Perspectivas sobre Fátima

La excepción de Longenecker

por Christopher A. Ferrara
el 19 de diciembre de 2016

El homosexual “integrado” nombrado jefe de la casa pontificia.

Esta columna más de una vez ha examinado el método sofista del blogger popular y neo-católico del P. Dwight Longenecker, que parece estar especializado en proponer posiciones radicalmente liberales bajo el aspecto de catolicismo “conservador”.

El Padre Longenecker ahora ha empleado su método para neutralizar las repetidas instrucciones del Vaticano de que los homosexuales no pueden ser admitidos al seminario y, si se ha descubierto ser así, no pueden permitirles seguir con la ordenación. En discutir el documento recientemente publicado “el Don de la vocación sacerdotal” (Don), el artículo del Padre Longenecker empieza por señalar que Don “reafirma la prohibición contra admisión de homosexuales al seminario”. En verdad, la más reciente instrucción a este respecto, emitida en 2005 bajo Papa Benedicto y citada textualmente en Don, explica que la Iglesia “no puede admitir al seminario o a las sagradas órdenes aquellos que practican la homosexualidad, manifiestan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o respaldan la llamada ‘cultura gay’”.

Sin embargo, al fin y al cabo, el Padre Longenecker termina por interpretar no sólo a Don sino a toda la disciplina tradicional de la Iglesia de permitir precisamente aquello que la Iglesia no permite: la admisión al seminario y a las órdenes sacerdotales a homosexuales como homosexuales. He aquí como nuestro sofista sigue:

Primero, él empieza bastante bien proporcionando la norma conservadora de vestido de ventana para la acostumbrada opinión liberal:

“En la dimensión espiritual, es por lo tanto crucial que Dios sea ‘masculino’. Mientras Dios transciende la sexualidad humana, Jesucristo lo revela como ‘Padre en el Cielo’. Por eso nos relacionamos con Él como hijos e hijas. Esto es importante porque podemos amar a un Padre, pero no podemos amar a un ser amorfo como ‘la Fuerza de Energía de Toda la Creación’.

“Todas las relaciones están integradas, por lo tanto, con nuestra sexualidad humana.

“La homosexualidad pone estas relaciones de pie en la cabeza. Un hombre homosexual se halla a sí mismo atraído sexualmente por hombres y no por mujeres. Por eso sus relaciones con todos los hombres y todas las mujeres tienen que estar torcidas”.

¡Excelente! Pero los lectores conocedores de la especie de catolicismo “conservador” del Padre Longenecker saben lo que se seguirá: la excepción liberal que se traga la regla conservadora. Así escribe él:

“Quiere significar esto que todos los hombres homosexuales son anormales y deben ser excluidos del Sacerdocio? Pienso que no. La cuestión es si esta atracción está ‘profundamente arraigada’. Sin duda hay muchos seminaristas y sacerdotes que experimentan la atracción al mismo sexo”.

Notad, en primer lugar, el uso sofista de la caricatura: los homosexuales son todos anormales y deben ser excluidos del Sacerdocio. Pues bien, no son anormales – ¿qué no? Por lo tanto, ¿cómo es que a todos se debe negar que reciban las Sagradas Ordenes? Pero la respuesta, como Longenecker mismo había señalado apenas algunas pocas frases antes, es que se les debe negar precisamente porque son homosexuales cuya condición sexual desordenada les hace inservibles para el Sacerdocio.

Notad también como el Padre Longenecker juega con palabras en la frase “profundamente arraigada” sugiriendo que haya “hombres homosexuales” cuya homosexualidad no sea “profundamente arraigada”. Pero ¿cómo podría ser que un hombre es llamado homosexual si su atracción desordenada para con los otros hombres no está “profundamente arraigada”?

La sugerencia es una tontería, pero la sinrazón es precisamente lo que el Padre Longenecker necesita para dar permiso a aquellos que él concede que son “muchos seminaristas y sacerdotes los que experimentan atracción hacia el mismo sexo” – es decir, muchos “hombres homosexuales” en seminarios y parroquias. Ningún problema: ¡simplemente declarar que tu homosexualidad no está “profundamente arraigada” y te beneficiará de la excepción de Longenecker! Y la excepción es la siguiente:

“Para algunos es una fase que atraviesan. Otros, por la gracia de Dios, han aprendido a integrar sus sentimientos, y han crecido en un amor maduro para con Dios y para con los otros que transciende el apego erótico. En verdad muchos han hablado de su homosexualidad como siendo un don paradójico [!] que les ha habilitado a alcanzar más allá de las expresiones sexuales convencionales un amor para con Dios y hacia los otros que transciende los meros instintos físicos. Además, dan testimonio de que ha sido su vocación al Sacerdocio y el don del celibato lo que les ha habilitado a andar por este camino”.

