Perspectivas sobre Fátima

El silencio de los Cardenales

por Christopher A. Ferrara
el 25 de enero de 2017

LifeSiteNews acaba de llamar la atención del mundo angloparlante con lo que primeramente ha informado el periódico francés Le Figaro: “unos treinta Cardenales expresaron sus reservas al Papa Francisco sobre su Exhortación Amoris Laetitia [AL] antes de su publicación en abril de 2016” y que “escribiendo a Francisco bien individualmente o bien en grupos pequeños, [ellos] intentaron el año pasado disuadir al Papa de publicar Amoris. Advirtieron que el documento no sólo debilitaría la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, sino también sobre la Eucaristía y la Confesión...”

En otras palabras, unos treinta Cardenales advirtieron al Papa que, si era publicada, su “exhortación apostólica” sería un desastre apostólico de proporciones históricas sin igual nunca antes presenciada por la Iglesia. Y, en efecto, ese desastre está desplegándose ahora: la disciplina perenne de la Iglesia prohibiendo la recepción de la Sagrada Comunión de adúlteros públicos como siendo “intrínsecamente imposible” – no importando la disposición subjetiva del comulgante – está manteniéndose en algunas diócesis para impedir el pecado mortal y el sacrilegio, pero ha sido abandonada en otras diócesis como una demostración de “misericordia”. Nunca en 2.000 años ha sido fracturada de esta manera la disciplina de la Iglesia, y está amenazando la propia unidad (si fuese eso posible) de la únicaIglesia que es una, santa, católica y apostólica.

 Entonces, ¿qué sucedió con los treinta Cardenales? ¿Por qué sólo cuatro de ellos (Burke, Bandmuller, Caffarra y Meisner) han erguido la voz para publicar cinco dubia (preguntas o dudas) con respecto a la ortodoxia de AL? Con todo el debido respecto, esto es absurdo. Como Santo Tomás de Aquino enseña, en relación al ejemplo famoso de la reprensión de San Pablo dirigida a San Pedro a causa del escándalo que el primer Papa provocó por rehusar comer con los Gentiles (amenazando así la misión universal de la Iglesia): “Debe constatarse, sin embargo, que, si la fe estuviese puesta en peligro, un súbdito debe reprender a su prelado hasta públicamente. Por eso Pablo, que era el súbdito de Pedro, le reprendió en público, a causa del peligro inminente de escándalo acerca de la fe…

De acuerdo con esa enseñanza, que es apenas un reflejo de la justicia natural y el deber de defender la verdad de Cristo contra el error – no importando su fuente – El Papa Juan XXII (reinante 1316-1334) se encontró con vigorosa oposición pública cuando insistía en enseñar el error de que la Visión Beatifica no es concedida a los bienaventurados difuntos hasta el Día del Juicio. Como el Padre Victor Francis O’Daniel, O.P. señala en su comentario sobre el episodio: “Las noticias comenzando en Aviñón, de un lapso doctrinal por parte de la Suprema Cabeza de la Iglesia, se difundieron rápidamente a lo largo y ancho de la Cristiandad, en todas partes provocando consternación y gran indignación. El mundo católico fue profundamente perturbado. Las controversias se produjeron y eran fuertes y vehementes”. La presión sobre Juan XXII llegó a ser tan grande finalmente que él retractó su error públicamente en su lecho de muerte, ya habiendo afirmado que nunca había tenido la intención de imponer su opinión sobre la Iglesia.

En el caso presente, cualquier tentativa a mayores de corrección “particular” de Francisco será absolutamente inútil. Hará caso omiso a más peticiones particulares del mismo modo que ha hecho caso omiso a las anteriores y hasta a las dubia publicadas. Es obstinado en su error. Por eso, los mismos Cardenales que han advertido a Francisco privadamente que su documento defectuoso pondría en peligro la fe por “debilitar la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, [y] también sobre la Eucaristía y la Confesión” tienen un deber ante Dios de hacer inmediatamente lo que Santo Tomás aconseja: “si la Fe fuese puesta en peligro, un súbdito deber reprender a su prelado hasta públicamente a causa del peligro inminente del escándalo para la fe…”

Además, en este caso no se trata simplemente del peligro inminente de escándalo acerca de la Fe, sino de escándalo tangible y presente – un escándalo de proporciones crecientes y de epopeya. El único modo con que este escándalo público puede remediarse es la pública corrección del Papa que lo ha provocado. Es una desgracia que, aparte de los cuatro valientes miembros del Colegio de Cardenales, los laicos y clérigos de rango inferior se han dejado de defender confrontando el escándalo sin precedentes de Amoris Laetitia. El resto de los Príncipes de la Iglesia guardan un silencio tímido, incluso aquellos que advirtieron a Francisco que AL era prejudicial para la Fe, pero se han negado a juntarse con los cuatro Cardenales en sus urgentes dubia.

Tal vez la vasta mayoría de Cardenales que callan deban ponderar lo que el Papa que les hubo creado dijo cuando les confirió el birrete rojo y anillo cardenal: “[Esto es] escarlata como señal de la dignidad del cardenalato, significando su disposición de actuar con valentía, hasta el punto de derramar su sangre, para el aumento de la Fe cristiana, para la paz y tranquilidad del pueblo de Dios y para la libertad y exaltación de la Santa Iglesia Romana”.

Qué Nuestra Señora de Fátima obtenga para todos los Cardenales la gracia de la valentía para hacer lo que deben: levantar la voz en una defensa pública de la Fe de acuerdo con las exigencias de la verdad de Cristo que han jurado defender bajo pena de martirio.