Perspectivas sobre Fátima

Una rara voz de sensatez episcopal (jubilado por supuesto)

por Christopher A. Ferrara
el 18 de enero de 2017

Monseñor Carlo Liberati, Arzobispo Emérito de Pompeya, ha ganado una considerable popularidad debido a sus comentarios francos sobre el estado en que la Iglesia se halla y la relación que esto tiene con la amenaza islámica. En una entrevista con La Fede Quotidiana (La fe de todos los días), el Arzobispo afirmó lo que “los tradicionalistas radicales” y los “Fatimistas” andaban a decir ya durante décadas: el obvio.

“Italia y Europa viven de un modo pagano y ateo, aprueban leyes que van contra Dios, y tienen morales que corresponden a ese paganismo. Toda esta decadencia moral y religiosa, bien como la de la fe, favorece el Islán”, – afirmó Monseñor Liberati al diario católico. La decadencia de la Iglesia católica desde el inicio de la imaginaria “renovación” de Vaticano II es la causa de la situación actual. Liberati añadió también: “la Iglesia de hoy difícilmente funciona, los seminarios están vacíos, las parroquias apenas se aguantan, ya no hay una vida cristiana autentica. Claro que todo esto prepara el terreno para el Islán”.

Todo esto es obvio. Y igualmente obvio, mas nunca mencionado por el aparato de poder del Vaticano más interesado en postrarse ante el avanzo musulmán, es que Italia, bien como el resto de Europa, tiene más consideración para con los arrogantes “refugiados” musulmanes del sexo masculino, en edad militar, robustos y dados a la violencia, que tiene para con los enfermos, los lisiados, los pobres, los que sufren, y la gente sin hogar entre el pueblo italiano.

“En el ejercicio de la caridad” – continúa Liberati – “es necesario auxiliar siempre aquellos que están más cerca. Aquí en Italia, por el contrario, corremos a ayudar los que vienen del exterior, y olvidamos los pobres y los ancianos que tenemos en nuestra propia casa, que andan a la procura de comida en la basura”, mientras los “refugiados” musulmanes arrojan la comida que les dan, despreciándola, parlotean por móvil y organizan alborotos”.

Yendo más lejos en el peligroso dominio del obvio, Liberati arguye que los países que limitan severamente la entrada de “refugiados” – incluso Hungría, que hasta construyó un muro para impedirlos entrar – “tienen razón a querer protegerse de un flujo descontrolado, de una invasión que podría poner en peligro los valores tradicionales y religiosos”. Con efecto, Liberati advirtió: “dentro de 10 años seremos todos musulmanes a causa de nuestra estupidez”.

Europa ha perdido la fe y la Iglesia está en decaimiento. Somos ahora testigos de lo que Christopher Dawson llamaba “el revés de la revolución espiritual que dio origen a la cultura occidental, y un retraso a la situación psicológica del viejo mundo pagano…” (Understanding Europe, pág. 14). Las masas musulmanas se precipitan en el vacuo neo-pagano, queriendo conquistar un Occidente espiritualmente exhausto por la inmigración en masa.

Todo esto es tan preminentemente obvio que el hablar de él es prohibido tanto en la sociedad civil como en una Iglesia que ha sido invadida por el pensamiento mundano. Vivimos en un tiempo en que afirmar el obvio sobre el decaimiento moral de nuestra civilización, la decadencia en la Iglesia y la amenaza del Islán es arriesgarse a la decapitación en sentido figurado, a las manos de las elites seglar y eclesial – incluso el actual Papa, en cuyo reinado las cabezas conservadoras han rodado para todos los lados – tal como es también arriesgarse hasta a la decapitación en sentido literal, a las manos de algún “refugiado” musulmán.

Pensando bien en ello, entre las pocas voces de sensatez entre la jerarquía católica hoy –  es decir, las pocas que tienen el ánimo de afirmar el obvio – casi ningunas actualmente tienen un cargo de autoridad en la Iglesia. Son casi todos prelados eméritos – por ejemplo, Monseñor Liberati y Cardenales Brandmuller, Burke, Caffarra y Meisner, que han presentado al Papa Francisco objeciones obvios que él rehúsa contestar mientras sus colaboradores exigen inmigración musulmana sin límites y la Sagrada Comunión para adúlteros públicos.

Por otra parte, entre los prelados que todavía tienen cargos – incluido, y es triste decirlo, Cardenal Müller, que acaba de huir a la hierba alta en vez de afirmar lo obvio sobre Amoris Laetitia – casi nadie posee el ánimo de exponer su cuello a la cuchilla siempre oscilando de la conformidad al espíritu determinante del momento, que rápidamente decapita cualquier persona que habla en voz alta contra él.

Parece que hoy los custodios del obvio, es decir, aquellos que tienen el ánimo de afirmar el obvio sin importarse si sean seguramente jubilados o no, se hallan en mayor parte entre los miembros del laicado que sustentan la fe de sus padres. Esa fe incluye la oposición militante de la Iglesia contra lo que Pío XI había llamado “la oscuridad de Islán” al mismo tiempo que Hilaire Belloc vaticinaba que el Islán surgiría otra vez en una Europa espiritualmente debilitada.

Los legos tendrán que mantener la fe en esta edad de apostasía y transigencia con el error. Fue así durante la crisis Ariana y es así también hoy.