Entonces así lo tenemos: encubierto por una cama de flores del retórico piadoso está la pretensión de que “homosexuales célibes” – no apenas hombres con atracciones efímeras cuya sexualidad se haya normalizado con la madurez sino “hombres homosexuales” como tal – pueden ser admitidos al seminario y ordenados al Sacerdocio.

Pero eso es exactamente contrario a la disciplina de la Iglesia, que, de nuevo, se base en la desordenada condición homosexual por sí sola, y no si una persona que está afligida por ella tomase un voto de no consentir a sus inclinaciones desordenadas. Pero como el Padre Longenecker lo supondría, ¡los homosexuales pueden ser sacerdotes si han “trascendido” su condición intrínsecamente desordenada, aunque son todavía “hombres homosexuales” – hombres homosexuales, además, cuya homosexualidad es un “don paradójico”, según la excepción de Longenecker! ¡Qué va!

Explicando más su noción, Longenecker opina que un candidato homosexual al Sacerdocio necesita apenas demostrar la “integración exitosa” de su homosexualidad por “aceptar sus tendencias como ‘intrínsecamente desordenadas’…” Pero, una vez más, es precisamente el desorden intrínseco de sus tendencias lo que le hace inservible para las sagradas ordenes en primer lugar. Si un homosexual reconoce o no su desorden es irrelevante cuanto a su existencia como un impedimento a la ordenación.

En verdad, la propia noción de un “sacerdote homosexual” es una contradicción de términos, no importando si el hombre en cuestión tomase votos de aceptar “el don del celibato”. Y es implícitamente obsceno atribuir el “don del celibato” a hombres desordenados cuyo “celibato” no consiste en abrazar el estado más elevado del clero en vez del santo Matrimonio sino más bien en meramente la evitación del pecado abominable de la sodomía. La abstinencia de la sodomía no es el “don del celibato” de Dios a su Sagrado Sacerdocio sino un básico deber moral que vincula a todos los hombres bajo la ley divina y natural – tanto sacerdotes como laicos, hasta para hombres salvajes de la selva.

El Padre Longenecker, sin embargo, declara que un homosexual puede ser ordenado sacerdote si “comprende que sus atracciones son inconsistentes con el orden natural de la sexualidad humana” y que es “capaz de integrarlas exitosamente y superarlas. El documento sobre la formación sacerdotal no excluye este tipo de integración madura, y apenas excluye aquellos que, a causa de la naturaleza profundamente arraigada de su condición, no pueden ni quieren aceptar la autodisciplina, formación y conversión de vida que es necesario para que una tal integración tenga lugar”.

Por supuesto eso es apenas una reafirmación floreada de la pretensión original de que la Iglesia no prohibiría a “homosexuales célibes” ser ordenados – con tal de que “integrasen” sus inclinaciones sexuales perversas por reconocerse a sí mismos como desordenados y comprometerse al “celibato”. Entonces pueden declarar que su homosexualidad, así “integrada”, no está “profundamente arraigada”. Pura sofistería.

Ahora, para ser perfectamente justo con el Padre Longenecker, siendo un liberal “conservador”, él propone la excepción Longenecker apenas para defender lo que él admita ser el status quo de una jerarquía infestada por modernistas que desafían extensamente la enseñanza de la Iglesia sobre este asunto: es decir, los homosexuales son rutinariamente admitidos a los seminarios y ordenados con el entendimiento pro forma de que serán “célibes”. Su condición intrínsecamente desordenada que debe ser un impedimento absoluto al Sacerdocio ha llegado a ser, en la práctica, irrelevante.

Ni podemos suponer que Francisco mismo lo consideraría de modo diferente. Como Sandro Magister ha acabado de observar, a pesar de la publicación de Don “para Bergoglio, la teoría es una cosa y la práctica otra, considerando la cantidad de sacerdotes homosexuales en el círculo de sus colaboradores y consejeros más próximos”. Entre ellos hay, por supuesto, “el prelado de la compaña gay”, el infame Monseñor Battista Ricca, homosexual notorio que Francisco ha hecho prelado [jefe] de su propia casa. No podemos olvidar que fue Francisco quien, hablando precisamente de “gays” en el Vaticano, ha declarado con espanto del mundo católico: “si una persona es gay, busca Dios y tiene la buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla”?

Por eso hallamos en el Padre Longenecker un defensor hábilmente sofista de la auto-demolición continuada del elemento humano de la Iglesia, cuyos líderes dicen una cosa en principio mientras hacen el opuesto en la práctica, cuyo ‘sí’ significa ‘no’ y cuyo ‘no’ significa ‘sí’.    

Con “conservadores” como ellos, ¿quién necesita de modernistas?