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Perspectivas Sobre Fátima

Los expertos en “complejidad” y el fin de la misión de la Iglesia católica

por Christopher A. Ferrara
el 10 de enero de 2017

Pues bien, en el Vaticano ha habido un gran revuelo acerca de la película más reciente de Martin Scorsese “Silencio” en la que Scorsese, un admitido “católico caído”, se aprovecha una vez más de sus antecedentes católicos para perpetrar una parodia de la fe, tal y como había hecho antes con su infame “La última tentación de Cristo”. A la proyección privada de la película para un público de Jesuitas en una de las universidades pontificias de Roma ha sido seguido por una audiencia pontificia particular para Scorsese.

La película, basada en la novela histórica con el mismo título, describe la epopeya de dos misioneros jesuitas que son enviados a Japón durante el Siglo XVII para encontrar a su compañero jesuita, Christóvão Ferreira, que aparentemente ha apostatado y renunciado a Cristo durante la cruel persecución de católicos llevada a cabo por el gobierno feudal japonés (shogunate) de ese entonces, que incluye la derrota de los campesinos católicos en la sublevación Shimabara. Uno de los dos jesuitas en busca de Ferreira renuncia a Cristo con el propósito de impedir el martirio de un grupo de fieles japoneses. De este modo su renuncia de Cristo es presentada como un acto de suprema caridad, por encima de una mera adherencia a un credo, mientras que los simples japoneses del pueblo permanecen fieles y dispuestos a sufrir el martirio que el jesuita apóstata heroicamente impide.

Evidentemente la película tiene la intención de suscitar en el público la siguiente cuestión  “profunda”: ¿Quién es el mártir más significativo – el apóstata que renuncia a Dios para salvar las vidas corporales de hombres, o los hombres que renuncian a sus vidas corporales para obedecer a Dios y salvar sus almas inmortales? Este tema “ambiguo” y “complejo” es sin duda inmensamente atractivo para los diletantes, pseudo-intelectuales y expertos en “complejidad” de alrededor de Francisco quien nunca pierde una oportunidad de escarnecer a los “fundamentalistas” católicos.

El título de la película, tal como la película en sí, aluden al supuesto “silencio” de Dios durante el martirio del otro buscador jesuita y de los fieles que mueren a su lado – como si Dios emitiese desde el Cielo una proclama verbal denunciando la persecución de los cristianos. Esta referencia insidiosa al “silencio” de Dios involucra un antropomorfismo implícita que hace caso omiso a la manera en que Dios en verdad habla en la Historia, de la manera en la que suele hablar, cuando la sangre de los mártires – los mártires japoneses que se encuentran entre los más grandes que la Iglesia jamás ha reconocido – es la semilla para la conversión de los otros y en efecto, la conversión de una civilización entera, como sucedió en Occidente.

Pero eso es una idea demasiado sencilla para los expertos en complejidad. Mejor ponderar esa cuestión “profunda” del “silencio” de Dios – como Francisco, quien declara a niños impresionables que no tiene “ninguna respuesta” al “silencio” de Dios en presencia del sufrimiento de los niños, salvo “vamos a aprender cómo llorar”. No es consuelo, pero, sí, satisface el deseo vivo de “complejidad” mucho mejor que referencias sencillas sobre la esperanza en la vida eterna y la alegría sin fin de la beatitud, después de que hayan terminado los sufrimientos de esta breve vida.

Con esta película en vista, Mons. Robert Barron subraya el problema con las élites (tanto de dentro como de fuera de la Iglesia) que les gusta este tipo de cosas mientras hacen poco de la religión “simplista”:

“Mi preocupación es que todo este énfasis en complejidad, multivalencia y ambigüedad esté al servicio de la élite cultural de hoy que no es muy diferente a la élite cultural japonesa representada en esta película. Lo que quiero decir es que la clase dominante seglar siempre prefiere a los cristianos vacilantes, inseguros, divididos, y ansiosos de privatizar su religión. Y está demasiado ansioso de pintar gente apasionadamente religiosa como peligrosa, violenta y, hay que decirlo, no muy inteligente. Por ejemplo, analizad el discurso de Ferreira… sobre el cristianismo supuestamente simplista de los laicos japoneses, si dudáis sobre este tema”.

