Francisco y la paradoja de la flexibilidad rígida

por Christopher A. Ferrara
el 30 de noviembre de 2016

Tal vez parezca que esta columna últimamente se ha transformado de “Perspectivas sobre Fátima” a “Perspectivas papales” porque mucho de lo que ha aparecido aquí, desde la elección de Jorge Bergoglio como Papa, se relaciona con sus palabras y actos.

Pero nada podría ser más relevante desde la perspectiva de Fátima que el pontificado actual. Para recordaros lo que a menudo he hecho notar aquí, en los años 90, Sor Lucía había avisado al Cardenal Caffarra – uno de los cuatro cardenales que han acabado de desafiar públicamente al Papa Bergoglio cuanto a los graves problemas de Amoris Laetitia – que “la batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será sobre el Matrimonio y la Familia”.

La batalla final. ¿Que sería más significativo desde la perspectiva de Fátima que el conflicto final entre Nuestro Señor y el Malvado? Sin ninguna duda, es precisamente el conflicto final que se ha vaticinado con precisión profética en el Tercer Secreto íntegro que incluye el texto, que ciertamente existe, de la explicación de la Santísima Virgen.

Es obvio que esta batalla final está teniendo lugar ante nuestros ojos precisamente debido al programa bergogliano, emprendido con constancia implacable durante más que tres años, de relajar la doctrina de la Iglesia y disciplina eucarística intrínsecamente relacionada acerca de la inmoralidad sexual en general y el divorcio en particular. Por eso oímos incesantemente de Francisco y sus colaboradores sobre la “misericordia” y el “discernimiento” de “circunstancias concretas” – como si la comprensión del Sexto Mandamiento, un precepto negativo universalmente vinculante de la ley divina y natural que no admite ningunas excepciones, de alguna manera, varía según nuestra situación, lo que es, con otro nombre, la ética situacional.

Tal y como el sitio blog Rorate Caeli observa en relación a Francisco:

“Es extremadamente difícil mantenerse al tanto del interminable bombardeo de palabras del Papa Francisco. Una entrevista después de otra, conferencias de prensa, alocuciones, cartas, llamadas, comentarios espontáneos, sermones diarios.... La corriente ininterrumpida de palabras da lugar a que las personas no saben exactamente lo que el Papa ha dicho sobre cualquier tema, sino que, saben, sí, las tendencias en general del pensamiento de este Papa y los temas principales de sus políticas declaradas.”

Yo también me he esforzado en mantenerme al tanto de este bombardeo de palabras, pero estoy de acuerdo que en el medio de toda esta verbosidad, son inequívocos los temas generales del Papa. Para citar Rorate otra vez: “Uno de los temas cada vez más prominentes del pontificado franciscano es la necesidad de combatir la “rigidez” entre los seminaristas, de enseñarles el ‘discernimiento’ (especialmente por Jesuitas) y de ejercer ‘vigilancia’ sobre las nuevas vocaciones, de tal modo que la ‘calidad’ sea estimada más que la ‘cantidad’”.

Es verdad, pero hay un tema aquí que está también muy claro: cuando Francisco incesantemente denuncia la “rigidez” y exige “discernimiento” y “vigilancia” sobre las vocaciones al Sacerdocio, está promoviendo en realidad la paradoja de una flexibilidad rígida en la Iglesia. Es decir, es flexible sólo con respecto a ciertas cosas, mientras es enteramente rígido en su abordaje en general. Él espera la flexibilidad sólo donde exige la flexibilidad – es decir, acerca de los pecados de la carne – pero ciertamente no, respecto a los otros pecados que condena casi diariamente, incluso la codicia y “el grave pecado contra el ecumenismo” que él, en efecto, acaba de inventar.

Por otra parte, Francisco es llanamente rígido cuando insiste en su abordaje de flexibilidad selectiva. Es por eso que hay la purga de los departamentos vaticanos de casi todos los prelados que se oponen a su programa de liberalización por lo que se refiere a la moral sexual. Esa purga empezó con el Cardenal Burke, el portavoz ya para los cuatro cardenales que cortésmente desafían a Francisco a explicar si tuviera la intención con Amoris Laetitia de socavar toda la enseñanza y práctica de la Iglesia sobre la indisolubilidad de Matrimonio y la absoluta inadmisibilidad de la Sagrada Comunión concedida a adúlteros públicos no arrepentidos que están en “segundos matrimonios”.

Hay por eso la exigencia dictatorial que los obispos ejerzan “vigilancia” sobre seminaristas que, según Francisco, son “demasiado confiados, rígidos y fundamentalistas”. Los obispos deben asegurarse de que empapan en los seminaristas lo que Francisco llama el “dinámico del discernimiento pastoral que respeta la ley, pero sabe cómo ir más allá de eso” – ¡más allá de la ley de Dios! – Porque “Necesitamos verdaderamente comprender lo siguiente: en la vida no es todo negro en blanco ni blanco en negro. Los matices de gris prevalecen en la vida. Debemos enseñarles cómo discernir en esta área gris”.

Declaraciones pasmosas de un Papa, cosa semejante la Iglesia no la ha visto jamás. Pero, otra vez os digo, todo esto aplica solamente en el ámbito de la inmoralidad sexual.  Cuanto a los pecados que Francisco considera intolerables, no hay ningún llamado de “discernimiento” ni cualesquiera “matices de gris” sino apenas el toque de tambor de la condenación incesante.

Esta paradoja de un Papa rígidamente flexible es aún otro de los desarrollos aterradores que han hecho temblar la Iglesia hasta sus fundamentos desde aquel año fatídico de 1960, cuando, como Sor Lucía había indicado, el Tercer Secreto debió de haberse revelado “por orden expreso de Nuestra Señora”. Y ahora está encima de nosotros la batalla final sobre la cual hace años Sor Lucía había advertido a un eminente Cardenal. Hoy este mismo Cardenal públicamente se enfrenta a un Papa rebelde. Dios solo sabe cómo y cuándo es que tendrá Su victoria final por medio del Triunfo del Inmaculado Corazón de María.