Para el 2017 más de lo mismo:

Políticas izquierdistas empaquetadas en el lenguaje
de la piedad católica

por Christopher A. Ferrara
el 2 de enero de 2017

Mientras católicos a lo largo y ancho del mundo, desde Cardenales hasta simples Fieles en los bancos, miran hacia este pontificado con alarma y consternación cada vez más crecientes, no hay ningún indicio de que Francisco haya tomado la resolución de reformarse con el inicio del Nuevo Año.

Como parte de su programa de intentar rehacer la Iglesia en su propia imagen, Francisco nunca pierde una oportunidad de incluir una condena a los católicos ortodoxos en sus alocuciones, sermones y comentarios informales, que interminablemente promueven ítems de la agenda social y política que ningún democrático juzgaría ofensivo, a menudo comunicados en el contexto de referencias piadosas hechas sobre Nuestro Señor y Su Santísima Madre.

La víspera del Año Nuevo de 2017 no era una excepción. La homilía de Francisco en las Vísperas y la Te Deum empieza positivamente con una nota de piedad católica saludable por citar de las Sagradas Escrituras: “Mas cumplido el tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de una mujer, y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, y a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.” (Gal 4:4-5)

Pero sabemos ya lo que viene, después de casi cuatro años de experiencia con aquella mezcla latino-americana de piedad populista y políticas izquierdistas conocida como el Bergoglianismo: el Evangelio será torcidamente transformado en un manifiesto de la justicia social y los católicos fieles que defienden la ortodoxia serán caricaturadas una vez más. Porque el hombre es implacable en su búsqueda de su “visión” de la Iglesia. Por eso leímos en los párrafos siguientes:

“En Cristo, Dios no se vistió con una máscara humana; más bien se hizo hombre y compartió completamente nuestra condición humana. Lejos de quedar como una idea o esencia abstracta, quería estar cerca de todos aquellos que se sentían perdidos, despreciados, lastimados, desanimados, desconsolados y pasmados. Se acercó a todos aquellos que en sus cuerpos llevan el agobio de la separación y la soledad, de tal modo que ese pecado, vergüenza, dolor, desesperación y exclusión no tuviesen la palabra final en las vidas de sus hijos e hijas.

“El pesebre nos invita a hacer de esta ‘lógica’ divina la nuestra. No es una lógica centrada en el privilegio, exenciones o favores, sino una de encuentro y proximidad. El pesebre nos invita a quebrar con la lógica de excepciones para algunos y la exclusión para los otros. Dios mismo viene para romper las cadenas de privilegio que siempre causan exclusión, para introducir la caricia de compasión que trae inclusión, que hace brillar la dignidad de cada persona, la dignidad para la cual él o ella ha sido creado. Un niño en pañales nos muestra el poder de Dios que nos acerca como un don, una ofrenda, una levadura y oportunidad para crear una cultura de encuentro”.

Notad el cambio furtivo del Cristo Redentor, que se hizo hombre para liberar a la humanidad caída del agobio del pecado, vergüenza y desesperación, como leímos en el primer párrafo, al Cristo activista social del segundo párrafo, que vino para “quebrar la lógica de excepciones para algunos y la exclusión para los otros”, “para romper las cadenas de privilegio que siempre causan exclusión, para introducir las caricias de compasión que trae inclusión” y para crear “una cultura de encuentro”.

No, Cristo no vino para abolir privilegios, condenar la “exclusión” o promover la “inclusión” y una “cultura de encuentro”. Su misión no trataba de ningunos de estos eslóganes izquierdistas. Esto es el Cristo falso de la Teología de Liberación. El Cristo real rehusaba cualquier misión de justicia social a favor de su llamamiento divino: redimir a la humanidad caída por medio de Su sacrificio de valor infinito, por medio del cual ganó para los hombres la gracia de poder obedecer sus mandamientos para que, como San Pablo amonestó a los Filipenses, pudiesen “trabaja[r] con temor y temblor en la obra de [su] salvación” (Fil 2:12)

Como Nuestro Señor mismo dijo a los discípulos que se estaban quejando contra la mujer que había derramado un ungüento caro encima de sus pies sagrados en vez de venderlo y dar el dinero a los pobres: “¿Por qué molestáis a esta mujer, siendo buena, como es, la obra que ha hecho conmigo? Pues a los pobres los tendréis siempre con vosotros; mas a mí no me tendréis siempre. Y derramando ella sobre mi cuerpo este bálsamo, lo ha hecho para disponer mi sepultura”.  (Mat. 26:10-12)

Por supuesto, los cristianos tienen un deber de asistir a los pobres y aliviar su sufrimiento; y la Iglesia siempre ha enseñado que los bienes de esta tierra tienen un destino universal y no pertenecen exclusiva y absolutamente a sus dueños inmediatos. Pero Cristo no vino para erradicar la pobreza – que es incapaz de ser enteramente erradicada – para redistribuir la riqueza o para promover la “inclusión” – o sea, las fronteras abiertas y sociedad pan-religiosa que Francisco exige para su “cultura de encuentro”.

