Las políticas de inmigración no pertenecen a la competencia de la jerarquía

por Christopher A. Ferrara
El 4 de enero de 2017

Mientras el Papa y el aparato de poder del Vaticano continúan con la locura de exigir que Italia y el resto de Europa sean inundados por ondas interminables de varones musulmanes de edad militar que son indolentes y propensos a la violencia (ver el video aquí), y que también insisten en llamarlos “refugiados”, un asediado sacerdote italiano da la voz de alarma a todos sus compatriotas igualmente disgustados y alarmados sobre el hecho de pedir por la protección de los “refugiados”.

Como express.co.uk informa, el sacerdote, Padre Francesco Inversini, ha escrito a la policía local para pedir el desalojo de los “refugiados” – ninguno de los cuales eran mujeres o niños – que estaban ocupando ilegalmente un edificio al lado de su iglesia parroquial, porque son “ilegales, nadie los controla, están libres de hacer lo que quieren”. El administrador de la parroquia, que apenas quería dar su primer nombre por temor de que los “refugiados” tomasen represalias violentas, había advertido además: “asustan a los niños y persiguen a las personas después de salir de Misa para solicitarles dinero. No podemos vivir así. La paz en el barrio se ha ido, estamos asediados. Vienen y salen, no tienen documentos, fastidian a las personas y rompen las ventanas de los coches. No podemos esperar que vengan y nos linchen sin al menos avisar para que las autoridades sepan lo que está sucediendo”.

Esto, por supuesto, es apenas un pequeño ejemplo de un vasto problema por toda Europa al que la jerarquía católica ha contribuido mucho con su agitación incesante de fronteras abiertas bajo la apariencia de caridad – una caridad que es muy poco caritativa hacia la gente que tiene que sufrir las consecuencias de una verosímil invasión musulmana.

La enseñanza constante de la Iglesia – contraria a los principios del Bergoglianismo – es que la cuestión de la inmigración debe ser considerada con prudencia política, y esto pertenece a las autoridades civiles que están habilitadas para conocer los gravámenes y riesgos asociados a ella. Los obispos católicos, incluso el Obispo de Roma, no tienen derecho ni competencia de exigir que las autoridades civiles adopten fronteras abiertas o de otro modo políticas poco exigentes sobre la inmigración. Tales particulares simplemente no pertenecen a su competencia.

Un artículo interesante en la University of Saint Thomas Law Journal hace el punto precisamente, mostrando que esto se apoya hasta en el documento del Concilio Vaticano II Lumen Gentium:

“Según Lumen Gentium, los laicos son los agentes primarios de la misión de Cristo en asuntos seglares: ‘el laicado, por su propia vocación, procura el reino de Dios trabajando en asuntos temporales y ordenándolos según el plan de Dios…’

Cuando los obispos enseñan sobre qué legislación es digna de apoyar cuanto a cuestiones de inmigración, usurpan la práctica de prudencia que pertenece a los laicos (asumiendo que el carisma episcopal – para proclamar el Evangelio, enseñar, y liderar la Iglesia – otorga un ungüento especial a sus decisiones prudenciales sobre la política). Esta agresiva agenda política se fundamenta en una falta de comprensión de la naturaleza de la prudencia; es en sí misma imprudente.

Es fácil para Francisco, que vive en un enclave amurallado desprovisto de “refugiados” donde está protegido 24/7 por un ejército de guardias de seguridad pesadamente armados, exigir acomodación sin límites para los “refugiados” que a lo mejor son invasores ilegales. Pero Juan Pablo II – cuya enseñanza sobre los divorciados y “re-casados” Francisco ha atacado durante más de tres años – había reconocido el papel de la prudencia política en este asunto. Notó, en primer lugar, que “la inmigración ilegal debe ser impedida…” y que cuando no es posible llegar a una solución adecuada sobre la presencia de inmigrantes ilegales en el país, la autoridad civil “debe dirigir a aquellos que está ayudando, tal vez también proporcionando asistencia material, procurándoles aceptación en otros países, o volviéndoles a su propio país…”

Y esto no es sugerir que los inmigrantes ilegales sean llevados en manada como ganado, deportados en masa y dejados hasta morir de hambre. La prudencia política debe, por supuesto, ser temperada por la caridad cristiana, como Juan Pablo II también correctamente enseñaba, que extenderá más allá de las meras exigencias de la justicia. Sin embargo, las autoridades civiles son las encargadas del cuidado del bienestar común universal, no sólo del bienestar de los inmigrantes. Donde las poblaciones de inmigrantes ilegales amenazan el bienestar de una nación, su entrada en primera instancia debe ser estrictamente limitada, y su presencia en el país, si consiguen esquivar las fronteras y las leyes, no debería de permitirse que continuase si resulta de ello que el bienestar común sufre menoscabo.

Poner en equilibrio el bienestar común y aquello relativo a los inmigrantes ilegales pertenece llanamente al ámbito de la prudencia política. El ejercicio de esa prudencia puede incluir la construcción de muros, tales como el muro que Hungría ha construido para protegerse a sí mismo – muy eficazmente – contra la invasión de hordas de varones serbios musulmanes que no tienen intención de asimilarse a la sociedad húngara que es todavía abrumadoramente cristiana, y que ahora tiene una constitución cristiana. (Notad que todas las caras que miran a través del muro de la frontera húngara son las de varones jóvenes, sin mujeres o niños a la vista).

Francisco y sus compañeros obispos progresistas condenan todas tales barreras contra la inmigración y exigen fronteras abiertas. Pero en esto sobrepasan su autoridad y competencia. Sin embargo, irónicamente, la misma jerarquía ha caído casi enteramente callada sobre las cuestiones urgentes que se hallan precisamente dentro de su competencia y obligación de aclarar: el aborto, la anticoncepción, las “uniones homosexuales”, los “transgéneros”, la secularización de la sociedad civil, y la persecución de cristianos, tanto cruenta como incruenta, en casi todas las naciones. En lugar de esto, la jerarquía se conforma a sí misma en efecto al programa del Partido Democrático, mientras Francisco asume el papel de “líder del movimiento izquierdista mundial”.

Tal es el resultado cuando los eclesiásticos asumen una misión que no es suya, mientras la mayor parte abandonan aquella que Cristo les ha dado. Y así es, con la crisis que la Iglesia se enfrenta hoy – prevista, sin duda, en el Tercer Secreto de Fátima.