intención alguna de interferir en cuestiones políticas, no vacila en decir a los gobiernos lo que deben hacer cuando se trata de cuestiones que le parecen importar mucho a él. Son también las mismísimas cuestiones sobre las cuales — a diferencia del aborto y de las uniones homosexuales – los católicos pueden discordar razonablemente y por eso la intervención pontificia no es nada apropiada.

Podemos concluir entonces que la demolición de la Academia Pontificia para la Vida está de acuerdo con el programa bergogliano en general de "dar un nuevo propósito" a la Iglesia para actividades esencialmente políticas, ahora con ropaje católico, que nunca sean ofensivas a los poderes mundiales. Esto está en oposición a la misión que Nuestro Señor tenía en mente cuando dio a Su Iglesia el encargo divino: de ser, como Él Mismo, "Signo de contradicción (Lucas 2:34)" para el mundo. En vez de eso, la Iglesia, en su elemento humano, se ha hecho signo de elogio para el mundo que lo llama "la revolución de Francisco".

Y así es que el Tercer Secreto se despliega ante nosotros.