Pero hay otro problema aquí, identificado por Sandro Magister: los expertos en complejidad, liderados por sus compatriotas consejeros jesuitas de Francisco, se aprovechan de la película para dar un contexto propagandístico aprobado por el Vaticano sobre por qué razón la Iglesia, según ellos, ya no puede seguir con la actividad misionera tal y como ha sido comprendida tradicionalmente. Magister cita un artículo en el periódico jesuita, autorizado por el Vaticano, La Civiltà Cattolica en el que el jesuita japonés Shun'ichi Takayanagi escribe sobre un “cambio de paradigma” – ¡Por favor, no me hable de otro cambio de paradigma! – cuanto al “concepto de la misión y los modos de ejercerla”.

Takayanagi admite que hasta “hace pocas décadas” la actividad misionera en Japón había continuado teniendo como objetivo “resultados visibles y concretos, significando un gran número de bautizados”, pero ahora, nos asegura él, esto “ya no es posible”. Lo que necesitamos hoy es otra novedad post-Vaticano II: actividad misionera que ya no procura conversiones: actividad misionera que no es actividad misionera – doble lenguaje perfecto postconciliar.

Takayanagi (como es citado por Magister) explica así esta tontería:

“Aun si la ‘misión’ obtuvo un gran resultado en Japón en el Siglo XVI, ya no es posible alcanzar semejante éxito en tiempos contemporáneos que son caracterizados por el progreso rápido de la cultura material y un alto nivel de vida. Precisamente por esta razón, la concepción anticuada de la misión, que proviene de la era colonial occidental del Siglo XIX y sobrevive en el subconsciente de muchos misioneros, tanto extranjeros como nativos, debe ser sustituida por una nueva concepción del pueblo con quien y para quien trabajamos. La nueva estrategia de proclamación del Evangelio debe hacerse como expresión de la necesidad de religión entre los hombres de hoy. El diálogo debe profundizar nuestra concepción de las otras religiones y de la común necesidad humana para los valores religiosos”.

Traducción: la nueva, mejorada actividad misionera post-Vaticano II debe proclamar el Evangelio para promover “valores religiosos” en general, y no el cristianismo en particular, y mucho menos el catolicismo. Es decir, la proclamación del Evangelio no debe proclamar el Evangelio. ¡No es un chiste! Es el pensamiento postconciliar en su esencia: una tontería completa haciéndose pasar por “pensamiento moderno” profundo sobre “abordajes contemporáneos” de la misión de la Iglesia.

La misma tontería ha sido desarrollada aún más en otro artículo citado por Magister en el periódico pontificio de referencia L’Osservatore Romano. Un tal Marco Vannini, que ni siquiera es católico, asegura suavemente el lector (en una reseña literaria) que “en nuestro mundo globalizado, la religión puede encontrar su lugar apenas como ‘religio duplex’, o sea, religión en dos niveles, que ha aprendido a pensar de sí misma como una entre muchas y mirarse a sí misma a través de los ojos de los otros, no obstante, sin perder la vista del Dios escondido, el ‘punto transcendente’ común a todas las religiones”.

En otros términos, la Iglesia debería olvidarse de la idea de convertir a los otros al cristianismo, que es lo mismo que decir la Iglesia debe olvidarse de su propia misión. Y, en efecto, estamos atestiguando una derrota de la misión de la Iglesia Católica, un abandono programático, en la práctica, de la comisión divina por parte de eclesiásticos que se piensan de sí mismos que son más perspicaces, más sutiles, más complejos en sus ideas, que sus antecesores “fundamentalistas” de las edades oscuras antes de Vaticano II, cuando sacerdotes, Obispos y Papas realmente creían que su misión era “Id pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar todas las cosas que yo [Jesucristo] os he mandado”. (Mat. 28:19-20)

Pero ¿qué sabía Dios encarnado sobre nuestro “mundo globalizado” de hoy?

Porque para los expertos en complejidad, incluso aquellos que usan mitras o se llaman a sí mismos teólogos, Jesucristo ha sido reducido a un nombre de marca en el mercado global de las religiones. Y si no estamos en el medio de la más grande crisis de la historia de la Iglesia, entonces la palabra ‘crisis’ no tiene sentido.




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