Perspectivas sobre Fátima

La "Nueva Evangelización":
Regularizando el pecado de Sodomía

por Christopher A. Ferrara
el 1 de febrero de 2017

Mons. Robert Barron, altamente telegénico y comunicativo, hecho obispo auxiliar por el Papa Francisco de la Archidiócesis de Los Ángeles, es una muestra de un nuevo estilo clerical que ha surgido dentro de la división sin precedentes post-Vaticano II del elemento humano de la Iglesia (no de la Iglesia en sí) en ramas tradicionalistas, “conservadoras” y liberales – un desarrollo aproximadamente paralelo a la división del judaísmo en ramas ortodoxas, conservadoras y reformadas.

Antes del Vaticano II todos los sacerdotes católicos eran “tradicionalistas” según el criterio liberal de hoy en día: celebraban la Sta. Misa en el modo en el que la Iglesia siempre la había celebrado – en latín – y enseñaban lo que la Iglesia siempre había enseñado sobre cuestiones de la fe y moral, incluso la naturaleza mortalmente pecaminosa de aquellas violaciones del sexto mandamiento que, como Nuestra Señora de Fátima advirtió, son la causa de condenación de más almas que cualquier otro pecado.

Sin embargo, el sacerdote “conservador” de hoy es de una raza diferente. Su ortodoxia básica tiende de ser manchada por el tinte de la transigencia con el espíritu de la edad en un punto u otro. Este desarrollo está de acuerdo con la admonición famosa de Dietrich von Hildebrand que “el veneno de nuestra época está rezumándose lentamente hacia el interior de la Iglesia misma, y mucha gente no se da cuenta de la decadencia apocalíptica de nuestros tiempos”. (The Devastated Vineyard, pág. 75)

Es triste decirlo: Mons. Barron parece ser una víctima – y una víctima grave, de esta filtración. Apareciendo en el programa de entrevistas de YouTube de Dave Rubin, un comentarista “conservador gay” de cierta fama cuyo programa es emitido desde su hogar, Barron ya sabía que iba a enfrentarse a un hombre que pretende estar “casado” con otro hombre. Era el deber de Barron, por lo tanto, como un sucesor de los Apóstoles, defender la enseñanza de la Iglesia sobre el mal abominable de la sodomía y oponer cualquier tentativa de legalizar “uniones homosexuales”. Como la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) ha declarado en el 2003 durante el pontificado de Juan Pablo II:

Los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados, perversos y gravemente pecaminosos. Las pretendidas “uniones” basadas en tales actos son inmorales y deben oponerse; y si se promulgan leyes que legalizan tales uniones, su implementación debe ser resistida y su revocación debe procurarse.

Ésta es la enseñanza que Mons. Barron en esa ocasión estaba obligado a defender, tal y como fue defendida por el mismísimo Papa que Barron ha llamado “Juan Pablo el Grande”. Tenía la obligación de defenderla precisamente por caridad para con el pecador enredado en este vicio mortífero, a quien la Iglesia no odia, como sus críticos mentirosos pretenden, sino más bien procura librar de la esclavitud del pecado y conducir a la felicidad eterna y celestial en el abrazo de este amor divino que declara: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.

Pero cuando dijo Rubin, mostrándole su anillo de “casamiento”: “Estoy ‘gay-casado’”, delante de las cámaras, Barron – que había comenzado bastante bien a discutir acerca del mal del aborto – procedió a rendirse completamente en cuanto al mal de la sodomía: “Si la única cosa que una persona gay oye de la Iglesia católica es que eres ‘intrínsecamente desordenado’ se nos presenta un problema muy serio…la primera cosa que una persona gay debe oír, como cualquier persona, [es] tu eres un hijo amado de Dios”.

Apenas por respectos humanos – por el deseo de no ofender a Rubin por presentar una verdad no barnizada de la Fe – Barron no sólo empequeñeció la enseñanza de la Iglesia sobre el desorden intrínseco de la homosexualidad, pintando esa enseñanza como si fuese áspera, insensible y cruel, también falsamente declaró que una “persona gay” que participa habitualmente en la sodomía es un “hijo amado de Dios”.

¡Por favor! En primer lugar, Barron ciertamente sabe que el término “hijo de Dios” está reservado tradicionalmente en la teología católica a sólo los bautizados, y ciertamente no a la gente no bautizada (como Rubin) que participa habitualmente en la sodomía, uno de los cuatro pecados que claman al Cielo venganza, mientras afirma que está casado con una persona del mismo sexo. En efecto, como sabe cualquier niño catequizado tradicionalmente, es precisamente por el Bautismo que los hombres caídos son elevados de su condición, limpiados del Pecado Original, y hechos “hijos de Dios, y herederos del reino del Cielo”. Hasta el nuevo Catecismo promulgado por Juan Pablo II refiere al “nuevo nacimiento por Bautismo” por el cual los hombres “se libran del poder de las tinieblas y son llevados al reino de libertad de los hijos de Dios, a dónde todos los hombres son llamados…”

Granjeándose más aún la simpatía de Rubin a expensas de la Iglesia, Barron cita al Papa Francisco (por supuesto) como autoridad única, añadiendo: “Si eso ha sido la manera en la que nuestro mensaje se interpretaba, hemos sido nosotros los ‘desordenados’. Hemos tenido un problema en cómo el mensaje estaba siendo comunicado”.