Después, inevitablemente, viene una condenación de católicos ortodoxos, algo que Francisco ahora parece incluir en virtualmente todas las alocuciones sobre tema alguno – que de un modo u otro siempre regresan al mismo tema. Dice Francisco:

“Mientras otro año termina, vamos a hacer una pausa ante el pesebre y expresar nuestra gratitud a Dios por todas las señales de su generosidad en nuestra vida y nuestra historia, vistas en modos incontables a través del testimonio de aquella gente que discretamente arriesgó algo. Una gratitud que no es nostalgia estéril ni un recuerdo vacío de un pasado idealizado e incorpóreo sino una memoria viva, una que ayuda a generar la creatividad comunal y personal porque sabemos que Dios está con nosotros. Dios está con nosotros”.

La nostalgia estéril y recuerdos vacíos de un pasado idealizado e incorpóreo – eso es como Francisco incesantemente caracteriza a los defensores de la ortodoxia católica y de las disciplinas tradicionales que protegen la verdad salvífica de Cristo contra transigencias mortíferas de las almas. Y exactamente ¿quién es esta gente que “discretamente arriesgó algo” para promover “la creatividad comunal” y, según Francisco, son aquellos cuyo “testimonio” es verdaderamente cristiano? Como si no supiésemos: aquellos que están de acuerdo con la recepción de la Sagrada Comunión por adúlteros públicos en “segundos matrimonios” – la gran obsesión de este pontificado extraño.

Dirigiendo su atención a los jóvenes, Francisco concluye con más del “Evangelio social” que hace caso omiso al bienestar eterno de las almas:

“Hemos creado una cultura que idolatra la juventud y procura hacerla eterna. Con todo, al mismo tiempo, paradójicamente, hemos condenado a nuestros jóvenes a no tener ningún lugar en la sociedad, porque los hemos empujado poco a poco hacia las márgenes de la vida pública, forzándoles a emigrar o rogar por el trabajo que ya no existe o fracasando en prometerles un futuro. Hemos preferido la especulación sobre el trabajo digno y genuino que puede permitir que los jóvenes tomasen una parte activa en la vida de la sociedad. Esperamos y exigimos que sean ellos una levadura para el futuro, pero discriminamos contra ellos y los ‘condenamos’ golpeando las puertas que, en su mayor parte, permanecen cerradas”.

Entonces esto es la esperanza de Francisco para los jóvenes durante el año venidero: no que sean libertados, por la gracia de Dios, de una cultura corrupta y que dejen de cometer pecados, a favor de su destino eterno, sino que encuentren buenos empleos. Cristo no estableció su Iglesia bajo el liderazgo terreno del Vicario de Cristo de tal modo que el Papa podría exigir empleo de tiempo completo para los jóvenes, la “inclusión”, y una “cultura de encuentro”. El oficio petrino es la roca sobre la cual descansa la fe y la moral, y por el cual deban ser preservadas intactas – como se han heredado a través de los siglos – para la salvación de las almas. Pero Francisco, tenemos que decirlo, no parece estar interesado en esa descripción de aquella tarea.

Y parece que recibiremos en 2017 más de los mismos eslóganes vacíos sobre la justicia social. Excepción hecha un cambio milagroso de corazón, hasta el día en que este pontificado termine, Francisco continuará aprovechándose del lenguaje de la piedad católica, y del nombre de Cristo y de Su Santísima Madre, para avanzar en unos objetivos socio-políticos que Hillary Clinton juzgaría completamente agradables y a la vez condenando a los católicos que buscan nada más que la perseverancia en la fe no-reconstruida de sus padres.

Las predicciones son peligrosas. Pero hasta de una perspectiva humana falible, esta tontería no puede continuar mucho más tiempo sin una corrección dramática de lo alto. El Año de Nuestro Señor 2017 promete estar repleto con este tipo de drama.

¡Nuestra Señora de Fátima, defiende a vuestra Iglesia!