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Los Caballeros de Malta se rinden:
Otro triunfo para el nominalismo legal en la Iglesia

por Christopher A. Ferrara
el 30 de enero de 2017

La Orden militar “soberana” de los Caballeros de Malta, cuya historia de casi un milenio incluye su papel crucial en la derrota del Islán en la Batalla de Lepanto, se ha entregado como un cachorro gimiendo ante el descarado abuso de poder del que tenía todo el derecho de resistir, y resistió, sí, durante unas pocas semanas. La muerte, en efecto, de la soberanía de la Orden es una demostración chocante y desalentadora de cómo la Iglesia ahora está siendo gobernada desde la cúpula, como una república bananera en la que la única ley es la voluntad del líder.

Primero: como informa Edward Pentin, el jefe de la Orden, Matthew Festing, fue llamado a comparecer en una reunión secreta con Francisco “con la instrucción estricta de no dejar saber a nadie sobre dicha audiencia – un modus operandi que se ha empleado frecuentemente durante este pontificado…” Y en ese momento, no sólo se exigió la renuncia de Festing, sino también se le ordenó escribir una carta de renuncia “en ese preciso momento” en caso de que hubiese cualesquiera pensamientos ulteriores después de que Festing hubiese salido del cuarto y quedase libre de la coacción presente. Peor aún, en una acción que indicaba que la cabeza del Cardenal Burke sería la próxima en rodar, Francisco exigió que Festing incluyese palabras en su carta de renuncia, escrita también bajo coacción, que implican la “influencia” del Cardenal Burke en el despido de Albrecht Freiherr von Boeselager como Gran Canciller de la Orden a causa del enredo de Boeselager en la difusión “caritativa” hecha por la Orden de preservativos a prostitutas en la República asiática sureste de Myanmar (anteriormente Burma).

Segundo: Francisco ha declarado rotundamente “nulas y sin efecto” todas las actas que hayan sido elaboradas por el Consejo de la Orden Soberana desde el 6 de diciembre, efectivamente reinstalando de esta manera al “Caballero preservativo” y desautorizando la actividad legislativa de una nación soberana que posee sus propios pasaportes y relaciones diplomáticas con más que cien países, incluso el estado de la ciudad vaticana mismo. El Consejo soberano de la Orden ha hecho desde entonces una demostración inútil de una acción “soberana” por un voto pro forma de aceptación de la renuncia forzada de Festing, la anulación de sus actas a partir del 6 de diciembre y la reinstalación “inmediata” de Boeselager – como si Francisco hubiese sido disuadido por la negativa de la Orden de ratificar la destrucción por él de su soberanía.

Tercero: Francisco ha declarado además que va a ensillar la Orden con un “delegado apostólico” que gestionará una “renovación espiritual” de la Orden no especificada y que tendrá “poderes que él [Francisco] definirá en el acto de nombrarlo” – una usurpación descarada del cargo del Cardenal Burke, igualando su de facto remoción como patrón espiritual de la Orden.

Cuatro: en una burla de la soberanía de la Orden, ahora en ruinas, Francisco “permitirá” al Consejo soberano elegir un nuevo Gran Maestre para sustituir a Festing destituido a la fuerza, supuestamente en reconocimiento del estatus soberano de la Orden – ¡que acaba de despreciar por completo! Haciendo la mofa completa, la Orden ha emitido una declaración que dice: “las decisiones del Santo Padre han sido todas tomadas en consideración y respeto hacia la Orden y con un empeño de fortalecer su soberanía.” Y  viene de la misma Orden que hace poco se resistió a la “investigación” de Francisco sobre sus asuntos soberanos, emitiendo una declaración de que era legalmente “irrelevante” y que la dimisión de Boeselager era apenas un asunto de gobierno interno sobre el cual el Papa no tenía jurisdicción alguna. Sin duda, Francisco se considera a sí mismo autorizado a destituir cualquier futuro Gran Maestre u otro oficial de la Orden que le desagradare o anular cualesquiera de sus actos legislativos si lo determinase expedir.

Así, la misma Orden, cuyo estatus soberano Francisco ha pisoteado de modo brutal al destituir a su jefe y anular su legislación debidamente elaborada, ahora le agradece fortalecer su soberanía. ¿Es una broma? Si fuese apenas así.  Considerad este episodio triste como otro triunfo para el nominalismo legal en la Iglesia desde Vaticano II, en los que conceptos como “soberanía”, “renovación” y “reforma” – de hecho el propio concepto del “catolicismo” – ya no tienen sentido más allá de aquello que la voluntad del líder decretase un día cualquiera. Y el reinado del nominalismo en mancomunidad alguna, incluso la mancomunidad eclesial, puede significar simplemente opresión, división y al fin, caos.

El problema es ahora tan innegable que hasta Philip Lawler, que difícilmente puede ser acusado de “tradicionalismo radical” está compelido a expresarlo a sus prójimos fieles católicos así: “El Pontífice Romano debe ser el centro de unidad en la Iglesia. El Papa Francisco, lamentablemente, ha llegado a ser una fuente de división. Hay dos razones para este fenómeno triste: el estilo autocrático del Papa de cómo gobernar y la naturaleza radical del programa que está implacablemente llevando a cabo”.

Le dejaré la última palabra a él.




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