Fijaos: Barron, hablando por Internet a todo el mundo, acusó al Magisterio infalible, incluso a la enseñanza anteriormente citada de Juan Pablo II de acuerdo con toda la Tradición, de ser desordenada en su condenación de la sodomía – una condenación enraizada en la ley divina y natural que Barron ha reducido a un mero “mensaje”. Y lo dijo para apaciguar a alguien cuyo “casamiento” involucra la comisión constante del pecado de Sodomía.

Pero va empeorando. Barron siguió minimizando el pecado de Sodomía al hablar de la “interpretación de la Iglesia” sobre la sodomía, como si fuese apenas una cuestión de opinión en vez de la ley divina y natural que vincula a todos los hombres. Según Barron, “la interpretación de la Iglesia” es que la sodomía representa “no alcanzar” una “forma de sexualidad debidamente expresada y plenamente integrada”, que describe como un “ideal”. La sodomía, continuó él, es apenas una “imperfección” y un “malogro de integrar plenamente el sentido de la sexualidad”.

Continuado con este verdaderamente cobarde pedaleo suave sobre un mal muy grave que pone en peligro el alma inmortal de Rubin, Barron añadió:

Mire, en cierto sentido yo no quería presionarlo más que eso. Eso es la tarea de la Iglesia: decir No a lo que percibe [¡] ser una integración incompleta e inadecuada del acto sexual. Por eso, no sólo el casamiento gay, sino ahora va por todo el tablero. Cualquier cosa que no alcanza aquel ideal al que la Iglesia diría No. ¿Por qué? ¿Porque [la Iglesia] es crítica de la gente? ¿Es puritana? ¿Odia el sexo? ¡No! Está manteniendo alto su criterio y llamando la gente siempre a ese criterio. Como todos nosotros no lo alcanzamos, la Iglesia ofrece, en su mejor momento, la profusa misericordia de Dios”.

Habiéndole contado que su pecado objetivamente grave no era nada más que la falta de “una forma de sexualidad debidamente expresada y plenamente integrada” que no alcanza “el criterio” (es decir, apenas un ideal), tal y como hace todo el mundo de un modo u otro, Rubin respondió: “No soy un miembro de la Iglesia” pero que “no es un problema” si la Iglesia quiere mantener “ese criterio” para sus miembros. Barron quedó callado sobre el punto, implícitamente rindiéndose por su silencio de que la “interpretación de la Iglesia” sobre la ley divina y natural no vincula a Rubin.

Finalmente, indagado por su opinión personal: si piensa él que la decisión Obergefell del Tribunal Supremo (haciendo aceptable el “casamiento gay” en todos los cincuenta estados) debe ser revocada, Barron continuó acobardándose, concediendo que su “opinión personal” es que la decisión es errónea pero que “yo no presionaría más” – es decir, no argüiría por su revocación. Para apoyar esa rendición citó lo que llamó “el principio aquino” – evidentemente haciendo referencia a la enseñanza de Santo Tomás que la ley no debe castigar todos los vicios.

Pero es una tontería total, y abuso grotesco de Santo Tomás, que nunca toleraría la aceptación pasiva de la positiva promulgación civil de leyes gravemente inmorales – ¡condenadas por la Iglesia tan recientemente como en el 2003 en un documento que pide resistencia concienzuda contra esas leyes!

Tratando de aplacar a Rubin, Barron concluyó afirmando que aunque no diría “Eso es genial. ¡Vayan con Dios”! a la gente en “casamientos gayes”, es decir, permitiéndolos plenamente, “al mismo tiempo no quería comandar, sabes, un tanque de Cruzada, e intentar revocarla [Obergefell]”. Una vez más Barron empequeñeció una defensa de la enseñanza de la Iglesia como si fuese la provincia de los belicosos, insensibles e intolerantes.

Por eso, en principio, Mons. Barron concordó realmente con la regularización de la sodomía en EEUU, aunque “no alcanza” el “ideal” de “una forma de sexualidad debidamente expresada y plenamente integrada”. Ni un quejido de protesta, ni una insinuación que el alma de Rubin estuviese en peligro. Ni hasta una mención del concepto de pecado.

Pobrecito Rubin: en la necesidad de pan, Barron le dio una piedra; en la necesidad de un pescado, Rubin recibió un escorpión (cf. Lucas 11:11) de esta celebridad de la “Nueva Evangelización”. No es de extrañar que la Iglesia está perdiendo la guerra de las culturas. La sal, habiendo perdido su sabor, está siendo pisoteada. (cf. Mateo 5:13)

¡Nuestra Señora de Fátima, rescatad vuestra Iglesia de la maldición de insipidez!